EL ARQUEOFUTURISMO

(Capítulo 4)

Guillaume Faye

 

POR UNA ECONOMIA MUNDIAL CON DOS VELOCIDADES



Dos ideas en perdición: progreso y crecimiento

 

Esta claro que el “progreso” es una idea moribunda, aunque el crecimiento económico continúa. Pero nadie ve realmente las consecuencias. La creencia generalizada es la del  “hoy es mejor que ayer, y mañana será mejor que hoy”, gracias a los perfeccionamientos de la tecnociencia y a una supuestas mejora educativa y moral de la humanidad, según el dogma de Augusto Comte y de los positivistas franceses, así como de los progresos de la “democracia”. Pero ahora, la evidencia es que el “crecimiento”, simulacro contable, evidentemente no conduce a una mejora del bienestar. El declive de la escatología laica heredada del mesianismo cristiano es terrible para la concepción del mundo igualitaria, porque es toda su filosofía de la Historia la que se cae.

Algunos piensan que es una suerte, porque así la humanidad conseguiría más lucidez y sabiduría. ¿Por qué el fin del mito del progreso impediría unas mejoras, un progreso más inteligente, y más igualitario? Este pensamiento, frecuente en los círculos de la “Nueva Izquierda”, es erróneo. El progresismo, pilar y subconjunto del igualitarismo, era una creencia mundial, una religión laica. No se puede “arreglar” un ideal colectivo como una planificación económica. Privada de su base religiosa –la creencia en el progreso como necesidad histórica- esta civilización está declinando. Pero un petrolero que para sus motores emplea mucho tiempo antes de inmovilizarse y derivar hasta los arrecifes.

 

El historicismo contra el progresismo

 

La cuestión importante es la siguiente: ¿para qué reemplazar este “progresismo” ya moribundo?

El fiasco del capitalismo liberal por realizar sus objetivos de justicia y de prosperidad generales e iguales para todos, como el hundimiento del sueño comunista que tenía los mismos objetivos, dejan el sitio libre a la invención de una tercera vía. En todo el planeta, diversas formas de regímenes autoritarios o de teocracias fundamentalistas lo han intentado sin éxito, porque una verdadera tercera vía no puede desarrollarse en un régimen sin libertad. Sin embargo, la alternativa al progresismo solamente puede ser construida sobre paradigmas inigualitarios, liberados de la visión reductora del hombre como homo œconomicus. Pero la clase intelectual mundial, todavía nostálgica del progresismo y obsesionada por el pensamiento único, -la utopía onírica igualitaria- se agarra al cadáver embalsamado de una idea muerta y hace como si aún estuviese sana.

En lugar de este mundo unificado y liberado de la Historia que debía ser la conclusión lineal y automática del progreso, estamos ante un mundo caótico, multipolar, pero en vías de globalización (por los mercados y las telecomunicaciones), un mundo explotado pero aglutinado, desordenado y laberíntico, un mundo que será cada vez más denso en Historia y en “historias”. La línea ascendente del progreso, supuesto que conduciría a la escatología salvadora del fin paradisíaco de la Historia, es sustituye por el río sinuoso, aleatorio y misterioso de esta última.

 

Hundimiento del paradigma del “desarrollo económico”

 

Revolución mental. Se han dado cuento, sin atreverse decirlo, que el antiguo paradigma: “la suerte de la humanidad, individual y colectiva, está mejorando cada día, gracias a la ciencia, a la democracia y a la emancipación igualitaria”, era falso.

Esta época se ha acabado. La ilusión cae. Esta mejora (discutible según algunos, como Illich) ha durado un pequeño siglo. Hoy, los efectos perversos de la técnica de masas empiezan a sentirse: nuevos virus resistentes, contaminación de los alimentos industriales, agotamiento de los suelos, degradación general y rápida del medio ambiente, invención de armas de destrucción masiva que se suman a las armas nucleares, etc. Además, la técnica entra en su época barroca. Las grandes invenciones fundamentales ya fueron hechas a finales de los años cincuenta. Los perfeccionamientos practicados después traen cada vez menos mejoras concretas, como motivos decorativos inútiles sumados a la superestructura de un monumento. Internet tendrá menos efectos revolucionarios que el telégrafo o el teléfono: es el perfeccionamiento de una pancomunicación ya existente. La tecnociencia sigue la ley energética de los “80-20”: al inicio, se necesita 20 unidades de energía para obtener 80 unidades de fuerza; después, se necesita 80 unidades de energía para solamente producir 20 unidades de fuerza.

Objeción posible: ¿el pesimismo no exagera, las consecuencias negativas del progreso y del crecimiento mundial?

Respuesta: no. Contrariamente al discurso pomposo de Jacques Attali, el despegue económico de Asia no es una causa buena para la humanidad. La cuenta sería particularmente hinchada en términos de exacerbación de las concurrencias con los países industriales. Tal despegue se enfrentaría rápidamente al un umbral ecológico de tolerancia, y provocará disturbios sociopolíticos, incluso militares, masivos. La misma catástrofe cambiará el modelo general económico actual, en lugar de la voluntad de los dirigentes.

En realidad, algunos efectos positivos del crecimiento económico mundial son efímeros y frágiles, portadores de fuertes contrapartidas.

La universalización de la tecnociencia hace pagar cada uno de sus avances con un retroceso. La esperanza de vida crece (pero ya empieza a entancarse o a regresar en muchos países), ¿pero la vida es más armoniosa y con menor angustia? Los medios de destrucción masiva por las armas atómicas, bacteriológicas y genéticas se desarrollan. La agricultura está mejorando, pero a medio plazo el retorno de las hambrunas amenaza a una humanidad pletórica, enfrentada al agotamiento de los suelos, a la deforestación tropical, a la disminución de las superficies laborables y al agotamiento de la fauna halieútica oceánica.

El efecto perverso ha sido incubando durante veinte o treinta años, pero, después de una fase ilusoria de mejora de las condiciones de vida (que se está acabando actualmente), golpea. La intensificación del volumen de las producciones y de los intercambios acentúa las cooperaciones, pero multiplica las causas de conflicto y los chauvinismos nacionales; y suscita en todos sitios unos cortafuegos de fanatismos integristas. La comunicación se ramifica en todo el planeta, pero el individuo está solo frente al Estado y las comunidades se desesperan.

El modo de vida urbano y técnico concierne a un 70% de la humanidad, pero en los países del Sur, las ciudades son un infierno de violencia, de miseria y de caos humano. ¿Sabemos que, en proporción, los hombres que viven en la miseria y la precariedad son más numerosos actualmente que antes de la Revolución Industrial? La medicación se extiende, pero provoca una explosión demográfica y desarrolla nuevas formas de virus resistentes, que se desplazan con las migraciones. El nivel de consumo energético crece, pero el medio ambiente se degrada y la amenaza de hundimiento ecológico se concretar. El campesino africano o brasileño dispone de maquinas para labrar pero, destruyendo las selvas, está programando la desertificación y las futuras hambrunas. Al final, después de un tiempo de latencia, el progreso, el crecimiento, la extensión incontrolada de la tecnociencia ven sus objetivos invertirse y nacer un mundo más duro de aquel que la gente quería transformar y mejorar.

 

La muerte anunciada del desarrollo económico mundial

 

La objeción seria a los intelectuales angelicales es la siguiente: nunca se podrá impedir a los países pobres o en “vía de industrialización” –que buscan industrializarse y enriquecerse por todos los medios- que sigan la vía de Occidente y de la “religión mundial del PIB creciente”. De otra forma, ¡qué injusticia...! Claro, pero sin embargo los sueños y las esperanzas históricas no están determinados por resortes morales, sino por umbrales de imposibilidad física. Es la lógica de la catástrofe la que limitará las ambiciones de “desarrollo” de los países del Sur. Estos últimos, particularmente en Asia, todavía no han tomado conciencia de los desengaños del progreso. Con retraso sobre Occidente, todavía son positivistas, sujetos al universalismo igualitario que están descubriendo. Quieren hacer como el Norte, obtener su trozo del pastel. Desgradaciamente, es demasiado tarde. La crisis financiera asiática fue la primera señal. Nunca el planeta –y en consecuencia la humanidad- no podrá soportar el desarrollo tecno-industrial de Asia y de África hasta el actual nivel de los países del Norte. Creerlo, es entrar en este síndrome actual de la creencia en los milagros, propio del universalismo. La industrialización masiva de los “países emergentes” será físicamente imposible, por agotamiento de los recursos escasos y la destrucción de los ecosistemas. El Club de Roma ha tenido razón con cincuenta años de adelanto.

Pero hubo unos africanos en los años sesenta, como el Sudafricano Kredi Mutwa, que ya decían que las sociedades tribales precoloniales, eran mucho más agradables para vivir que las sociedades africanas actuales, fracasos totales, nacidas de una imitación fracasada, de un mal trasplante del modelo europeo que les es totalmente extraño. Después de todo, ¿por qué el conjunto de la humanidad desearía ir hasta Marte, circular a 500 km/h en trenobúses, volar en aviones supersónicos, comer helados en verano, vivir cien años, discutir por Internet, visionar series de t.v., etc.? Esta excitación solamente pertenece a algunos pueblos y grupos, y no puede comunicarse al conjunto de la humanidad. También en Europa y en los Estados Unidos, el modo de vida tecno-industrial podría, en caso de cambios estructurales mayores, solamente aplicarse a una parte de la población. Pero, en este momento, nace una nueva objeción, avanzada por los medios tecnocráticos: no se puede luchar contra los efectos perversos de la técnica. Se puede descontaminar, encontrar nuevos recursos; es una cuestión de acuerdo y de voluntad. ¡Qué optimismo! Pero solamente son palabras. Este sistema es coherente en su lógica global y no es autotransformable. Es, en el sentido propio, incorregible. Se tiene que cambiar.

Además, el nuevo sistema se impondría él mismo, durante el caos. Se tiene que ser concreto y dejar de soñar despierto en las pajas mentales de pseudoexpertos, verdaderos impostores. Ninguna de las resoluciones de las Conferencias de Río y de Tokio -sin embargo, muy insuficientes- ha sido seguida. La naturaleza que los tecnócratas querían domar y obligar masivamente, tanto bajo su forma molecular y viral como bajo su forma terrestre, reacciona con violencia, por consecuencia, después de un periodo de afasia. Las certezas colectivas dejan el sitio a las dudas y a la angustia. Un nuevo nihilismo aparece, muy pesado porque está desesperado, muy diferente de las filosofías del declive y de las profecías reaccionarias de la decadencia que solamente eran un progreso invertido y un pasadismo. Ahora, son las filosofías de las catástrofes las que van imponerse. La incertidumbre está presente y su halo inquietante tira de la sombra sobre la tecnociencia que la gente creía predecible y domable, cosa que no es. Heidegger que tenía razón contra  Husserl y los racionalistas. La alegoría judía del Golem que era justa.

 

Hacia una “fractura civilizacional”

 

¿Pero qué nuevas ideologías o tipos de organización social, político o económico, podrían remplazar a los de la búsqueda del progreso y del individualismo? ¿Las teocracias, como ocurre ya en varios países islámicos?

Notamos en primer lugar que una ideología no progresista y que rechaza el igualitarismo no forzosamente es injusta, cínica o tiránica. Son los igualitaristas quienes, conscientes del fracaso de sus proyectos de justicia y de humanidad, diabolizan a sus adversarios de esta manera. Una nueva visión inigualitaria del mundo tendrá que ser concretamente antropófila cuando el igualitarismo solamente era idealmente humanitario. Evidentemente, este fin del progresismo también es el del idealismo racionalista hegeliano. Ya, espontáneamente, varias ideologías desordenadas e irracionalistas están desarrollando en todos sitios pensamientos anticientíficos y antiindustriales, que han llegado a inquietar a los firmantes de la petición de Heidelberg.

Pero cuidado: la ciencia y la civilización industrial no van a desaparecer remplazadas por culturas mágicas. La tecnociencia continuará su existencia y desarrollo, pero cambiará de sentido y de ideal. En poco tiempo, el crecimiento económico mundial va a encontrarse ante el hecho de barreras físicas. Es físicamente imposible realizar el ideal del progresismo: la sociedad de consumo tecno-científica para unos diez mil millones de hombres. Cuando el sueño se hunda, otro mundo nacerá. Unos escenarios, menos irreales que el programa de un desarrollo económico mundial infinito en el cuadro de la ONU, proyectan la coexistencia de la globalización, del fin del estatismo y de la fractura civilizacional del planeta que será sufrida pero no escogida. Según este escenario, la nueva división del planeta ya no se efectuaría entre Estados políticamente independientes, sino entre tipos de civilizaciones. Coexistirían los que conservarán el modo tecno-científico e industrial de existencia (pero con otros valores) y los que volverán a las sociedades tradicionales, quizás mágicas e irracionales, de débil nivel energético de depredación, de contaminación y de consumo.

 

Las economías tradicionales no son “subdesarrolladas”

 

Los progresistas replicarán que es un escenario de retorno a un tipo de subdesarrollo voluntario. Los superdotados, arriba, y los subdotados, vegetando debajo.

Este concepto del subdesarrollo es inocuo y estúpido. Es una invención del progresismo para significar que solamente es humano y lícito el modo de vida industrial. Una sociedad rural tradicional no-tecnómorfa no es, en ningún caso, bárbara y “subdesarrollada”. En la visión inigualitaria y orgánica del mundo, no hay solamente un eje único de “desarrollo”, sino muchos. El verdadero “subdesarrollo, o más exactamente la verdadera barbarie, es el progresismo: son los excluidos del mundo de vida industrial, que han abandonado las sociedades tradicionales de débil crecimiento demográfico por un espejismo, y que se apiñan en las megápolis superpobladas de los países del Sur, transformadas en infiernos humanos.

De otra parte, los miembros de una sociedad tradicional poco monetizada no son más “pobres” ni más desgraciados que los habitantes de Nueva York o de París, superequipados, aunque su medicación y su esperanza de vida sean menores. En tercer lugar, es necesario decir que esta posible escisión socioeconómica de la humanidad durante el Siglo XXI no será el resultado de una planificación voluntaria, sino obra de los efectos de la catástrofe, por el hundimiento caótico del sistema actual.

¿Cómo hacer coexistir varios tipos de sociedad? ¿Los de abajo no querrían imitar otra vez a los de arriba y “desarrollarse”? No forzosamente. De una parte porque el recuerdo del fracaso de la universalización de la sociedad industrial y de la tecnociencia aparecerá como una Edad Negra (como actualmente el comunismo en la Europa central y oriental), y de otra parte porque estas comunidades neotradicionales estarán dotadas de fuertes ideologías irracionales o mágicas que santificarán su modo de vida. Los que conservarán el modo tecnocientífico de existencia podrán perfectamente vivir en una economía globalizada, pero mucho menos pesada en volúmenes de intercambios y de producciones que la de hoy, y de facto mucho menos contaminante, porque ya no concernirá más que a una pequeña minoría de hombres. Esta minoría ya no estará animada por la escatología del progreso, sino por la necesidad de la voluntad. 

 

La economía tecno-científica solamente es viable en un mundo inigualitario sin universalismos

 

Después de la inevitable catástrofe del inicio del Siglo XXI, se tendrá que construir pragmáticamente una nueva economía mundial, con un espíritu libre de toda utopía, de todo ideal inaccesible, y sin espíritu de opresión o de neocolonialismo contra la parte de la humanidad que habrá vuelto a las sociedades tradicionales. La concepción de la Historia ya no sería el idealismo progresista, sino una visión realista, concreta y aleatoria de la realidad, de la naturaleza y del hombre. El voluntarismo, pensamiento de lo concreto y de lo posible, se opone al idealismo de la civilización actual, fundada sobre la abstracción de fines irrealizables. Las esferas tecno-científicas compartirían con las neoarcaicas una concepción del mundo inigualitaria y naturalista, los primeros en la racionalidad, los segundos en la irracionalidad.

Evidentemente, algunos temerán que la muerte de la idea de progreso y la nueva organización del planeta pongan fin a toda racionalidad y destruyan tanto la ciencia como la producción industrial... ¿Una regresión general de la humanidad?

Existe un prejuicio corriente que afirma que la tecnociencia está fundada naturalmente sobre un zócalo progresista e igualitario. Es falso. El fin del progreso, el fin del sueño de universalizar la sociedad de consumo industrial, no significa la disolución de la tecnociencia y la condena del espíritu científico. La tecnociencia ha sido pervertida por el universalismo igualitario de los Siglos XIX y XX, que ha querido extenderla hasta la desmesura. 

Los que continuarán adoptando la civilización tecno-científica, globalizada pero numéricamente restringida, la fundarán sobre otros bases de pensamiento que el frenesí de consumo, la universalización y el hedonismo generalizado del progreso-desarrollo.

Y será más fácil, porque el verdadero fundamento de la ciencia y de la técnica es fundamentalmente inigualitario (ciencias de la vida), poético y aleatorio. El verdadero científico sabe muy bien que su pensamiento únicamente progresa cuando se destruyen las certezas. Su racionalidad es un medio y no un fin; sabe que nunca llega a mejoras cualitativas a causa de las consecuencias de sus descubiertos; sabe que la experimentación técnica es apertura a lo imprevisto: riesgos incrementados, aumento del campo de lo aleatorio y opacidad ante el futuro. Al contrario, en las sociedades tradicionales, el futuro es previsible, porque la Historia es vivida cíclicamente. El progresismo lineal sería reemplazado en las zonas neotradicionales por una visión cíclica de la Historia, y en las zonas tecnocientíficas por una visión aleatoria y “paisajista” de la Historia (la “concepción” esférica y nietzscheana de Locchi). La Historia se desenrollaría como un paisaje: una sucesión imprevisible de llanuras, de montañas, de bosques, sin legibilidad racional.

Esta escisión de la Historia y del destino incrementa la libertad, la responsabilidad y la lucidez de los que la comparten. Ellos analizan con rigor la verdadera naturaleza de lo real y del tiempo, sin sueños utópicos, conscientes de lo aleatorio; desplegando su voluntad para realizar sus proyectos, que son ordenar la sociedad humana lo más conforme a la  justicia, al reconocimiento del hombre tal y como es.

 

La economía neoglobal después de la catástrofe

 

Según esta idea, la futura economía mundial a dos velocidades será “globalizada”, pero ¿cómo definir este concepto de “globalización” con relación al universalismo? ¿Son realmente oponibles? Sí.

El universalismo es un concepto infantil. Fundado sobre la ilusión cosmopolita. El globalismo es una idea practica: existen redes planetarias de información y de intercambios, pero conciernen a una pequeña minoría de los humanos. La universalización es la ambición de extender mecánicamente a todos los humanos un modo de vida único, de consumo industrial y de vida urbana. La universalización es perfectamente compatible con el estatismo, y el igualitarismo es su motor. Todos los miles de millones de átomos humanos vivientes deben ser convertidos a la misma regla de vida, la del reino de la mercancía. La globalización describe, al contrario, un proceso de planetarización de los mercados y de las firmas, de internacionalización de las decisiones económicas y de los actores mayores, pero no tiene ganas de ser universalista y puede perfectamente tolerar que muchos miles de millones de humanos readopten diferentes modos de vida tradicionales. De otra parte, y este es un punto capital, la globalización también es asociable con la construcción de bloques semiautárquicos (autarquía de los grandes espacios) a escala continental, practicando sistemas económicos diferentes.

Después del fracaso del progresismo económico y del universalismo consumista, se podría dejar subsistir perfectamente una economía global planetaria (incluso reforzada) que no tendrá la ambición de concernir a todos los humanos, sino concentrarse a una minoría internacional. Hablamos de un escenario para después de la catástrofe, muy realista, porque la tecnociencia y la economía industrial de los mercados no podrán ser olvidadas –ya están demasiado implantadas y en vía de globalización. Pero la universalización de la sociedad industrial a todos los individuos será abandonada, porque es energética, higiénica y económicamente imposible. La economía “neoglobal” para después de la catástrofe será planetaria en cuanto a sus redes, pero de ninguna manera universal. Esta desigualdad congénita permitirá, por la disminución general del consumo energético, la parada de la destrucción del ecosistema y su reconstitución, la mejora del cuadro de vida de todos los pueblos.

Evidentemente, el PIB general de la economía mundial se estrechará considerablemente, como un balón que se desinfla.

Se objetará que el estrechamiento del PIB mundial desecará los recursos fináncieros y hará imposibles las inversiones de “economías de escala”, porque la economía industrial ya no concernirá más que a una pequeña fracción de la humanidad y que, de hecho, los mercados y la demanda se retractarán en grandes proporciones... Esto sería olvidar que esta economía podrá quitarse tres pesos considerables: una menor contaminación que restringirá el enorme volumen de costes externos que conocemos actualmente; el peso de los préstamos a los países “en vía de desarrollo”, que ya no existirá porque este objetivo de desarrollo será abolido; los costes de los Estados-Providencia se hundirán porque desaparecerán los presupuestos sociales masivos, inútiles en el cuadro de un retorno a las economías de solidaridad y de proximidad, de tipo neomedieval.

Evidentemente, existe otra solución: guardar el universalismo, en el cuadro de una baja del nivel de vida y del consumo energético de los países ricos para preservar el medio ambiente. Países ricos que compartirían sus riquezas con los países pobres para compensar la industrialización de los “países emergentes”. En esta perspectiva astuta y lógica, la de los ecologistas, la solución sería más  igualitarismo ...

Pero esta hipótesis es totalmente fantasiosa, idealista e inaplicable. En la Historia la racionalidad nunca ha triunfado. ¿Podemos imaginar que los Norteamericanos renuncien voluntariamente a sus coches y acepten pagar un 100% de impuestos suplementarios para ayudar los países del Sur? Es de risa...

Dicho esto, en el escenario de escisión económica del planeta, unas grandes zonas y fracciones de población en el seno de los países industriales del Norte podrán perfectamente volver a los modos de vida económicos tradicionales de débil nivel energético y centrados sobre una economía rural de subsistencia diversificada.

 

Una economía inigualitaria

 

Lo que debe comprenderse es que si la tecnociencia ha tenido efectos desoladores, es porque estaba dirigida por el progresismo universalista igualitario, y no en razón de sus defectos congénitos, contrariamente a lo que creen los tradicionalistas de derecha o los ecologistas dogmáticos. Al haberse extendido desmesuradamente el modelo tecno-científico, se le ha atribuido el don imaginario de acarrear per se, milagrosamente, una multitud de buenos efectos, que ahora está desencantado. En realidad, la tecnociencia, es por naturaleza, propia para efectos solamente a una minoría de la humanidad. Es demasiado devoradora de energía como para generalizarse.

Claro, las bellas almas reprocharán a esta tesis preconizar la exclusión generalizada. Otro concepto parareligioso, hijo de las mentalidades reduccionistas, convencidas que el modelo actual de desarrollo es el único moralmente legítimo para todos.

En realidad, la “exclusión” de las sociedades neotradicionales de la esfera tecno-científica se combina con la exclusión de esta última del mundo neotradicional. Se tiene que abandonar el prejuicio según el cual las sociedades tecno-científicas están “desarrolladas” en relación con las sociedades tradicionales. Es el mito del salvaje de tipo racista.

Las comunidades neotradicionales no estarían, en la hipótesis del escenario precedente, inferiorizadas o subdesarrolladas. Vivirían según un ritmo de otra civilización, y probablemente mejor que ahora. Esta imposibilidad de abandonar los dogmas y  los paradigmas progresistas e igualitarios, de imaginar otras soluciones socioeconómicas, es caracteriza toda la clase intelectual occidental.

Pascal Bruckner, por ejemplo, en un artículo publicado en Le Monde, empieza por reconocer el desencantamiento y los fracasos del Progreso, y admite los efectos perversos de la extensión a la Tierra entera de la técnica. Pero añade ingenuamente: “Contrariamente a las esperanzas del Siglo XVIII, el progreso técnico nunca es sinónimo de progreso moral. Pero, por lo menos, disponemos de una guía para la acción: los valores democráticas heredadas del Aufklärung, traducción del mesianismo de los Evangelios y de la Biblia”. Esta lengua de leña indigente quiere realmente decir: contra los efectos perversos del progresismo técnico, heredado del Aufklärung, volvemos... a la filosofía del Aufklärung. Qué imbecilidad ideológica... Bruckner no ve que es precisamente el universalismo progresista igualitario de los Evangelios, reforzado por la ética protestante y la filosofía del Aufklärung, el que ha extendido desmesurada y masivamente la tecnociencia a la Tierra entera, como un motor loco, en lugar de limitarla a unas zonas determinadas.

 

La tecnociencia como alquimia esotérica

 

En este nuevo tipo de organización mundial, la ciencia y la tecnología serán confidenciales, como formulas alquímicas, reservadas a una minoría de humanos capaces de domarlas. Efectivamente, debe hacerse  salir  a la tecnociencia de la mentalidad racionalista... liberarla de la utopía igualitaria que presume que conviene a toda la humanidad.

Sería lógico, en un escenario para el después de la catástrofe, cuando los dirigentes comprendan por fin los peligros de la extensión infinita de la ciencia, de la técnica y de la economía industrial, la nocividad del intercambio incontrolado de informaciones (el exceso de comunicación), que el mundo vuelva a una visión iniciática y esotérica de la tecnociencia, para preservar a la humanidad de los peligros de su desbordamiento masivo e incontrolado. El ideal sería que esta civilización tecno-científica, muy arriesgada, pero congénitamente enlazada al espíritu de unos pueblos o grupos humanos minoritarios dispersados sobre toda la Tierra, quede encuadrada de forma esotérica. La tecnociencia no puede ser un fenómeno de masas, un fenómeno “abierto”. El planeta rechaza esta hipótesis. Solamente es viable para un 10% o un 20% de la humanidad. Para algunos, la sabiduría y la certeza naturalista de la reproducción de la especie, del tiempo cíclico, del bienestar agrario y tribal de las sociedades tradicionales estables. Para los otros, la tentativa y las tentaciones de un mundo global e historicizado. Para algunos, Guénon, para otros, Nietzsche.  

 


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