EL ARQUEOFUTURISMO

(Capítulo 5)

Guillaume Faye

 

LA CUESTIÓN ÉTNICA Y LA CUESTIÓN EUROPEA
según un punto de vista arqueofuturista

 

 Estaban, cara al Sol, deslumbrados. Sus labios no se movieron, pero sus miradas eran amenazadoras. No gritaron, como lo hizo el enemigo para darse coraje. Lentamente, las lanzas se bajaron. Y los lacedemonios se acercaron, sin miedo, contra las masas persas innumerables y asustadas.

 

A mis amigos griegos, a Jason Iadjinidas, in memoriam

 

La antropología es el fundamento de la Historia

 La cuestión étnica será, junto a la cuestión ecológica, uno de los más fuertes desafíos del siglo de hierro y de tormentas que se anuncia. Concierne en primer lugar a Europa, y principalmente a Francia, que se está enfrentando a una colonización masiva llegada de otros continentes, y cuyos dirigentes de los mass-media y de la sociedad política intentan ocultar su amplitud y sus consecuencias.

La ideología hegemónica se planta sobre su dogma central: “la cuestión étnica no tiene ninguna importancia”. Vieja letanía que, poseída por un amor falso hacia la humanidad, desprecia el concepto central de “pueblo”.

Los historiadores del futuro se preguntarán probablemente sobre este fenómeno asombroso que, consecuencia de la colonización, tocaba el Oeste de Europa y Francia a partir de los años sesenta. En menos de tres generaciones, el substrato étnico ha cambiado profundamente. ¿Interesante, no? Pero cuestión secundaria para los princípitos sin gloria que parecen gobernarnos.

Se tiene que releer el ensayo del sociólogo afroamericano Stanley Thomson, American Communities, publicado en 1982 por la Boston University Press. Intentaba medir la contribución de cada comunidad étnica a los Estados Unidos, en términos de “mentalidades”. Concluye su libro, bastante iconoclasta, explicando que los inmigrantes germánicos, por su “dinamismo de la empresa” (managing wills), su “franqueza en negocios” (business honesty), y su “orgullo” (proudness), eran –mucho más que los Ingleses, Escoceses, Galeses, Irlandeses y otros, responsables de la fuerza de la república imperial norteamericana. Concluye de manera bastante feroz: hispanizándose, o más exactamente “mejicanizándose”, los Estados Unidos van a cambiar de bases socioculturales y quizás declinar, a largo plazo, frente a la India o China, en el dominio de potencia “objetiva”. Palabras parciales y quizás excesivas, de parte de un intelectual afroamericano germanófilo. Pero palabras de buen sentido: ha comprendido que las bases de una civilización, el destino de una cultura, no son solamente mecánicos, sino que se apoyan sobre fundamentos humanos, orgánicos, es decir culturales y étnicos.

Shlomo Shoam, Profesor de Filosofía en los años ochenta en la Universidad Ramat-Aviv, en Israel, me dijo un día durante un coloquio: “la fuerza económica y militar de Israel, y su seguridad frente a los países árabes, se apoya sobre los “sabras” y los inmigrantes ashkenazis venidos de Europa”. El fundamento de la Historia es, en primer lugar, la antropología de la que dependen los comportamientos culturales.

 

El proyecto de un “caos étnico” en Europa

 

Hoy, la cuestión étnica es tabú, pues es capital. Después de un largo tiempo de estabilidad migratoria, Europa, y particularmente Francia, sufre una inmigración afroasiática masiva que está modificando la composición antropológica de nuestra tierra, contrariamente a la voluntad de los pueblos autóctonos, al desprecio de las tradiciones democráticas herederas de las ciudades griegas, de la república romana y del derecho germánico.

El argumento de los inmigracionistas es que Francia fue siempre una tierra de melting-pot, de grandes invasiones. ¿La prueba? celtas, germanos, latinos, escandinavos, eslavos, muchos pueblos se han instalado en esta tierra durante la Historia. Claro, pero pueblos próximos, “primos hermanos”, precisamente. Si Francia es una mezcla de casi todas las componentes étnicas de nuestro continente, se silencia que estos pueblos tenían estructuras mentales y tipologías de conducta  próximas. Porque la noción de proximidad étnica, si a menudo es bioantropológica, concierne en primer lugar a una vecindad de concepciones del mundo y de actitudes instintivas. El rey Clodoveo –Kounig Chlodoveigh, para nombrarlo por su verdadero apellido- se había hecho conceder por Constantinopla la calidad de romanus consul. Había pues una continuidad mental en el suelo de las Galias, entre romanidad y germanidad, sobre fondo de pueblos celtas emparentados.

Étnicamente, Francia es un resumen de Europa. Los inmigracionistas justifican los flujos migratorios afroasiáticos masivos afirmando que Francia siempre fue un país de “mestizaje”, y que nunca ha cambiado, que continua la tradición, que no es importante. Pero durante la Historia fueron “mestizajes” entre pueblos europeos. Los germanos, los “invasores” más frecuentemente incriminados, no eran tan invasores, y estaban presentes en Galia antes de su supuestas “invasiones”, compartiendo una cultura muy cercana a la de los galo-romanos. Las grandes invasiones no las hemos sufrido al final de la Antigüedad, sino actualmente...

Otro sofisma de los inmigracionistas: el porcentaje de los extranjeros en la población francesa sería estable desde... 1930. Es olvidar las naturalizaciones masivas y, sobre todo, descuidar el hecho del aberrante jus solis, por el cual muchos millones de “jóvenes” de origen afroasiático, pero que no se consideran a sí mismos franceses, sin embargo tienen la nacionalidad francesas. Los “jóvenes” piensan étnicamente; no así los intelectuales parisinos.

Las mezclas en el suelo galo se operaban entre poblaciones antropológica y culturalmente hermanas, incluso en su familia lingüística. Las poblaciones afroasiáticas que, desde 1960, se instalan en nuestro continente, modificando la estructura etnográfica y cultural (unos cinco millones de musulmanes en Francia: el Islam primera religión practicada a partir de 2005.), no tienen –al contrario de los germanos en relación con los latinos, los celtas o los eslavos, ninguna proximidad antropocultural ni mental con los autóctonos europeos. Por otra parte, las “invasiones germánicas” del fin de la Antigüedad, como todas las incursiones militares o flujos migratorios que ha sufrido Francia desde hace mil años (ingleses, holandeses, españoles, alemanes, rusos, italianos...) nunca han provocado rupturas étnicas ni dicotomías culturales. Es falazmente, con sofismas, como los partidarios de la inmigración asimilan estos movimientos intraeuropeos a la colonización masiva que estamos sufriendo, para ocultar la realidad de esta última.

En sus espíritus se tiene –por un proceso perverso y visiblemente antidemocrático- que favorizar un caos étnico en Europa, y paralelamente, disimularlo. No olvidemos que los lobbies inmigracionistas son animados por trotskistas, cuya afectividad irracional e inconfesable siempre fue un odio hacia la identidad etnocultural europea.

Además, estos internacionalistas son apoyados por el ultraliberalismo de inspiración americanomorfa, porque el objetivo estratégico de los Estados Unidos es dominar el continente europeo, liquidar su identidad etnocultural y apropriarse de  sus fuerzas tecnoeconómicas.

Claro, desde el inicio del Siglo XX, Francia ha conocido otras migraciones definitivas: española, italiana, portuguesa, polaca, etc. Pero es el mismo argumento que el precedentee: fueron inmigraciones de pueblos hermanos, de poblaciones católicas hablando idiomas emparentados, y poseyendo una especie de memoria comuna. Enrique  III era “rey de Polonia”, y toda la Historia europea es una combinación de “ladrillos memoriales” transcontinentales. Es imposible comprender la Historia de Francia sin hablar constantemente de Alemania, de Italia, de España, de Rusia, de Inglaterra, etc.

Estas migraciones intraeuropeas (y también mucho menos masivas que las llegadas actualmente de procedencia africana y asiática) pueden compararse a las migraciones intramagrebíes o a las migraciones internas chinas, desde las llanuras superpobladas de China oriental hasta las regiones del Oeste. La “distancia mental” que separa a un flamenco o un alemán de un griego o de un corso existe, es evidente, pero es considerablemente menos importante que la que nos separa de los bloques étnicos venidos de otros continentes.

¿Se puede impunemente mezclar los pueblos como un cocinero mezcla sus verduras para hacer una ensalada?

De otra parte, se tiene que denunciar la ideología criptorracista de los partidarios de la inmigración masiva e incontrolada. Los lobbies inmigracionistas, manipulados por los antiguos trotskistas, saben perfectamente que sociedad multirracial es igual a sociedad multirracista. E integran esta variable en sus calculos para tomar el poder...

 

Francia, Europa y la cuestión germánica

 

Ahora, querría abordar otras dos cuestiones sulfúricas: el antigermanismo, propio a un sentimiento reprimido; y otra: ¿por qué, en la época de Internet y de la globalización (término preferible al de “mundialización”) sobrecargarse todavía con los problemas étnicos y migratorios? ¿No somos todos, ciudadanos del mundo?

Primera cuestión. Sin perder el sentido de humor, hagamos un poco de psicoanálisis político. El antigermanismo francés es hijo de las tres guerras civiles europeas de 1870, 1914 y 1939, que fueron une especie de “respuesta” germánica, aplazada, a las agresiones francesas de Luis XIV y de Napoleón. Gracias a la construcción europea y a la pareja franco-alemana, iniciada por De Gaulle, este sentimiento retrocede. Pero todavía existe (en Francia y en Gran Bretaña, países sin embargo con fuertes raíces germánicas), una especie particular, primaria y vulgar, de antigermanismo, popurrí de prejuicios estúpidos, de odios inconfesables, de resentimientos reprimidos y de miedos fantasmagóricos. En desorden: “el idioma alemán, ¡qué horror!” (¿Y Hölderlin, Schiller,  Rilke, George, etc.?); “los Alemanes quieren dominar Europa”; “en el fondo todavía son nazis”; “son pesados, groseros, idiotas”, etc. Los chistes subnormales sobre los Belgas[1] (pensados, en el inconsciente colectivo, como “germanos francófonos”) o sobre los Suizos alemánicos denotan la misma neurosis. Neurosis nacida durante las guerras civiles europeas, cuando la clase intelectual oponía una “raza” francesa celtolatina, aguda, distinguida, humanista, a una “raza” germana pesada, brutal y bárbara.

También los periodistas e intelectuales alemanes son responsables de esta desvalorización de su propio etnocultura, porque explican sin parar la dictadura hitleriana por unos resortes mentales típicamente germánicos. Masoquismo y autoflagelación. ¿Imputamos a los Rusos, como pueblo, los crímenes del comunismo? Esta sospecha permanente hacia todo lo que es germánico y del que los Alemanes ellos mismos, culpabilizados, son víctimas y cómplices, debilita la fuerza cultural de nuestro continente, porque neutraliza la parte germánica del genio europeo.

El antigermanismo insidioso, del que todavía está impregnada la sociedad francesa, es más sociocultural que dirigido contra Alemania como tal.

En el diario Libération del 9 de diciembre de 1997, un “sociólogo de campo” explicó sabiamente que, en la ciudad alsaciana de Mulhouse, los lanzamientos de piedras operados por los “jóvenes” contra los autobuses municipales, se explicaban por la “actitud racista” de los choferes. ¿Qué actitud? ¿Mezquinas insultos con estos “jóvenes” de origen afroasiático? ¡Nenin! “Hablaban alsaciano entre ellos y ello era sentido como una provocación hacia los jóvenes”, explicó nuestro sociólogo de opereta. Así, usar su lengua materna germánica en su propio país es, al final, una provocación racista. Ya no es un sueño. Es una pesadilla. En verdad, es la explicación del pseudosociólogo la que es profundamente e ingenuamente racista. Su lapsus demuestra un racismo tan inaceptable como las otras formas de odio contra los otros pueblos. Además, ¿el racismo y el odio no empiezan cuando se rechaza el concepto de pueblo? Pero este ejemplo es muy interesante: en el fondo, para la ideología hegemónica, todo lo que es europeo y enraizado es culpable y criminal. Culpable de ser él mismo como tal. Etnomasoquismo...

Mi educación, mi herencia y mi mentalidad son totalmente latinas y helénicas. Así, estoy perfectamente cómodo para expresar lo que los europeos esperan, conscientemente o no, del espíritu germánico que sobrepasa largamente las fronteras de Alemania. ¿Cuáles son las calidades germánicas “antiguas” que han conformado desde mucho tiempo Europa?

La fibra democrática, en el sentido etimológico del término, es decir la voluntad del Pueblo por encima de los decretos de los jueces, porque es la voluntad del Pueblo la que fundamenta la ley, y no a la inversa; la solidaridad comunitaria más allá de las jerarquías socioeconómicas; el respecto por las mujeres; la fe en la palabra dada; la franqueza en los negocios; la puntualidad; el dinamismo en la acción; la inventividad creativa; el genio de la organización colectiva; el rigor científico, tales son algunas de estas calidades.

Pero el alma germánica también posee defectos, tiene que ser atemperada por las otras disposiciones mentales de los hermanos europeos. Entre estos defectos nos encontramos con un “finalismo” romántico bien anotado por la señora de Staël en el siglo pasado. Este exceso puede engendrar tanto un nacionalismo exacerbado como un laxismo organizado, suicida y masoquista (los Grünen), tanto un estatismo como un anarquismo, un militarismo tan suicida como pueda serlo el pacifismo, tanto una autoexaltación como una autoflagelación, tanto un materialismo absoluto del consumidor individual –el homo BMW- como un espiritualismo desencarnado e irracional.

Pero... Así como el bloque de poblaciones germánicas vive en el centro del eje de nuestro continente en vía de difícil unificación e influenciando todavía varias regiones, el alma germánica impregna, en todos los países, lo que Europa tiene de más dinámico. Pero “germánico” no es “alemán”. El proyecto gaullista[2] de independencia europea, el cohete Ariane, el avión Concorde, Airbus, fueron la fusión de un proyecto político de esencia cultural romana (la voluntad de potencia de la instancia imperial), mezclado a un ardor celta y a un rigor -un fondo constructivo- germánico.

Fue Francia, país tan germánico como celtolatino, quien más se benefició de esta complementariedad étnica intraeuropea. Este país, geográficamente milagroso, encrucijada de las peripecias europeas, es un resumen de Europa. El problema, es que se tiene que escoger, actualmente, un nuevo horizonte: ¿Francia como micro-Europa o Europa como macro-Francia? Macro-Francia, es decir, no como la Francia actual con sus calamidades del jus solis, el fiscalismo, el burocratismo y el centralismo jacobino, sino una Europa que se dote, como el Estado francés desde hace mil años, de un proyecto político central. Es interesante constatar que son los Franceses y los Alemanes –“francos del Oeste” y “francos del Este”, como escribió el poeta alemán Stefan George- quienes, junto a estos otros francos que son los belgas, fueron el gran motor del gran proyecto de la unificación europea.

Un proyecto que tenemos que digerir, de manera diferente a como lo hace ese dinosaurio paralítico que es la Unión Europea del Tratado de Amsterdam.

 

La impostura del mundialismo y del cosmopolitismo. Mañana, un mundo étnico

 

¿No es surrealista, en la era de la mundialización y de la globalización, preocuparse de cuestiones étnicas? No, es futurista. No vamos hacia la desaparición de la noción de pueblo, sino hacia su hueco.

 

Tantos los partidarios como los adversarios de la “mundialización” arremeten contra molinos de viento. La mundialización, por el comercio internacional y los intercambios, ya fue realizada, entre los Siglos XVI y XX. Es un hecho adquirido. Fue impulsada por Europa durante los “grandes descubiertos”, la conquista de América y la colonización. Pero la mundialización del comercio nunca ha significado mezcla de los pueblos, ni tampoco libre cambio desencadenado. Actualmente, estamos viviendo la globalización, es decir la creación de redes relacionales, estratégicas, económicas, científicas y finánciales transnacionales. Pero, 1) esta globalización  no impide que solamente un 12,4% de los intercambios de la economía norteamericana sean extracontinentales; 2) esta globalización no impide que más de un 70% de las exportaciones francesas, italianas, españolas o alemanas sean destinadas a los otros países europeos; 3) la globalización solamente concierne a una parte muy minoritaria del conjunto de las actividades humanas.

Al contrario, los que tienen que ser criticados –desde nuestro punto de vista- son los partidarios del mundialismo, o más exactamente del cosmopolitismo. El cosmopolitismo no es una descripción de la realidad, sino un arma de guerra ideológica contra Europa, destinada a negar antropológicamente nuestro continente después de haberlo paralizado políticamente.

Dicen: “somos un pueblo único en toda la Tierra, mezclémonos”. Quieren imponer la idea de que el futuro del planeta es el mestizaje generalizado, puesto que las fronteras políticas y económicas están desapareciendo. Sofismas. No es esta la realidad. La homogeneidad mestiza de la humanidad no existe. Al contrario, los bloques étnicos se refuerzan. Únicamente Europa y Norteamérica son víctimas de flujos migratorios. Únicamente Europa y Norteamérica, o más exactamente sus clases intelectuales, creen y  hacen creer en el advenimiento ineludible del melting-pot planetario. Al igual que el marxismo hacía creer en la ineluctabilidad científica del reino del socialismo internacionalista, el mundialismo  es uno de los capítulos centrales de la ideología cosmopolita que explica sabiamente que tenemos que admitir “históricamente” los flujos migratorios afroasiáticos masivos y la renuncia definitiva a una identidad antropoétnica europea milenaria.

Pero, la mundialización y los flujos de inmigrantes no conciernen el resto del mundo. Es una impostura intelectual pretender que la mundialización es una realidad planetaria conforme al sentido de la Historia. Lo que es real, al contrario, es la colonización masiva de la que Europa es víctima. China, la India, África, los países arabomusulmanes, ya no se mezclan. Exportan su sangre. Son bloques cerrados. Ellos nos conquistan (en parte por revancha) según un método de infiltración más eficaz que la invasión militar directa, porque no provoca ninguna reacción de rebelión inmediata.

Sin embargo, existe una fuerte posibilidad, a plazo medio, de una guerra civil en Europa, esta última deseando encontrar la identidad y la homogeneidad perdidas. Una rebelión civil de los europeos de origen. La convergencia de las catástrofes podría ser el detonante. El pacifismo obtuso de los inmigracionistas y los sueños de mezclas armónicas pueden arrastrarnos a la guerra. Perfecto. Las ideas ineptas siempre son invertidas por los hechos.

 

¿Se tiene que destruir el “Estado francés” en provecho de una Federación Europea?

 

No creo en el slogan de “ciudadano del mundo”

Tampoco, nunca fui partidario del Estado francés, fundamentalmente fiscalista, centralizador y “agotador” de los pueblos de las Galias, siempre colberto-socialista[3], creador de guerras mundiales, fundador del criminal y exclusivista jus solis, es decir, destructor a plazo largo de lo que había supuesto proteger, los pueblos de Francia. El jus solis era fácil de proclamar, fue un slogan gratuito y romántico (“cada hombre tiene dos patrias, la suya y Francia”) durante el tiempo de la Revolución Francesa. Los ideólogos entendían la palabra “francés” como concepto político, aunque el pueblo continuaba y todavía continua  comprendiéndolo como una noción étnica. En esta época, no había ningún flujo masivo, y las utopías no costaban nada.

Es un error el que la mayoría de los que se pretenden “partidarios de Francia”, como por ejemplo los militantes y dirigentes del Frente Nacional, no escojan la vía del Imperio Federal Europeo, sino que se obstinen –quizás por nostalgia y romanticismo- en manifestar un apego sentimental y micronacionalista con el Estado francés. No ven que este último es congénitamente destructor de la identidad étnica de los pueblos de Francia, y que no es transformable en su esencia, porque fue incapaz de protegernos de una inmigración “incontrolada”. ¿Un Estado federal europeo podría protegernos mejor? A plazo medio, pienso que sí, a condición de que sea rigurosamente el inverso de lo que se está preparando.

En efecto, el Frente Nacional y algunos otros tienen perfectamente razón al denunciar la Europa molusca del Tratado de Amsterdam, monstruo burocrático y apolítico, que agrava el paro por su ultraliberalismo, que facilita la inmigración por su ideología pseudohumanista y por la porosidad total de las fronteras exteriores de la Unión, que es responsable de la desertificación y del saqueo ecológico de los campos, que confisca la democracia ciudadana en provecho de una deriva tecnocrática pretotalitaria (las “directrices” comunitarias son dignas del Gosplan), y que cede a todos los diktats americanos, estratégicos o comerciales, porque es una Administración y no una Soberanía.

Es cierto que ahora se abandonan las soberanías de los Estados-Nación en provecho de un vacío, de una “nada”, de un dinosaurio jurídico sin voluntad política, totalmente inepto para defendernos. Pero la alternativa no es ni un retorno a los antiguos Estados-Nación castrados, ni a una Europa de las “ententes” como la de Talleyrand. La solución, para defendernos, es radical: una “buena” Federación (que yo la concibo fundada sobre regiones autónomas) que puede encarnarse en un verdadero Estado, que sea un peso pesado en la escena internacional y que desarrolle una política de gran potencia. Y esta Federación solamente podrá nacer después de un choque, cuando la actual pseudo-Federación haya mostrado definitivamente su impotencia y su nocividad.

Pienso que la buena estrategia consiste más en una revolución en el seno de la Unión federal europea para transformarla radicalmente, que en un retorno pasadista al sistema de las naciones, que tampoco nos protegerá. En la Historia, solamente los cambios de estructura pueden revolver los datos y accionar como revoluciones, pero no los cambios de coyuntura.

Francia ha muerto -como Alemania- como entidad política. Europa tiene que sucederle. Estamos, al igual que en la Edad Media, pero en un sentido contrario, en el difícil periodo de interregno. Francia quedará, no como persona moral jurídica, sino como una cultura entendida en el sentido germánico del concepto.

Única perspectiva de salvación en esta edad oscura: la construcción pragmática de la Federación, la verdadera, prevista por los visionarios del siglo pasado: los Estados Unidos de Europa, capaces de enfrentarse a los de América, de crear un espacio económico continental protegido y autocentrado, y de hacer retroceder el desarrollo del Islam como la colonización masiva procedente del mundo afroasiático; y, porque la Historia se acelera, si Rusia se une a nosotros, empezar la formidable obra de Eurosiberia.  

A pesar de todos sus defectos, yo pienso que la actual Unión Europea es el preludio de una verdadera Federación, según un proceso dialéctico: cuando sobrevenga la catástrofe, la Unión actual, imponente, será el cuadro que habrá que transformar de manera revolucionaria, en vez de restaurar las entidades estatales nacionales.

El eslogan “Una Francia independiente en una Europa fuerte” es una utopía y una contradicción. Porque:

1)      una Europa fuerte no puede fundarse sobre los acuerdos de una veintena de naciones independientes;

2)      las naciones independientes no acordarán los traslados de soberanía necesarios para fundar una Europa fuerte,

3)      una Europa potente solamente puede, en mi opinión, resultar de la Federación de regiones europeas autónomas, porque la disparidad de tallas de las naciones europeas prohíbe, como se intenta hacerlo actual y estúpidamente, un conjunto federal y político viable.

A partir de ahora debemos proyectar Europa con un cinismo maquiavélico, para subvertirla desde el interior. Alain de Benoist hace exactamente el mismo análisis, preconizando la idea europea de Imperio, rechazando el modelo jacobino francés, y denunciando las taras de la actual Unión bastardal, pero explicando por qué ha votado “Sí” al Tratado de Maastricht (cf. La ligne de mire, II). Los Europeos están creando, torpemente, los fundamentos de un nuevo Estado, o más exactamente de un nuevo Imperio. Y, como toda gran revolución, se produce sin el estrépito de las fanfarrias y de las trompetas. Se la hace, según la famosa palabra de Lenin, pilotar por tontos útiles que son además –porque existe el inconsciente colectivo de los pueblos- acosados como somnámbulos por esta intuición mal formulada (según la lógica del reprimido descrita por Pareto): seguir, frente a los pueblos exteriores cada más amenazantes, una estrategia defensiva macrocontinental, la del “erizo gigante”.

Evidentemente, la construcción actual de la Unión Europea es imperfecta, como toda obra histórica en gestación. Nada se hace según los escenarios quiméricos de los intelectuales, porque “todo es dolor”, decía Nietzsche. Pero es precisamente porque esta construcción es imperfecta por lo que tenemos que embarcarnos en el avión para corregirla y preparar la revolución.

Una vez más, el pasaje dialéctico de la imponente y opresiva Unión europea actual a la verdadera Federación  solamente se hará después del choque mental de una catástrofe (cf. la pulverización de las mentalidades después de la derrota de 1940 y la imposición de formas políticas anteriormente impensables). Simplemente, esta detestable Unión posee el único y gran mérito de hacer pensar a toda la gente en términos de Europa. También posee la ventaja de hacer crecer el poder de las regiones, futuros ladrillos de un Imperio federal y lugares de una identidad étnica que han perdido los Estados fríos y enfermos de hoy.

Una ideología es imponente si se excluye del campo del debate. Si se acurruca sobre el tema de “Francia”, nunca podrá hacer fuerza sobre las decisiones políticas. Los maurrasianos han hecho salir sus ideas de la Historia porque se han atribuido el régimen pasadista del monarquismo. No tenemos que repetir este error con un nacionalismo francés ahora obsoleto. Un gran proyecto se está construyendo: la Unión Europea. Traigamos nuestro vino, nuestras ideas. Nuestro nacionalismo europeo.

 

No destruir Francia, sino redefinirla como “Galia”

 

La ideología republicana del Estado-Nación francés es incapaz de defender a los pueblos de las Galias. La cultura y la lengua francesas no tienen ganas de este Estado. Ya existe otra entidad que ha tomado la decisión de dotarse de una moneda y de una banderas comunes, un nuevo Estado en gestación.

Sola, con un ridículo 0,9% de la población mundial, Francia, en su magnífico aislamiento, no es ni protegible, ni dinamizante. Ya, unos 40 000 Franceses superdiplomados están expatriados en Silicon Valley, cerca de San Francisco, remplazados por inmigrantes clandestinos sin ninguna competencia. En cuento al modelo de la “Europa de las naciones”, sin traslados de soberanía, sería una cáscara vacía donde los norteamericanos, “primera potencia europea”, como quieren repetirlo, jugarían a dividir para reinar. Para afirmarnos y resistir en el difícil siglo que se anuncia frente a los grandes bloques planetarios, necesitamos un Imperio, no una asociación diplomática de pequeñas o medias naciones pseudoindependientes (que nunca toman acuerdos entre ellas) sobre el modelo obsoleto del Congreso de Viena de 1815.

Los que piensan que un Estado imperial y federal europeo “va a matar a Francia” confunden el plano estatal con el plano cultural. La desaparición del Estado parisino, para llamarlo correctamente, no amenazará el vigor y la identidad de los pueblos de la antigua Galia. Al contrario, los reforzará.

En la perspectiva de un futuro Estado europeo federal y imperial, la noción estadista francesa del “jus solis”, heredada de la Revolución, tendrá que retroceder. Simplemente porque las tradiciones británicas, españolas, alemanas, eslavas, etc. están mucho más cerca del jus sanguinis, y porque el Estado francés tendrá que abandonar una parte importante de sus pretensiones universalistas. El apego obstinado al Estado francés jacobino, tanto por parte de la derecha como de la izquierda, significa autorizar la automaticidad de naturalizaciones masivas. Tantos los naturalizados como los beurs no se sienten “franceses”, sino siempre árabes o africanos. Ellos piensan en términos étnicos, son arqueofuturistas sin saberlo.

Desgraciadamente, Alemania habla de adoptar –bajo la mala y peligrosa influencia de la izquierda francesa y por culpabilización crónica- el jus solis. Pero en la perspectiva de una Federación, fundada sobre las regiones autónomas con raíces tradicionales (sin depender mentalmente de la ideología jacobina desencarnada y del cosmopolitismo de la Revolución Francesa), Baviera, Valonia, Borgoña u Occitania, de nuevos entidades étnicas, podrán quitarse este tabú castrador más fácilmente e inscribir el jus sanguinis en sus legislaciones.

El pasaje a un Estado federal tampoco destruirá la substancia carnal de Francia, sino que la reforzará. ¿Cómo? Otorgando otra vez vida a las regiones autónomas, Bretaña, Normandía, Alsacia, Provenza, Occitania, etc., que encontrarán su personalidad en la Casa Común europea. En una Europa federal, Francia, de nuevo, sería lo que es en su esencia: Galia...

 

Un nacionalismo europeo, democrático y federal

 

Tenemos que renunciar al nacionalismo francés, rechazar el pseudoeuropeismo degenerado de la Comisión de Bruselas y jugar la carta de la tercera vía del nacionalismo europeo, incluido en el seno de las instituciones europeas. Con inteligencia y sin extremismos, evidentemente. ¿Es normal que los que siempre han soñado con la Gran Europa embarquen en el avión a regañadientes en el momento del despegue? ¿Tienen miedo de ser los piratas del aire, aunque no les gusten los pilotos?

Querría sumar varios puntos capitales sobre el tema del contenido de una visión nacionalista de los futuros Estados Unidos de Europa. Evidentemente, solamente se trata de bosquejos, sugestiones. Pero en la Historia, cada pensamiento revolucionario tiene que tener un programa listo – como lo sabían muy bien Cesar, Napoleón o Lenin- a la espera del choque colectivo que permitirá, después de un desastre total y de un naufrago de los espíritus, aplicarlo. La gestación y el parto de nuevas figuras históricas se apoyan sobre la alianza entre estas dos nociones que funcionan un poco como los espermatozoides y el óvulo de la Historia.

 1)      Debemos ser partidarios de un verdadero gobierno democrático europeo –y no burocrático- dotado de un verdadero Parlamento y de un fuerte poder decisionario.

 2)      Deberá suprimirse el “grado nacional” inviable (un Luxemburgo presidiendo la Unión después de Alemania... ridículo), más aún con su ensanchamiento previsto hacia la Europa central. Crear regiones autónomas o Länder sobre el modelo alemán intensificado (Bretaña, Baviera, Escocia, Padania, etc.) cuyo concierto general formará la voluntad política del poder federal, con un Presidente de la Unión eligido. La autonomía de las regiones intensificará el carácter étnico de la Unión, actualmente disuelto en Francia por la ideología del Estado. Ya, en todas las partes de Europa –Reino Unido, Italia, Bélgica, Francia- la consciencia etnoregional está progresando. Es una “tendencia histórica fuerte”, según la expresión de Fernand Braudel. Tiene que proponerse esta regionalización, sin romanticismos, con argumentos técnicos, sobre sus ventajas institucionales. Una Unión de quince Estados de tallas muy diferentes no sería gobernable. Mejor setenta Länder guardando cada uno su autonomía, su representación democrática cerca de las poblaciones, con Bruselas convertida en capital y “distrito federal”, un verdadero Gobierno central desburocratizado y, en Estrasburgo, algo más que un Parlamento fantasma.

 3)      Los Estados Unidos de Europa, asemblea orgánica de grandes regiones muy autónomas (algunas de las cuales serán los Estados actuales, como la República Checa o Irlanda), crearán una nueva repartición geopolítica de las potencias y provocarán el aceleramiento de la Historia. Crearán el único cuadro que podrá hacer competencia al dólar, de emanciparnos de la OTAN y de negociar paritariamente con los Estados Unidos. Estoy persuadido que este estado de hecho, esta revolución de terciopelo (preparada desde 1945, al final de las guerras civiles europeas),  este parto de fórceps de una nueva figura historial de envergadura planetaria, transformará profundamente las mentalidades de nuestros contemporáneos franceses, actualmente desestructurados por la rabia cosmopolita del Estado parisino. La Historia siempre es movimiento, futuro, asalto.

 4)      Tiene que reflexionarse al mismo tiempo en una replanificación radical del “espacio Schengen” de libre circulación interna, y prever para la Unión una lógica de fortaleza.

5)      Dar a las futuras regiones grandes poderes en los dominios internos: culturales, lingüísticos, educativos, etc., para que renazca una reidentificación regional europea, prueba de nuestra fuerza común.

6)      Es imperativo reflexionar, económicamente, en la noción de un espacio semiautarquíco europeo común. El libre cambio mundial no es viable La Europa unida del futuro tiene que denunciar los acuerdos del GATT y elaborar un proteccionismo continental moderado, pero eficaz. Somos suficientemente numerosos para no necesitar, de manera vital, mercados de exportación que –cada vez más- se gestionan por peligrosas transferencias tecnológicas.

7)      A largo plazo, tenemos que pensar en términos euroestratégicos. Gorbachov lo había comprendido: “somos una casa común”, llegó a decir. Desde Bretaña hasta el Kamchamka, 25 000 km separan a los marineros de Groix de los de Kerinask, pero son los mismos hombres, en el fondo los miembros de un mismo pueblo: el pueblo europeo. Podemos hospedar huéspedes, pero no invasores. Gorbachov quería expresar esta sencilla intuición: somos un mismo grupo de pueblos hermanos, cesemos de hacernos la guerra (último crimen europeo, la guerra yugoslava), tenemos que agruparnos. Nuestras divergencias lingüísticas son simples detalles en relación con nuestras convergencias etnográficas. Es la interpretación germánica de la Historia como lógica étnica la que va a imponerse contra la lógica utópica creada por la Revolución Francesa, que no era particularmente “democrática”, en el sentido griego, sino ya pretotalitaria. Un día u otro, tendremos que integrar a Rusia y proyectar el futuro como Eurosiberia. Los problemas actuales de Rusia son transitorios y coyunturales. Tenemos que combatir la (natural y explicable) voluntad de los Estados Unidos de controlar Eurosiberia y vasallizar Rusia en los planos estratégico y económico.

 

Eurosiberia

 

Celtas, germanos, griegos, eslavos, escandinavos, latinos, iberos, o más exactamente Nosotros, sus descendientes, tenemos que pensarnos ahora como un pueblo único, herederos de una misma tierra, una inmensa patria con recursos colosales en materias primas y en energías humanas, nacida de una Historia común. En la hipótesis menor, del Atlántico a las marcas de Rusia. En la hipótesis mayor (que tendremos siempre que defender), la eurosiberiana, que podemos llamar paradigma de la “Gran Europa”: de Brest a Behring, el más grande territorio político unificado de toda la historia de la humanidad, extendido sobre catorce meridianos. “Solamente existe la política para los que miran a lo grande, muy a lo grande”, decía Nietzsche. 

 Nuestra frontera esta sobre el Amur, frente a China. Sobre el Atlántico y el Pacífico, frente a la república imperial norteamericana, superpotencia única pero cuyo declive geoestratégico y cultural ya está programado para el primer cuarto del Siglo XXI –según Zbignew Brezinski, sin embargo apologista de la potencia norteamericana. Y sobre el Mediterráneo y el Cáucaso, frente al bloque musulmán (menos dividido de lo que se piensa) que será la primera fuente de amenazas, pero también, si somos fuertes, un excelente país socio...

 Tenemos la suerte, Nosotros, descendientes de pueblos-hermanos, de poseer un espacio potencial que podría constituir para nuestros hijos aquello que soñó Carlos V y que no pudo mantener: “un Imperio sobre el cual nunca se pone el Sol”. Cuando es mediodía en Brest, son las dos de la madrugada en nuestro estrecho de Behring. Es un ideal, quizás uno de los pocos de los que disponemos todavía en estos tiempos pesimistas, en esta Edad Oscura: construir nuestro Imperio, este sueño que nos acosa. Los grandes proyectos no se decretan en la solemnidad, sino que se construyen en el silencio de los gabinetes y son realizados por los depredadores al acecho, que esperan que un desastre histórico haga salir la presa alarmada del bosquecillo. Y el inconsciente de los pueblos siempre será el zócalo duro sobre el cual se apoyarán los jefes revolucionarios.

La constitución de un conjunto eurosiberiano sería, para la mirada de la Historia humana, una revolución mucho más importante que la efímera construcción de la Unión Soviética o la de los Estados Unidos de América. Este acontecimiento de alcance mundial solamente podría compararse a la elaboración del Imperio Chino o del Imperio Romano.

Ahora, a pesar de motivos explícitos por lo menos viciados, la familia se están agrupando en el seno de la Casa Común. Como en el pasado, hace 2 400 años, los Griegos frente a los Persas, unimos nuestras ciudades para hacer frente a la amenaza ya perceptible. La Gran Europa tiene que ser pacífica y democrática, pero autónoma, inflexible e invencible, incluso, evidentemente, en la esfera tecnoeconómica. ¿Por qué ser imperialista cuando ya se es un Imperio? La lógica imperial se impondrá a todos los pueblos de la Tierra. Cada pueblo sobre cada tierra, para defenderse de las pasiones de los demás, para administrar, eficientemente, el destino de la nave espacial Tierra.

 El acontecimiento caótico que estamos viviendo, por este agrupamiento desordenado de los europeos, y que solamente pide ser ordenado, será quizás la reconstitución, con otras formas y más grande, de la recurrencia histórica no del Imperio Romano centrado sobre el Mediterráneo, sino del Imperio Romano-Germánico centrado sobre la gran llanura eurosiberiana, hoy todavía abierta sobre cuatro mares: a la vez Leviatan y Behemoth.

Mañana: de la  rada de Brest a la de Port-Arthur, de nuestras islas heladas del Ártico al Sol victorioso de Creta, de las landas a la estepa y de los fiordos a los montes bajos, cien naciones libres y unidas, agrupadas en un Imperio, podrían quizás concederse lo que Tácito llamaba el Reino de la Tierra, Orbis Terrae Regnum.



[1] Este tipo de chistes es muy popular en Francia. El origen de la mayoría de estos chistes –tantos feroces como subnormales- viene de los chistes concerniendo el espíritu «pesado» atribuido a los Flamencos por los Valones...      [ NdT ]

[2] Existe en la jerga política francesa una diferencia entre «gaulliano», entendido como proyecto histórico de «Grandeza» de De Gaulle, y «gaullista» que solamente designa la acción político cotidiana de los partidarios del General.   [ NdT ]

[3] Alusión a Colbert, centralizador y autoritario Ministro de la Economía del Rey Luis XIV, en el Siglo XVII.  La palabra “cobertizo” es muy usada como insulto político por los adversarios del centralismo económico y político.    [ NdT ]


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