| ELEMENTOS PARA UN PENSAMIENTO MUNDIAL EUROPEO |
| Louis Sorel |
Dedicado a la memoria de Jean-Jacques Mourreau
trd. Santiago Rivas
INTRODUCCIÓN
El siglo XX, se ha dicho y repetido varias veces, terminó entre los años 1989 y 1991, tras la desintegración del bloque soviético y la desmembración de la URSS. Así que es justo decir que los contemporáneos de la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, tuvieron la sensación de vivir un momento histórico, una bifurcación, por utilizar el vocabulario de las ciencias del caos. Pero ente la euforia ambiente, la puerta de los acontecimientos no estaba completamente cerrada. Lo único que se constata con plena certeza es la caída de la dinastía de los zares rojos entronizados en octubre de 1917 por el golpe de Estado bolchevique, el "fin de un mundo", pero no el "fin de la historia".
El mundo de la postguerra fría que le ha sucedido no es, aunque le pese a Francis Fukuyama, el mundo del final de la historia, el mundo de la universalización entendida como la extensión "ad infinitum" de la democracia liberal. Al contrario, derrotado el "Este", el "Oeste" se empeña ahora en dilatarse hasta alcanzar las propias dimensiones planetarias, pero no por ello debemos devaluar las contradicciones actualmente vivas en el seno de los Estados Unidos, el Japón y la Unión Europea. Irreductible a los modelos de lectura elaborados en otros tiempos, el mundo de la postguerra fría constituye en sí una realidad autónoma, un mundo que está por aprehender.
Para los pueblos y las naciones del Gran Continente (Europa y sus prolongaciones asiáticas), el devenir está abierto. Todavía están por definirse las perspectivas. Este opúsculo intenta exponer las líneas de un pensamiento mundial europeo incorporando los hechos más recientes del recién inaugurado siglo XXI (en 1989-1991, no lo olvidemos): imprevisibilidad del universo político-estratégico, emergencia y estructuración de vastas regiones planetarias, necesidad de afirmación de un Gran Espacio europeo.
PRIMERA PARTE
¿ORDEN O DESORDEN MUNDIAL?
1- LA ILUSIÓN DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL
El 11 de septiembre de 1990, algunas semanas después de la entrada de las tropas iraquíes en Kuwait, el Presidente de los Estados Unidos, Georges Bush, anunciaba la perspectiva de creación de un "Nuevo Orden Mundial" (NOM). Presentado como la razón de ser política de la Guerra del Golfo (enero-marzo de 1991), el NOM se impuso como el punto de pasaje obligado de la reflexión político-estratégica y como expresión de obligada referencia. Desde entonces, nos encontramos en la primera postguerra fría (1989-1991), una postguerra eufórica. La caída, inesperada, del Muro del Berlín parece haber hecho de la "democracia del mercado", en ausencia total de una alternativa ideológica al "Oeste" triunfante (1), la terminación ineludible de la historia. Más tarde, la operación "Tormenta del Desierto", emprendida con brío sobre el flanco sur de la antigua URSS, demostró que ésta ya no podía ofrecer una alternativa estratégica. El mundo (más precisamente, el Este y el Sur) podría ser ahora reestructurado sobre las nuevas bases y sobre los nuevos proyectos que representa el NOM.
Con un restaurado emirato de Kuwait y con un Irak reducido al 40% de sus capacidades, conforme a las recomendaciones de Henry Kissinger, el Presidente de los Estados Unidos pudo precisar sus intenciones. El proyecto del NOM, afirmaba, propone un orden internacional fundado sobre el universalismo del derecho y sobre el triunfo de la democracia de mercado. Pero el NOM, en sus declaraciones, no va más allá, dejando libre curso a las interpretaciones más diversas. Para unos, el NOM sería unipolar: los Estados Unidos, de ahora en adelante, ostentarían la exclusividad del papel de gendarmes del mundo. Para los otros, el NOM debería ser "onusino", asumiendo la organización nacida en 1945 en San Francisco el papel que para ella había previsto Franklin D. Roosevelt (más concretamente, su señora). Hoy, se nos impone la primera versión.
El sueño de un NOM americanocéntrico, ciertamente, se ha impuesto sobre las demás versiones. El triunfo de Bill Clinton en su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos, en 1992, manifestó claramente la voluntad de los Estados Unidos de hacer prevalecer sus intereses domésticos en materia de política exterior. Elección confirmada en 1994, a pesar de la llegada de una sólida mayoría republicana al Congreso USA. En consecuencia, la diplomacia americana se ha recentrado en una definición estricta, ya que no responsable, de los intereses del país. Y el liberal-mercantilismo nacional pretende hacer del comercio, por parafrasear a Clausewitz, la continuación de la guerra por la introducción de otros medios. La diplomacia Clinton es una diplomacia de asalto y acoso económico. La intensidad de las batallas comerciales está atestiguada en los encontronazos con la Unión Europea y el Japón (2). En el exterior de las zonas calificadas como estratégicas (especialmente las petrolíferas: Oriente Medio) o geográficamente contiguas (América Central, Caribe), la política será la de evitar todo compromiso inconsiderado. No nos equivoquemos: no se trata de una continuación del tradicional aislacionismo norteamericano, sino de la posibilidad para los USA de jugar con dos barajas. La mundialización se impone a los factores estatales más poderosos, sin posibilidad de elección. La diplomacia Clinton podría reunirse en un intervencionismo práctico, como lo ilustra el caso bosnio (3).
El nuevo curso tomado por la diplomacia americana se nos muestra más que evidente. Los Estados Unidos se conciben a sí mismos como una potencia hegemónica, es decir, una potencia que asume sus responsabilidades globales en una dominación que persigue como legítima. Alternando ataques rápidos de tiro al blanco y retornos inmediatos a las bases ("hit and run"), rehuyendo el "desembarco" que pudiera fundar un orden imperial cualquiera, los Estados Unidos se muestran como un poder depredador, "vandálico", a la búsqueda de ventajas unilaterales.
La perspectiva de un NOM "onusino" se ha revelado como una ilusión. A despecho de las ensoñaciones líricas sobre el tema del deber de injerencia, el Kurdistán y Somalia permanecen en un "caos limitado", mientras que los proyectos de reforma de la ONU sólo han servido para justificar la intervención en Bosnia. Se nos ha demostrado que los sistemas de seguridad colectiva que ritualmente invocan de tarde en tarde la "comunidad internacional" son un simple "flatus vocis". Como Thomas Hobbes anunciara hace ya más de tres siglos, la escena mundial es, por naturaleza, anárquica (ausencia de un poder central) a la vez que oligárquica (dominio de uno). En consecuencia , la ONU no puede esperar ser algo más que un forum de diplomacia multilateral. El NOM ha mostrado cruelmente esta realidad.
2 - UN SISTEMA MUNDIAL CAÓTICO
Con la desintegración de la antigua Yugoslavia y los posteriores desarrollos del conflicto bosnio, de una parte, y los núcleos reticentes en los Estados Unidos a jugar el papel de gendarmes del mundo, por la otra, las referencias al NOM se enrarecen, se difuminan. Tras la euforia de la primera postguerra fría han llegado los tiempos del desencanto y de las sutiles referencias a un "nuevo desorden mundial" (NDM). En detrimento de las apariencias, la expresión de "NOM" quizás no sea la más adecuada.
La liquidación del sistema Este-Oeste ha liberado las fuerzas centrífugas hasta ahora contendidas, y la desintegración general amenaza al conjunto de las más antiguas instituciones (4). Pero en el espíritu de los idealistas del NDM, esta expresión designa una fase transitoria. En el curso de unos 25 o 30 años de ajuste estructural, por usar el mismo lenguaje que el Fondo Monetario Internacional, el NOM debería estar definitivamente institucionalizado, por poco que los grandes poderes pongan en marcha sus intervenciones militares y humanitarias, a la par que gestionen las crisis eventuales. Esta creencia en una historia objetivamente finalizada, funda y legitima, por tener en cuenta el ejemplo francés, el intervencionismo en todos los "azimuts" propuestos en el último "Libro Blanco de la Defensa": el escenario para el empleo de las fuerzas armadas prevé la multiplicación de las "operaciones en favor de la paz y del derecho internacional", lo que implica la constitución de un cuerpo expedicionario de 25.000 hombres capaz de intervenir en un radio aproximado de 5.000 kilómetros de las fronteras nacionales francesas (5).
Pero comprendiendo las causas profundas -declive multiforme del mundo europeo y de sus prolongaciones (Estados Unidos al Oeste y Rusia al Este); ausencia de poder hegemónico capaz de tomar el relevo; redistribución espacial de las poblaciones humanas-, el NDM se nos presenta como profundo y perdurable. Todos los "intelectuales orgánicos" del NOM intentan contratacar alegando que las crisis, en las fases de estabilización, son breves y excepcionales.
Para describir el mundo en que vivimos emplearemos la expresión acuñada por el general Lucien Poirier: "Sistema Mundial Caótico". Un sistema es, según la definición e Jöel Rosnay, "un conjunto de elementos interdependientes, es decir, unidos entre ellos por relaciones tales que si una de ellas es modificada afectará al resto de las partes, y todo el conjunto se verá transformado". Aplicado con éxito a la física y a la biología, esta noción empieza a ser utilizada por ciertos geógrafos. Los Grandes Descubrimientos y la mundialización de las relaciones que le siguieron hicieron posible la aparición de un Sistema Mundial. Sus elementos -áreas culturales, Estados, acuerdos transnacionales- se ajustan según los flujos masivos y diversos que los hacen interdependientes. Esta concepción es la que adopta Lucien Poirier para describir nuestro universo político-estratégico (6).
El sistema mundial de la postguerra fría que analiza Lucien Poirier es un sistema no unipolar, sino multipolar. Desde 1945, el número de los estados casi se ha cuatriplicado hasta alcanzar los 200, 185 de ellos miembros de la ONU. Vivimos en un mundo políticamente completo. El fenómeno de la territorialización (apropiación de las tierras emergidas) se extiende hoy día al propio Océano mundial (71% del planeta), antiguamente considerado "Res Nullius". Las aguas territoriales y las zonas económicas exclusivas comprometen a los mares y a los océanos tanto como a las tierras. Es inevitable que esta proliferación de Estados se acompañe de una (relativa) difuminación del poder.
Pero la proliferación de Estados no debe hacernos caer en error. Esta forma política no es la maestra exclusiva del juego mundial, pues el sistema clásico de Estados se acompaña hoy de otro sistema de actores "exóticos y anónimos" (Luc Powels): firmas transnacionales, organizaciones no gubernamentales, mafias, sectas, etc. Hipercomplejo, el nuevo sistema mundial tiende cada vez más a la forma caótica, que es tanto como decir imprevisible. Es famoso el ejemplo de la teoría del caos según el cual el aleteo de una mariposa en la Bahía de Sydney puede provocar, semanas más tarde, una tempestad en la costa opuesta del pacífico. El "efecto mariposa" se explica de la siguiente manera: una pequeña variación inicial puede causar efectos en todo el sistema de proporciones insospechadas, efectos que reciben el nombre de bifurcaciones. Después de aplicar la teoría del caos a los fenómenos naturales (movimientos atmosféricos. mecánica de fluidos...), los teóricos del caos no han dudado un instante en aplicarlo también a los fenómenos sociales. De hecho, los proyectos y los diversos actores del sistema mundial, al ser aplicados en un sistema real, cerrado, permiten y provocan que la menor perturbación pueda transformarse en una tormenta de coriolis planetaria; las repetidas crisis del megasistema financiero así lo atestiguan. Esta representación de un sistema imprevisible no puede exponerse sin inquietar profundamente a nuestros contemporáneos. Nos conduce, en todo caso, a revaluar la importancia de la figura histórica. El mundo en que vivimos es cualquier cosa menos un mecanismo de relojería a la manera del dios de Newton, y "la hipótesis del gran hombre vuelve a ser inteligible y pertinente" (7).
3 - UN MUNDO PRIVADO DE SENTIDO
Complejo y caótico, el sistema mundial previamente descrito se encuentra, en tanto que más imprevisto que nunca tras el fin de la guerra fría, privado de razón de ser. Pero para comprender esta crisis de sentido es necesario reflexionar antes sobre el hecho de la guerra fría (8).
Si la guerra fría puede ser objeto de una lectura geopolítica y validar así las tesis de Alfred T. Hahan, Halford McKinder y Karl Haushoffer sobre el rol central de oposición Tierra/Mar en la historia universal, no es menos cierto que el conflicto Este/Oeste puede también interpretarse como un conflicto ideológico por la apropiación del sentido. Los Estados Unidos y la URSS se enfrentaron recurriendo a la temática de los fines últimos, se enfrentaron en nombre de una temática teleológica. Cada uno de los protagonistas pretendía erigirse en portavoz del mundo entero, extendiendo a la realidad presente y universal su propia cosmovisión. Antes que rivales, las ideologías liberal y comunista son, en realidad, hijas de la misma madre ( la Filosofía de las Luces ) y están construidas a partir de los mismos mitemas (un mitema es la unidad mínima de significado): igualdad natural de los individuos, poder total de la razón, sentido de la historia, creencia en el progreso... Se comprende desde este punto de vista que el fin de la guerra fría no ha sido solamente el fin del comunismo.
Por un efecto de simetría, la lógica de la descomposición se extiende del Este al Oeste, la "deconstrucción" ideológica se generaliza. La derrota del comunismo, en efecto, invalida la perspectiva de un mundo a-conflictual; es entonces cuando la "administración de las cosas" sustituye al "gobierno de los hombres", vieja ilusión santsimoniana que tanto liberales como marxistas persiguieron como fin último. Todo este horizonte se encuentra ahora disuelto, y a la euforia de la primera postguerra fría sucedió el desencantamiento.
La aceleración de la mundialización, antes contenida por la lógica de los bloques, rápidamente fue reactivada por la utilización de los temas de la "aldea planetaria" y de la emancipación del género humano por medio de la técnica. Pero rápidamente se percibe que la mundialización no es productora de sentido. La mundialización se presenta como una suma de oportunidades e incomodidades que no apuntan sino a la máxima competitividad. Aún mejor: esta feria de contenido mundial se mueve en la lógica exclusiva de la rentabilidad, una lógica que amenaza los niveles de vida de las clases medias occidentales. Por largo tiempo portadora del progreso material, la ideología del progreso se encuentra hoy invalidada.
A la salida de la guerra fría, el mundo se nos ha aparecido privado de sentido. Las grandes ideologías universalistas se encuentran agotadas; ya nadie cree en los "días futuros y felices". Aunque el poder tecnoeconómico no deja de intensificarse. "aunque el Estado ya no dispone de un piloto al Timón (un líder) capaz de guiarnos hacia un nuevo Telos (finalidad)" (9). Sentido y poder están desde entonces desequilibrados y, si el espacio se mundializa, el horizonte se sustrae. Debe remarcarse que esta crisis de sentido, que incluye también a los Estados nacidos tras la descolonización, que antiguamente fundaron su sentido en un marxismo de covachuela, abarca hoy tanto a las sociedades europeas como a las no europeas. Para los europeos -señala Zaki Laïdi- existe una necesidad de problematizar su devenir, de proyectar sobre el mundo sus fuerzas y sus valores. En ello se distinguen de los asiáticos, para los cuales esta idea no es más extraña que la de finalidad, de verificación, de camino" (10). El resultado es la imposición de una cultura de la impaciencia que sacraliza lo inmediato.
La historia no lleva consigo promesa alguna, no es portadora de ningún "sentido" ni implica ningún "fatum"; el famoso "fin de la historia" anunciado por Francis Fukuyama es una falacia en todos sus sentidos. Vivimos, efectivamente, el fin de una concepción escatológica de la historia. La creencia en una historia transparente y aprehensible por la razón se difumina, porque ella es lo que es: una ilusión del espíritu antes que una realidad. Privado del Timón del Telos, el mundo de la postguerra fría se nos presenta decididamente indescifrable.
SEGUNDA PARTE
EL PLURIVERSO MUNDIAL
4 - LA EMERGENCIA DE LAS REGIONES PLANETARIAS
Si el mundo de la postguerra fría escapa, en gran medida, a las cadenas de la lectura usual, una tendencia grave se impone a toda creencia: la regionalización de la economía mundial. Polisémico, el término de "región" designa aquí a los reagrupamientos geográficos de los Estados. Hablaremos, por tanto, de macrorregiones o, lo cual es sinónimo, de regiones planetarias.
La Unión Europea es la más ambiciosa de estas uniones multiestatales. Cuando los miembros fundadores de la CEE firmaron el Tratado de Roma, el 25 de marzo de 1957, su visión no abarcaba más allá de la creación de una zona de libre intercambio en lo referente a la circulación de mercancías y capitales (11). La CEE es una puesta en marcha común que está instituida por una unión aduanera (existencia de una tarifa exterior común), dotada de políticas comunes (política agrícola común, armonización de las legislaciones, etc.). Con el Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992 y puesto en vigor en 1 de noviembre de 1993 tras su ratificación por los diferentes Estados, la CEE pasó a convertirse en la Unión Europea. El cambio de denominación corresponde a una voluntad de profundización: la marcha común (única después de 1993) debe ser completada con una unión económica y monetaria, con una moneda única en 1999 y una unión política (embrión de la futura ciudadanía europea) y la puesta en obra de una PESC (Política Exterior y de Seguridad Común). Esta lógica de integración debe estar conjugada con una extensión de la Unión Europea tanto hacia el este como hacia el Sur.
La segunda unión multiestatal en importancia es la Asociación de Libre cambio Norteamericana (NAFTA), zona de libre cambio creada el 12 de agosto de 1992 entre los Estados Unidos, Canadá y México. Tras largas negociaciones de ratificación, este acuerdo entró en vigor el primero de enero de 1994. Los objetivos de esta heterogénea unión -la economía de los Estados Unidos abarca diez veces la del Canadá y treinta veces la de México- son más bien modestos comparados con los de la Unión Europea. El acuerdo se limita a la libre circulación de mercancías, rechazando por el momento la integración económica, monetaria y financiera del espacio norteamericano. Por lo tanto, el peso de su economía y el rol que la moneda común representa el dólar permite a los Estados Unidos polarizar a sus socios periféricos del Norte y del Sur. De hecho, el espacio norteamericano está lejos de ser una integración.
A caballo de la línea de separación Norte/Sur que pasa por el Río Grande -la Unión Europea reagrupa exclusivamente a Estados desarrollados, "del Norte"-, la ALENA tiene el atractivo de un proyecto más ambicioso. En 1990, George Bush evocó la necesidad de una "Iniciativa de las Américas". El Presidente de los Estados Unidos del momento habló también del proyecto de una zona de libre cambio cuya extensión abarcaría desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Esta "iniciativa" se dio a conocer en la Cumbre de las Américas celebrada en Miami en 9 de diciembre de 1994. La puesta en marcha de una Zona de Libre Cambio Americana (FEAZ, según la denominación en inglés, ZLCA en castellano) está planificada para el 2005 y, ahora, Chile negocia su adhesión al NAFTA, al tiempo que en Argentina existe un debate sobre esta cuestión. Evidentemente, la realización del sistema geopolítico interamericano tiene pocas posibilidades de realización: pensamos en la grave crisis financiera que, en diciembre de 1994, golpeó a México, con sus efectos sobre las economías iberoamericanas (el "efecto tequila") y todas las dificultades que ello conlleva. Pero la vigorosa reacción de Bill Clinton, que impuso su voluntad sobre la opinión del Congreso -la Presidencia puso en marcha "el mayor plan de salvación jamás concebido"- fue más que significativa. La resituación de USA sobre el "uso" americano, e incluso sobre todo el hemisferio occidental, es una realidad (12).
La tercera Unión, en Asia Oriental, tiene la particularidad de no coincidir con ninguna estructura institucional. Así, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, creada en 1967, no cuenta entre sus miembros ni con China ni, ni con Corea del Sur, con el Japón, países completamente indispensables en el Extremo Oriente (13).
Flexible e informal, la Unión del Asia Suroriental se estructura sobre la división regional del trabajo que impusieron en su tiempo Japón, Corea del Sur y Taiwan para deslocalizar sus unidades de producción entre los nuevos países industriales de la segunda generación (Malasia, Tailandia e Indonesia). El hecho adicional de que es la gran diáspora china quien controla un porcentaje nada desdeñable de la economía de estos países, con el envío constante de divisas a sus parientes de la China popular, es un factor para la reconstrucción económica de la Gran China (China continental, Taiwan, Hong-Kong, Macao y las importantísimas minorías chinas en el Asia Surorinetal). este área de co-prosperidad (el "Asia Marítima") está conociendo las más altas tasas de crecimiento económico en el mundo. La circulación de las cartas del poder se aceleran; el mapamundi económico cambia de bases.
Podríamos también señalar cómo las economías industriales del Asia Suroriental son, en gran medida, muy dependientes de la marcha norteamericana, lo que se traduce en la existencia del Área de Cooperación Económica del Pacífico (APEC). Fundada en 1988, la APEC no es una organización económica, sino un simple forum que reúne a 18 Estados ribereños del Océano Pacífico (14). Los Estados Unidos han interferido tanto en la construcción de un bloque económico exclusivamente asiático (proyecto de agrupación económica del Asia Oriental, presentado por el Primer Ministro malayo, Mahathir, en 1990) al tiempo que ejercen su presión sobre los europeos. Las negociaciones del GATT (Ronda de Uruguay, 1986-1994) fueron bloqueadas por la oposición de los europeos al liberal-mercantilismo de los Estados Unidos, hasta que Bill Clinton amenazó con abrir una ronda de negociación en el Pacífico, y los europeos accedieron a las exigencias de Washington. De hecho, la declaración de Bogor, adoptada por la APEC en noviembre de 1994, prevé la creación de tal zona, ¡para el año 2020! La unificación de las uniones americana y surasiática en una gigantesca "Comunidad del Pacífico", tema regularmente agitado por Washington, revela la política de la declaración. Como potencia bi-oceánica, los USA juegan con su ambivalencia geográfica para contrarrestar ahora a los europeos y más tarde a los asiáticos.
Podrían mencionarse otros espacios económicos regionales, como el MERCASUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay). Pero sólo la Unión Europea, la NAFTA y el Asia Suroriental "funcionan" como espacios más o menos integrados. Estos tres "sistemas geo-económicos-multiestatales", que en conjunto equivalen a las ¾ partes de la economía mundial, son las principales regiones planetarias del sistema mundial.
5 - EL SENTIDO DE LA REGIONALIZACIÓN
La regionalización nos puede servir de hilo conductor para clarificar, en la medida de nuestras fuerzas. el sistema mundial de la postguerra fría.
Primera enseñanza: los núcleos de las principales uniones geoeconómicas son los centros dirigentes de la economía mundial: Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. El sistema mundial se organiza alrededor de esta tríada donde se concentran el poder y la riqueza. Cada uno de estos tres centros domina un área regional donde se sitúan los mayores flujos de capital e información que forman el verdadero sistema nervioso central del Globo. Sobre el plano institucional, la Gran Tríada se expresa por la intermediación del G7, el club de las "gentes del primer mundo", que agrupa a los siete primeros países desarrollados en la economía de mercado (15).
Tras el fin de la bipolaridad Este-Oeste, la representación triádica del mundo ha devenido hegemónica. de hecho, representa más o menos una perspectiva dinámica del espacio mundial. Pero esta representación descuida el peso de las "cuatro ballenas" que quedan fuera de juego: la unión Rusia-Comunidad de Estados Independientes, China, India y Brasil-MERCOSUR, sin nombrar las potencias emergentes del Pacífico y otros "Gig Emerging Markets" (GEMs). Según los análisis de la administración Clinton, el G7 se verá obligado a incluir, en el 2010, a la China popular. El Japón pasaría entonces del segundo al tercer lugar en el escalafón, mientras que Alemania retrocedería al séptimo. La india sigue siendo el "gigante dormido", pero todos temen su despertar. Francia, Italia, el Reino Unido y Canadá, en justicia, dejarían de pertenecer al club (16).
Segunda enseñanza: el peso de la economía en la recomposición del sistema mundial. Contenida por la oposición ideológica y estratégica entre el este y el Oeste, la mundialización se ha acelerado. La diplomacia Clinton está centrada exclusivamente n las cuestiones comerciales, y el acceso a los BEMs tiene en ella prioridad absoluta. Con las naciones teóricamente aliadas la concurrencia es tal que, perfectamente, podemos hablar de guerra económica en todos los azimuts". Con la CIA a la cabeza, los servicios secretos de los grandes países industriales centran sus actividades en las áreas de la economía y el comercio, cuestionando en la práctica toda la sustancia de la tan cacareada "solidaridad occidental"; todo el antiguo bloque del Oeste ha devenido en un no-ente geopolítico. La agudeza del "geoeconomic struggle" explica la moda de la geoeconomía en tanto que disciplina (17).
Tercera enseñanza: el retorno de la geografía. La mundialización implica, se nos decía, "el fin de la geografía" (Richard O´Brien). Con el espacio-tiempo reducido a sus dimensiones técnicas, la superficie de la Tierra podría compararse a una bola de billar, pero el hecho de la existencia de los espacios regionales caracterizados por la intensidad de sus interdependencias económicas, invalida esta tesis. La faz de la Tierra se nos muestra rugosa e indiferenciada, y el factor de la proximidad geográfica estructura estas nuevas territorialidades económicas. "Las experiencias de la regionalización en Occidente o en Asia traducen en parte el retorno de la geografía en ratificación de una dimensión natural de los intercambios fundada en una explotación de la vecindad económica" (18). El factor geográfico se nos muestra más fuerte que las propias comunidades de cultura. Es en una escala macrorregional donde es posible reconciliar sentido y potencia. Si efectivamente existe un "tiempo mundial, se debe a un clima internacional dominado por ciertas ideas y valores, pero hoy quizás sería mejor hablar de "tiempos regionales", pues la Gran Región deviene, con fuerza, la mayor referencia del mundo de la postguerra fría.
Cuarta enseñanza: las regiones planetarias no son asimilables a los bloques. La formación de estos "sistemas geo-económicos-multiestatales" es uno de los aspectos del librecambismo ambiente; las nuevas uniones están abiertas hacia los vecinos que les circundan. Una de sus características es la compatibilidad y la interconexión e los grandes flujos -los flujos de información y de capitales se encuentran situados en las latitudes templadas del hemisferio Norte, en lo que algunos llaman "el anillo de la Tierra"- junto a la existencia de entidades distintas; el geopolitólogo Michael Foucher recurre a la noción de "archipiélago mundial" para explicar esta idea. esto no excluye, no obstante, el que las regiones planetarias puedan dar nacimiento a distintos bloques políticamente estructurados. La anarquía estructural del sistema mundial, los sobresaltos monetarios y financieros y las consecuencias sociales que implica la mundialización pudieran servir también para reforzar las cohesiones internas de las macrorregiones, y dotarlas así de poderes políticos y estratégicos necesarios para la definición de una actitud común, "cara a cara", entre los miembros. En todo caso, la reconfiguración de las relaciones no podrá ser efectiva sin recurrir a la teoría de los Grandes Espacios enunciada por Carl Schmitt.
6 - EL FUTURO "NOMOS" DE LA TIERRA
En 1951, en plena "época caliente" de la guerra fría, el jurista y politólogo alemán Carl Schmitt juzgaba imposible la extensión de un único sistema político, económico y social a la totalidad de la superficie terrestre. Contra el universalismo de la "ilusión tecnoindustrial del mundo" que sostenían tanto los marxistas como los liberales, Schmitt anunciaba la posibilidad de un "nuevo pluralismo" sucesor de la bipolaridad Este/Oeste. El futuro "nomos" de la Tierra estaría fundado sobre la coexistencia de una pluralidad de entidades "portadoras de un orden autónomo": los "Grandes Espacios". Carl Schmitt entendía el término "nomos" la ordenación política, social y económica del mundo ("nomos", en griego, significa "organizaciòn") (19).
El texto que hemos traído a citación es un condensado de los trabajos geopolíticos a los que se consagró Carl Schmitt a partir de 1936. En concreto, exponemos aquí la tesis central de una conferencia pronunciada en 1939, donde se condena el universalismo de las concepciones político-jurídicas americanas, el "one-worldism" iniciado por Thomas W. Wilson para legitimar un "sistema de injerencia generalizada". Estas nuevas concepciones suponían, para Carl Schmitt una ruptura con el espíritu de la doctrina Monroe. Enfrentado a las amenazas de intervención de la Santa Alianza en Iberoamérica y a los ardides rusos en el Norte de California, el Presidente de los Estados Unidos James Monroe dio a conocer en 1823 una doctrina que se oponía a la injerencia de las potencias europeas en los aconteceres del Nuevo Mundo, pero que también se oponía a la injerencia americana en los problemas del continente europeo. En sustancia, América para los americanos. Jugando con el principio de injerencia conforme a la razón política, C. Schmitt proponía la definición de un nuevo "nomos" fundado sobre el equilibrio entre Grandes Espacios, adoptando cada uno de ellos su propia doctrina Monroe (20).
Pero resta precisar qué es un Gran Espacio. Carl Schmitt nombra de este modo a las grandes unidades de "sentido" y de poder que él observa en emergencia. Particularmente estructurados por una o más potencias directrices y económicamente autocentrados, su estatura y su zona de influencia se extiende por encima de los límites de un Estado-Nación. Un Gran Espacio sería un bloque de naciones reagrupadas sobre bases geográficas, históricas, culturales y económicas y dotado de capacidades políticas y estratégicas. Los Estados-Nación no esperarán que la masa crítica exija la extensión de sus horizontes (no hay más que ver la planetarización del conflicto de 1914-1918, o la rapidez con la cual la crisis americana de 1929 atravesó el Atlántico), pues sólo los Grandes Espacios serán capaces de ejercer con eficacia la completa soberanía.
Evidentemente, la teoría schmittiana del Gran Espacio goza hoy de plena actualidad, hasta trastornar a los nuevos actores del sistema mundial, sumisos a la servidumbre de los mercados financieros, pues el Estado-Nación se revela incapaz de imponer una lógica político-territorial a los múltiples flujos que atraviesan sus fronteras y dislocan las comunidades humanas más enraizadas. Incapaz ya de asegurar la seguridad interna y externa de los ciudadanos, esta forma política está viendo cuestionada su legitimidad: "Quien no tiene poder para proteger a otro -escribe Carl Schmitt-, no tiene el derecho de exigir su obediencia".
La globalización de las relaciones internacionales impone nuevas formas políticas. Los mundialistas sueñan con la constitución de un gobierno mundial, sueño que cada día se evidencia más como una quimera. Mezcla de culturas, de pueblos y de etnias diferenciadas, la humanidad no es una unidad de pensamiento, de concepción ni de acción susceptible de dar nacimiento a una república universal cualquiera. Cuando la "comunidad internacional" nos invoca para este propósito, Julien Freund la compara a "una especie de mercadillo de moral, de política, de derecho, de economía, de historia y de filosofía de la historia que no puede ocular lo vago de esta definición" (21). Ningún centro de poder es poseedor pleno ni de la voluntad ni de los medios para imponer un orden universal. En una palabra, el mundo es un "pluriversum" (C. Schmitt), una pluraridad de colectividades particulares e independientes.
Entre lo nacional y lo mundial, queda la región. Es sobre el hecho regional donde se estructuran las nuevas territorialidades económicas; y es también sobre este hecho como, según Thierry de Montbrial, "nuevas unidades políticas están a punto de nacer, paridas desde el Estado-Nación, tal como éste emergió lentamente, durante la Edad Media, del orden señorial" (22). Las regiones planetarias, aún las más inciertas, deben considerarse como el núcleo de los futuros Grandes Espacios (aún cuando el Gran Espacio Americano se nos figura más bien, por el momento, incluido en el cuadro de la política-ficción). La integración política del Asia Oriental se evidencia por la salvaguardia de sus propios intereses; la Unión Europea, si consiguiera fijarse objetivos posibles, devendría en una entidad política de derecho completo.
TERCERA PARTE
LOS FUNDAMENTOS DEL GRAN ESPACIO EUROPEO
7 - UN ESPACIO A DELIMITAR
Sin límites, un espacio político no puede existir; la lógica política es una lógica de enraizamiento territorial, de fronteras que delimitan el campo del ejercicio de la soberanía. El futuro Gran Espacio Europeo (GEE) deberá estar necesariamente limitado, lo que implica una reflexión previa sobre esos límites.
Una rápida retrospectiva sobre las realizaciones y los proyectos pasados, en materia de unidad continental, muestra de qué manera los límites de lo que ha sido considerado "europeo" han fluctuado en el curso de los siglos. Del Imperio Carolingio, centrado sobre el Occidente latino, hasta la visión gaullista de una Europa abarcando del Atlántico a los Urales, las claves geográficas, evidentemente, han cambiado, sin hablar por la Europa soñada por Napoleón "desde las Columnas de Hércules hasta Kamtchatka". El recuento de las organizaciones europeas existentes en la actualidad no ofrece una imagen instructiva -la Unión Europea, el Consejo de Europa, que incluye a Rusia, y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, que se extiende desde San Francisco hasta Vladivostok-; pero la evidencia es que los límites de Europa son los que son (23).
Estos límites son los que observan las perspectivas abiertas por la Unión Europea en la cumbre de Essen del 9 y 10 de diciembre de 1994, donde se habló del futuro de una Unión en expansión hacia los países del llamado "grupo de Visegard" (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia) en una primera fase, hacia Bulgaria y Rumanía en la segunda, y hacia los Estados Bálticos (Lituania, Letonia y Estonia), Eslovenia, Malta y Chipre en una tercera. Al final, la Unión Europea considera incluso la inclusión de Rusia/CEI. Estos proyectos, como se ve, son muy ambiciosos, y se puede dudar seriamente de la capacidad de los "eurócratas" para llevarlos a buen fin; aunque, igualmente, esa capacidad tampoco debería ser subestimada. Pero no cabe dudar de que los dirigentes de la Unión Europea sí tienen en mente los límites geográficos precisos de Europa, así como de la identidad de los candidatos. Es cierto que el tratado de Maastricht -como el de Roma- no define qué cosa es ser "europeo", y cuando los tecnócratas se aventuran a una tal definición, suelen limitarse a las llamadas "cuatro D" (democracia, desarrollo, diálogo, derechos humanos), y es en base a estas "cuatro D" que se han rechazado algunas proposiciones de adhesión foráneas y exóticas, como es el caso de Marruecos, de Turquía y de Israel, Estados que gozan del "status" de naciones asociadas e. incluso (caso de Turquía), de unión aduanera. Rusia, en la mente de todos, es un caso especial, ya que los rusos son étnicamente europeos. Todos estos casos exigen una delimitación precisa de las fronteras del futuro GEE.
Al Norte y al Oeste, las fronteras del continente europeo encuentran su "limes" evidente en los océanos Ártico y Atlántico. En el Sur, a despecho del lirismo mediterráneo, es evidente que, tras las conquistas árabes del Medievo, el "Mar Blanco" (nombre árabe del Mediterráneo) alberga en sus orillas Norte y Sur dos tipos diferentes de civilización. Esta es también la razón principal para descalificar la candidatura turca al ingreso en la Unión Europea. Al Este, por contra, los límites que separan Europa y Asia son menos evidentes. Tras el Golfo de Finlandia-Mar de Azov, la península europea se funde con las inmensidades de la planicie norasiática; el espacio se abre y las fronteras del viejo continente fluctúan al ritmo de los movimientos de los pueblos y de las corrientes de civilización. Así, tuvimos en su tiempo a la Rusia de Kiev (siglos IX al XII) edificada como avanzadilla europea sobre el eje del Báltico al Mar Negro (recordemos que en el año 1044 el Gran Duque Iaroslav envió en matrimonia a una de sus hijas a Enrique I de Francia); pero las invasiones mongolas del siglo XIII cambiaron las cartas. Moscú cayó en el 1238, Kiev resistió hasta el 1240 y, por largos años, Asia se extendió desde Chipre hasta el Dnieper. En el siglo XVI, tras la toma de Kazán (1551) y de Astrakán (1556), Iván el Terrible extiende la "ecumene" europea por todo el Volga. Moscú deviene uno de los polos espirituales de nuestra civilización. En el siglo XVIII, tras nuevas victorias, el geógrafo oficial de la corte de Pedro el Grande, Tatichtchev, sitúa en los Urales el límite geográfico entre Europa y Asia. estas modestas montañas, fácilmente franqueables, no significan nada en realidad que no sea un simple convencionalismo: después de la aventura de los cosacos de Yermak, en el siglo VXII, Rusia tomó posesión de las inmensidades siberianas y Europa, en tanto que civilización, se extendió, de hecho, desde el Atlántico hasta el Pacífico (24).
Pero, en contacto con la áreas turco-musulmana y confuciana, Rusia y sus "parientes extraños" (los otros miembros de la CEI) constituyen en la práctica un sistema geopolítico diferenciado. Por citar a catalina II, Rusia no es un país, es un universo. Su integración en la Unión Europea supondría, "de facto", la construcción de un espacio desproporcionadamente frágil en su tremenda grandeza. hacia el Este, las fronteras de nuestra civilización y las del GEE no han coincidido. Los europeos de aquí y de allá son conscientes de este hecho, así como también son conscientes de que su futura colaboración es indispensable para el equilibrio tanto euroasiático como mundial.
8 - UN ESPACIO A DAR FORMA
En el capítulo precedente hemos mostrado que el territorio del GEE será el de la actual Unión Europea extendido hacia los Estados de la Europa central y oriental, con la exclusión de los miembros de la CEI. Ahora debemos abordar el modo de organización de esta nueva potencia espacial.
La cuestión de la forma política del conjunto europeo sigue siendo, después de medio siglo, objeto de debate. Cuando, en 1951, Francia, la República Federal Alemana, Italia y el Benelux firmaron el tratado de París que daba nacimiento a la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), ya se pusieron los cimientos de una Europa federal. Tres años más tarde, la entrada de Francia en la Comunidad Europea de Defensa (CED), significaba la aceptación de las estructuras supranacionales por parte del país galo. Los europeistas se orientaron en un principio hacia objetivos más bien modestos: la constitución de un espacio europeo, puesto en marcha el 25 de marzo de 1957. Las instituciones de la CEE son de inspiración confederal: cada Estado miembro conserva su derecho de veto y conserva su propia soberanía. Las ambigüedades del derecho de veto se confirmaron en el compromiso de Luxemburgo (1966), cuando De Gaulle impuso su visión de una "Europa de las patrias" (al mismo tiempo que hablaba de la "Europa de los Estados").
El debate entre las tendencias de una Europa federal dotada de una autoridad supranacional y los partidarios de una confederación fundada en la soberanía de sus diferentes componentes, fue particularmente intenso durante la década de 1990, y su resultado fue la firma del tratado de Maastricht. Los debates relativos a la ratificación del tratado de Maastricht ha mostrado que las fuerzas identitarias prefieren una organización confederal de Europa, considerando a la nación como un hecho elemental de la existencia humana -el politólogo alemán Bernard Willms ve en ella un "imperativo categórico"- y, desde su punto de vista, la promoción de cualquier otra forma de reagrupación política atenta contra la soberanía de sus componentes (25). Señalemos, no obstante, que la forma confederal, históricamente transitoria, no implica ningún contenido constitucional preciso, pero sí supone la negación de las capacidades político-estratégicas reales. la idea confederal no lleva consigo la idea de un Gran Espacio Continental.
La opción federal apenas es más satisfactoria. Si nos atenemos a la definición más general de lo que se entiende por federación -"modo de agrupación de colectividades políticas que tienden a acrecentar su solidaridad, perpetuando cada una de ellas su particularismo" (Pequeño Larousse Ilustrado, 1994)-, el GEE será, más que otra cosa, una federación. No es posible hacer un "impasse" sobre la extensión histórica de las naciones europeas. Francia y Alemania, por ceñirnos a dos ejemplos concretos, difícilmente podrían tener un "status" comparable al de Texas en el seno de los Estados Unidos. Hay que señalar, por otra parte, que el federalismo en el sentido más estricto del término no puede funcionar de manera satisfactoria mas que aplicado a los cuerpos orgánicos de la nación. Podemos alabar la flexibilidad y la solidez de las instituciones alemanas, pero Alemania sigue siendo una nación integrada en una comunidad de naciones. l federalismo "real" es una modalidad constitucional del Estado-Nación; el futuro GEE sólo podrá tener la forma de un Superestado.
Así lo han mostrado Carl Schmitt y Julien Freund: el Estado y la política no deben ser confundidos. La política es una esencia, es decir, una actividad humana fiadora de un don de base: la conflictualidad. Su objetivo es asegurar la concordia interior y la seguridad exterior de las "polis" (de las unidades políticas). Nacido en los comienzos de los Tiempos Modernos, El Estado-Nación es una de las manifestaciones históricas de la política. Sus contornos distintivos son evidentes: centralización de poderes, homogeneización cultural y jurídica del territorio tomado en custodia, reducción de los cuerpos intermediarios. Evidentemente, esta forma política está inadaptada a la diversidad y a la complejidad del continente.
En su infinita riqueza, la tradición política europea nos ha propuesto, fundamentalmente, tres tipos de "polis": la Ciudad, El Estado (realista o nacional) y el Imperio. Los dos primeros modelos convienen a los espacios más o menos restringidos, y es por ello por lo cual la idea de "Imperio" merece nuestra actual atención. Generalmente entendida en los tiempos presentes como una variante del despotismo asiático, la concepción imperial es poseedora de unas connotaciones precisas como objeto de estudio en el campo de la filosofía política: el Imperio es un tipo de unidad política que asocia a las etnias, los pueblos y las naciones más diversas, reunidas alrededor de un principio de soberanía de carácter moral. Respetuoso de las identidades, el Imperio está animado por una soberanía fundada en las alianzas antes que en el control territorial directo, Fundar un Imperio, se ha dicho, es circunscribir un mundo. Generalmente coincidente con un área cultural, el Imperio es, efectivamente, la expresión política institucional del "patriotismo de civilización" (J. Evola). Así es como fue definido en una proposición no-oficial presentada en la conferencia intergubernamental de 1996, conferencia presentada como un foro de debate sobre la reforma de las instituciones europeas (26).
9 - UN ESPACIO A DEFENDER
La política tiene por función el asegurar, en la vida, la seguridad interna y externa de las colectividades humanas. El GEE comporta necesariamente, por tanto, una dimensión estratégica; para hablar sin ambigüedades: es nuestro deber el asegurar la defensa del continente europeo.
En materia de seguridad, el espacio europeo está cubierto por un número de instituciones de las cuales las más importantes son la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), la Alianza Atlántica y sus diferentes emanaciones, la Unión Europea Occidental (UEO) y la Comunidad de Estados Independientes (CEI).
La CSCE, que vio reconocido su estatuto ontológico el 3 de julio de 1973 en Helsinki, agrupaba entonces a la totalidad de los Estados europeos -con la excepción de Albania-, los Estados Unidos y Canadá. La conferencia es, en sí, una especie de código de conducta sobre problemas de seguridad. La última reunión de la CSCE puso el punto final oficial a la guerra fría, tras la firma de la carta de parís del 21 de noviembre de 1990. Hoy, la CSCE abarca 52 miembros entre los que se incluyen los Estados nacidos de la disolución de la URSS, de Yugoslavia y de Checoslovaquia; también se ha incorporado Albania y ha sido excluida la nueva Yugoslavia (Serbia y Montenegro). La conferencia de Budapest del 5 y 6 de diciembre de 1994 convirtió a la CSCE en una verdadera organización regional: la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE). A menos que los principales Estados miembros no se contenten con un simple cambio de siglas, la OSCE debería asegurar la seguridad colectiva de un espacio que incluye a San Francisco y Vancouver.
La Alianza Atlántica nació el 4 de abril de 1949 como respuesta al expansionismo soviético. Inicialmente sometida a competencias limitadas, se dotó, durante la guerra de Corea (1950-1953) de una organización militar integrada, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Tras la clausura oficial de la guerra fría y la disolución del Pacto de Varsovia y el CAEM, el secretario de Estado de los USA, James Baker, lanzó el tema de un "nuevo atlantismo", traducido en los hechos de la creación de un Consejo de Cooperación Noratlántica (COCONA) en 1991 y en la puesta en marcha de una ampliación de la Alianza hacia la Europa central y oriental. Otra Alianza defensiva, pero exclusivamente europea, es la Unión Europea Occidental (UEO), ratificada el 29 de octubre de 1954 en París. La existencia de la OTAN ha sustraído a esta alianza de toda sustancia y de cualquier poder efectivo.
Producto de la postguerra fría, la Comunidad de Estados Independientes fue creada en Minsk el 8 de diciembre de 1991, al poco tiempo de la defunción oficial de la URSS, entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia. La CEI se extendió rápidamente por la totalidad del espacio ex-soviético con la excepción de los Estados Bálticos. La CEI no es un pacto de seguridad colectiva, pues todos los miembros reconocen de forma explícita o implícita la primacía estratégica de Rusia, aunque Boris Yeltsin y Bill Clinton reconocen entre ellos un derecho de intervención recíproca en sus áreas de influencia propias.
El hecho de recordar que la Unión Europea habla explícitamente de una vocación de seguridad común (tratado de Maastricht, título V, art. 11), nos retrotrae a la UEO como su lógico brazo secular efectivo, pero la confusión institucional, se ha visto, es densa, y abarca diferentes instancias, lo que hace de la seguridad colectiva europea, hoy por hoy, un entramado dirigido y gobernado, "de facto" por la OTAN, que es tanto como decir por los Estados Unidos, una potencia extraeuropea. Por lo tanto, desde una posición europea, es hacia la OSCE hacia donde deben dirigirse nuestras miradas, pues allí donde los Estados miembros poseen un margen real de maniobra, sin contar que la OSCE sí reconoce la potencia de Rusia y de sus "parientes extraños" coligados, potencia absurda y peligrosamente ignorada por la OTAN. La OSCE, por tanto, debe ser reforzada con la intención de crear un Comité Ejecutivo capaz de desarrollar un sistema de seguridad colectiva exclusivamente europeo.
La defensa colectiva de Europa nos ofrece, hoy, la alternativa entre la OTAN y la UEO. La OTAN, fue concebida exclusivamente para responder a una amenaza masiva e instantánea de las fuerzas armadas del Bloque Soviético, estacionadas "a dos jornadas del Tour de Francia". Esta amenaza hoy no existe, lo cual, para el que quiera entender, significa que la OTAN carece de toda legitimación en la actualidad; de hecho, la OTAN se nos revela como el instrumento de la voluntad de los Estados Unidos para perpetuar su hegemonía en Europa e impedir la emergencia de un nuevo polo de poder. Por lo tanto, a efectos del bien europeo, la OTAN debe desaparecer en beneficio de la UEO. Después de mayo de 1994, los países asociados a la UEO, (los llamados "PECOS", países de la Europa central y oriental) plantean la posibilidad de un reforzamiento de su rol operacional en "una defensa europea para Europa", felicitando a las naciones que, como Francia y Alemania, han creado una serie de "eurocuerpos" militares especiales de intervención rápida y un centro de estudio para la formación de un plan global de satélites militares. El objetivo último debiera ser el poner a disposición de la UEO las unidades hoy bajo el mando de la OTAN; pero actualmente, a la inversa, la estrategia del "doble casco" está concebida para que la OTAN, de hecho, pueda disponer de las fuerzas de la UEO.
CONCLUSIÓN
La mundialización evidente en todos los órdenes, acelerada por el fin de los enfrentamientos Este/Oeste, es característica fundamental de los últimos años. Como reacción, nuevos poderes y alianzas recorren la Tierra reestructurando el espacio mundial. La emergencia y la estructuración de regiones planetarias, la generalización de las interacciones, los efectos de sistemas inducidos, son, hoy, incontrolables. Como consecuencia de esta recomposición, las señales ideológicas y los espacios heredados de las configuraciones internacionales precedentes corren peligro de caducidad.
Los análisis y representaciones geopolíticas que integran las nuevas y múltiples cartas del mundo son indispensables para la formación de un pensamiento mundial europeo inspirado en una doctrina y en una política que, en palabras de Jean Parvulesco, podríamos calificar de "grangaullista". Tal empresa debiera tener por objetivo la estructuración de un Gran Espacio Europeo. No pensamos en una simple zona del mundo falsamente llamado occidental, sino en una unidad de sentido y de potencia económicamente autocentrada, capaz de dar una nueva forma a la "civilidad" europea. los tiempos son propicios: el ciclo abierto por la conferencias de Versalles y Yalta han concluido, y a partir de aquí y ahora todo puede ser posible. De una unidad ecuménica funcional, Europa debe devenir en una entidad legítima y soberana.
ANEXO I
¿POR QUÉ LA CEI?
Continuadora de la extinta URSS, la CEI nace en Minsk el 8 de diciembre de 1991. Federación iniciada por Rusia, Ucrania y Bielorrusia, el 21 del mismo mes recibe la solicitud de integración del resto de las antiguas repúblicas soviéticas del Asia central. La CEI puede considerarse, desde esta perspectiva, como una especie de "commonwealth" euroasiática impuesta por dos factores fundamentales: los 30 millones de ciudadanos rusos dispersos por todos los territorios de la extinta URSS y la interdependencia económica heredada de la división territorial del trabajo de la era socialista; al margen de los presupuestos intereses comunes de seguridad.
El año 1993 vio el triunfo de los factores centrípetos sobre las fuerzas de la desintegración. Mientras el 22 de enero se firmaba el tratado económico, el mismo día la división 241 del antiguo ejército rojo tomaba posiciones en la meseta del Pamir para preservar al Tadjikistán de la amenaza del caos reinante en Afganistán; Moscú vuelve a tomar carta en los conflictos transcaucásicos, obligando al Azerbaidján y a Moldavia a confirmar su adhesión a la nueva unión. Solamente los Países Bálticos rehusan su entrada en la "commonwealth", puestas sus esperanzas en una futura incorporación a la Unión Europea.
Con todo, la nueva CEI nace absorvida por mil problemas: los conflictos entre las naciones hermanas de Rusia y Ucrania por el control de la flota del Mar Negro; la desnuclearización de la misma Ucrania y el conflicto suscitado por la posesión de Crimea. En el Kazakhstán, el presidente Nursultan Nazaraev pone su esperanza en provocar la injerencia rusa en su propia nación para evitar la intromisión china; Nazarbaev ha propuesto la formación de una "Unión Euroasiática" dotada de una moneda única y de un gobierno integrado.
Reunidos en Alma Ata, en febrero de 1995, los Estados de la CEI aprobaron un proyecto común de integración militar y de defensa aérea. Por ahora, la unión económica se limita a la gestión de las interdependencias heredadas. La diplomacia paralela de las empresas transnacionales y el dinamismo económico del Asia del Pacífico, con la práctica del "divide y vencerás", tienden, por el contrario, a fortalecer la política del "cada uno para sí": las regiones mineras siberianas y el Extremo Oriente ruso dan cuenta de ello (27).
Dentro de la CEI, con sus 16 millones de kilómetros cuadrados y sus 150 millones de habitantes, sus recursos naturales y su inmensa potencia militar, Rusia no tiene dificultades para afirmar su soberanía estratégica. Algún que otro Estado de la CEI tiene sus propios problemas fronterizos y, en consecuencia, el ejército ex-rojo conserva sus posiciones allende los límites rusos. La doctrina Monroe rusa es hoy una realidad (28). Esto es lo esencial.
La estructuración de la CEI no afecta en nada a los intereses de las naciones europeas. Rusia "cubre" las riquezas naturales de Siberia que los capitalistas americanos y extremorientales podrían de otra forma interferir y que son capitales para Europa. Se sabe que el geopolítico británico McKinder colocó en Siberia el "Heartland" (el "corazón del mundo"), cuya posesión determina el control estratégico del planeta. su famoso teorema -"Quien controla el Corazón del Mundo controla la Isla Mundial (las dos Américas), quien controla la Isla Mundial controla en Mundo"-, seguramente, es una simplificación, pero lo cierto es que Siberia, sobre el plan geoestratégico, es una de las zonas-clave del Globo: la posesión de Siberia permite el control del cielo del planeta, en concreto de todos los movimientos aéreos del Ártico y el Pacífico. La existencia de la CEI es también un aliciente y a la vez una contención para la constitución de un nuevo polo islámico capaz de aglutinar los elementos árabe-sunnita e iraní-chiíta. Podrá objetarse que el sueño panturánico murió con Enver Pachá; podrá objetarse que Kemal Ataturk hizo de Turquía un Estado laico, pero son muy pocos los que conocen estas palabras del propio Ataturk: "Un día, el mundo verá resurgir en Imperio Invisible del lobo gris" (29). Esta geopolítica panturca revela los sueños nunca olvidados en Ankara de conectar el Asia central, a través del Cáucaso, con Chipre y Bosnia; hablamos de un activismo diplomático que cuenta con la bendición de los USA; y la CEI, hoy por hoy, es su contenedor natural.
ANEXO II
POR UN NUEVO "REGNUM FRANCORUM"
Después de las guerras napoleónicas, Francia dejó de disponer de la masa crítica necesaria para ejercer una influencia decisiva a los grandes equilibrios mundiales. Así, desde 1870 hasta 1945, su política exterior se fijó como objetivo la búsqueda de aliados con los cuales hacer frente común contra Alemania. Hoy, el universalismo difundido por las élites dirigentes francesas ("Francia, país de los derechos humanos") no puede disimular la insuficiencia de las capacidades demográficas, económicas y militares nacionales. No obstante, Francia conserva la posibilidad de elegir sus aliados privilegiados y, en cierta forma, dirigir la "unión latina" de la CEE (30), con alternancias entre la alianza franco-americana o el eje franco-alemán.
Potencia marítima por excelencia, los Estados Unidos necesitan para desarrollar su política exterior de Estados-posada en las franjas marítimas de Eurasia (el "Rimland" del geopolítico Nicholas J. Spykman). En Europa, Gran Bretaña, durante largo tiempo, cumplió esta función, aunque las "relaciones especiales" entre las dos naciones anglosajonas no siempre fueron las ideales.
En Francia, algunos se sienten tentados hacia una participación activa en lo que vagamente podríamos llamar una "confederación occidental" animada por los Estados Unidos. esta es la explicación más coherente para interpretar la multiplicación de las intervenciones militares y humanitarias en todo el mundo durante los últimos años. Los resultados de esta estrategia de acción exterior necesariamente subordinada a la de los Estados Unidos, aún cuando las fuerzas francesas de intervención rápida estén preparadas para intervenir a 5.000 kilómetros de sus bases, son más bien modestos. En el Medio oriente, por ejemplo, durante la guerra del Golfo, Washington forzó la intervención de París. En Bosnia, en un teatro de operaciones muy cercano, toda Europa hubo de plegarse a la política americana. De hecho, este intervencionismo en todos los "azimuts" tiene por objetivo imponer una presencia más psíquica que física, y ante el empuje cultural y financiero que América despliega siempre tras sus ofensivas militares, Europa aún no ha reaccionado de forma alguna. El sistema mundial está abierto a todas las morfogénesis posibles, pero es ridículo no reconocer la posición real de Francia en el conjunto mundial.
Es conveniente, por tanto, definir un proyecto político adaptado al mundo al mundo que se nos viene. Por lo tanto, los hechos diplomáticos y estratégicos debieran privilegiar los tres perímetros siguientes: lo que somos ("... ante todo, un pueblo europeo de raza blanca, cultura griega y latina y religión cristiana", como nos definió Charles De Gaulle); las evoluciones geopolíticas en curso (las relaciones internacionales se organizan hoy en tres macrorregiones: Norteamérica, Asia Oriental y Europa Occidental); el margen de maniobra diplomática y estratégica que realmente poseemos (no más allá de un radio de 1.500 a 2.000 kilómetros de nuestras fronteras, en dirección al área mediterránea). Todo ello nos indica que nuestra preferencia debiera situarse ante Europa antes que el mundo entero, es decir, debiéramos reforzar nuestra presencia diplomática y estratégica en el continente contribuyendo de manera privilegiada a su seguridad y estabilidad. Como dijo François M. Herrand: "Francia es nuestra patria, Europa es nuestro destino".
Por lo tanto, no podemos continuar el "impasse" sobre las dificultades de la Unión Europea: crisis monetarias recurrentes y debilitación económica, incapacidad de definir nuestros intereses comunes, atlantismo imperante de las naciones marítimas (Gran Bretaña, Países Bajos y Dinamarca). Como si fuese el último acto de la política de "containment" definida en 1947 por Harry Truman, el tratado de Maastricht ha puesto en acción un cuadro institucional complejo y tecnocrático inadaptado a la lógica graneuropea. El recurso a la "geometría variable" se impone en una "Europa a la carta" llamada a ensanchar sus fronteras pero que en realidad se limita a una zona de libre cambio abierta a todas las empresas pero decapitada en sus capacidades políticas y estratégicas, en total ausencia de un "núcleo europeo".
La "guerra de los 30 años del siglo XX" ha sido la consecuencia lejana de la partición, en el 843 d.C., del Imperio franco que agrupaba a todos nuestros pueblos, ese "país troncal de la península europea" que es el conjunto francoalemán. Esta idea no es, evidentemente, nueva. En su tiempo, Victor Hugo celebraba los méritos de una cooperación entre "la Francia, cabeza de Europa, y la Alemania, corazón de Europa"; y al término de la última guerra civil europea De Gaulle proclamó la necesidad de un acuerdo "entre germanos y galos". Tras el tratado del Elyseo del 22 de enero de 1963, con sus horas altas y bajas, la cooperación francoalemana es una realidad perenne.
Este hecho toma nuevos significados tras la liquidación del sistema mundial Este/Oeste y la consiguiente reunificación alemana. La nueva Alemania, nadie lo puede dudar, forma un conjunto político-estratégico plenamente soberano. Principal potencia económica y financiera de Europa, Alemania está en fase de recobrar sus capacidades militares. Pero sola, Alemania tiene un peso específico diminuto en el conjunto mundial. En términos económicos, apenas representa el 45% del producto interior bruto japonés. En un mundo donde la conflictualidad se basa en las resoluciones rápidas, sus ejércitos no poseen armamento nuclear. Los Estados Unidos, por otra parte, son muy conscientes de las capacidades y limitaciones de esta nueva Alemania, y la intervención en Bosnia puede también explicarse como el aviso americano de hacer prevalecer sus intereses en tanto que jefes efectivos y soberanos de la Alemania atlantista.
En la otra orilla del Rhin se encuentra Francia, el único centro de decisión nuclear del continente al margen de Rusia; un país que encuentra grandes problemas para redefinirse en el mundo, pero que es excedente en sectores de carácter estratégico (aeronáutica, cohetes espaciales...). Entre Francia y Alemania, por lo tanto, debe negociarse un nuevo tratado del Elyseo, un tratado que integre los nuevos reequilibrios e instituya una nueva unidad de sentido y de poder. Hablamos de un nuevo "Regnum Francorum" (31). en el sentido de dos naciones que conjuguen sus fuerzas en una unión capaz de conducir una gran política continental. A partir de sus tradiciones políticas respectivas -cultura de estado, en el sentido romano del término, en Francia, cultura de la subsidariedad en Alemania- podríamos poner los pilares para la definición del zócalo conceptual de Europa, una Europa capaz de ser respetuosa con sus entidades constitutivas y a la vez tomar decisiones políticas y señalar al enemigo, de definir sus fronteras y aceptar plenamente su posición de poder. Este proyecto, que podemos calificar de "carolingio", no sería sino el preámbulo del renacimiento de la nueva Francia, un renacimiento que no sería otra cosa que la plena toma de conciencia de nuestro ser en la ecumene europea.
NOTAS
1) Cfr. F, Fukuyama, "La fin de l´historie et le derniere homme", París, Flammarion 1992.
2) El último ciclo de las negociaciones comerciales multilaterales del GATT (General Agreement on Tarifs and Trade), la llamada "Ronda de Uruguay", nos sirve de revelación. Concluido finalmente en 1993 y ratificado el 15 de abril de 1994 en Marrakech, el acuerdo del GATT ha dado nacimiento a la Organización Mundial de Comercio (OMC). Verdadera institución internacional, y no un simple código de conducta como lo era el GATT, dotada de instancias propias de poder, la OMC es un paso más para sustituir el reino del derecho por la brutalidad del beneficio puro y duro. Antes de ratificar el acta final de la "Ronda de Uruguay", el presidente republicano del Congreso de los Estados Unidos, Robert Dole, impuso a Bill Clinton la creación de un "comité de sabios", compuesto por antiguos jefes federales, encargado de examinar en profundidad el papel del acta de la OMC: si en el curso de los siguientes cinco años tres de los jueces lo declarasen contrario a "los intereses americanos", el Congreso exigirá la retractación pura y simple de los Estados Unidos al acuerdo firmado. La OMC es deudora de la vieja idea según la cual "el comercio civiliza y dulcifica las costumbres bárbaras" (Montesquieu, "El espíritu de las leyes", 1749).
3) Durante el siglo XX, la política exterior norteamericana ha pasado del aislacionismo de la "edad clásica", fundado sobre la pretensión de la "superioridad moral" (el "excepcionalismo" americano), al "internacionalismo" político que impone la presencia de los USA en el mundo. Desde entonces, el objetivo de los Estados Unidos es el de "moralizar" (en el sentido calvinista) el mundo corrompido del cual evitaba todo contacto en el pasado. Sobre las dudas de la política exterior norteamericana entre estas dos opciones, cfr. Bernard Boëne, "La stratégie générale des Etats-Unis ou le jeu sans fin de l´idéologie et du réalisme", en Strategique nº 39. Fondation des études de défense nationale, 1988. Autor de "El fin de la inocencia" (Armand Colin, 1985), Denise Artaud muestra que el pretendido aislacionismo de los USA durante el período de entreguerras no fue sino una ficción. Washington prefería, simplemente, recurrir a medios de control indirectos: diplomacia privada económica y financiera, manipulación de los Estados-clientes miembros de la Sociedad de Naciones. Según Bruno Colson, el intervencionismo práctico y selectivo es el nuevo concepto unificador de la política exterior americana; es la respuesta al dilema aislacionismo/intervencionismo. Cfr. Bruno Colson, "Concepts américain pour l´aprés-guerre froide", en Strategique nº 57.
4) Cfr. el dossier del nº 13 de la revista "Relations Internationales et stratégiques": "Fracture nationales et regionales dans le monde occidental", primavera de 1994.
5) Cfr. "Le Libre Blanc de la Defense", Documentation Française, 1994.
6) Sobre la utilización geográfica de la noción de sistema, cfr. Olivier Dollfus, "Le Sistéme Monde", libro 2º del tomo II de la "Geographie Universelle" del Dr. Roger brunet, Hachette, 1991.
7) Cfr. Regis Debray, "A demain De Gaulle", de. Gallimard 1990.
8) Este capítulo reproduce la tesis desarrollada por Zaki Laïdi en "Un monde privé de sens", Fayard, 1994.
9) El autor hace aquí un juego de palabras difícilmente traducible al castellano (N del T). Cfr. Zaik Laïdi, op. cit.
10) Idem
11) Los Estados fundadores de la CEE fueron Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, Holanda y la República Federal Alemana. En 1973 se unieron Dinamarca, Gran Bretaña e Irlanda. En 1980 llegó el turno de Grecia; en 1986 España y Portugal. El 1995 entraron a formar parte de la Unión Austria, Finlandia y Suecia.
12) Sobre este punto, cfr. Louis Sorel, "La nouvelle géopolitique américaine: de l´ALENA a la stratégie du homard", en Vouloir nº 97, invierno 1995.
13) El ANSEA (firmado en Yakarta, Indonesia) comprende a los Estados de Brunei, la Federación Malaya, Singapur, Tailandia y después de 1995, Vietnam. Creado inicialmente para contrarrestar los avances del comunismo en la zona -recordemos que en 1967 la guerra de Vietnam se encontraba en su punto más álgido-, el ANSEA se ha encontrado ante la aparente paradoja de incluir entre sus miembros al Vietnam de la postguerra fría. Su intención es la constitución de una zona de libre cambio (preparada para el 2.000) y de un foro de debate sobre cuestiones de seguridad común. La integración económica del área del ANSEA progresa a grandes pasos -el comercio crece en proporción aritmética un 40% al año, con más de 420 millones de consumidores potenciales. Nadie duda que el Asia Suroriental es un gigantesco mercado emergente-, pero el proyecto de zona de libre cambio navega sobre la heterogeneidad económica de los Estados miembros. Sobre el plano de la seguridad, los cinco países de Asia Suroriental firmaron, el 15 de diciembre de 1995 en Bangkok, un tratado de desnuclearización regional. En ese cuadro de conflicto-cooperación que caracteriza las relaciones chino-japonesas, los países del ANSEA constituyen una golosina para cualquiera de los dos gigantes. Dos escenarios pueden entreverse. Primer escenario: Den Xiao Ping muerto, sus sucesores solucionan los desequilibrios del "Imperio del Medio" mediante una política exterior agresiva. Los Estados miembros del ANSEA se reagrupan en torno al Japón, deseoso de organizar y liderar la "contención" de China. Segundo escenario: las economías emergentes del ANSEA se muestran competitivas para con el Japón. El "Imperio del Sol naciente" se cierra a sus productos y renueva sus alianzas con los Estados Unidos. El clima entre los viejos países industriales, atacados en el corazón de sus "status quo", y los nuevos poderes económicos, con sus comportamientos perturbadores, se verá cada vez más enrarecido.
14) Los países miembros del APEC son Australia, Brunei, Canadá, Chile, China, Corea del Sur, Estados Unidos, la Federación Malaya, Hong-Kong, Indonesia, Japón, México, Nueva Zelanda, Paupasia-Nueva Guinea, Filipinas, Singapur, Taiwan y Tailandia. Los 18 países se reunieron en Osaka entre el 16 y el 19 de noviembre de 1995. esta reunión confirma la emergencia de la APEC y el compromiso entre las tesis liberales americanas y las tentaciones proteccionistas de los Estados asiáticos, especialmente difíciles en el Japón. la creación de una zona de libre cambio transpacífica está prevista para las calendas griegas, pues Washington otorga absoluta prioridad a su relanzado proyecto de una zona de libre cambio transatlántica. Con este fin, el secretario de comercio norteamericano, Ronald Brown, reunió en noviembre de 1995, en Sevilla, a un centenar de jefes de empresa americanos y europeos. El vicepresidente de la Comisión Europea, Leon Brittan, y el comisario de industria, Martin Bangemann, participaron en esta reunión.
15) El G7 agrupa, desde mediados de los años 70, a los estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Italia, el Reino Unido y Canadá. Desde 1995 Rusia es miembro invitado, con voz pero sin voto, participando en los trabajos políticos de las reuniones anuales. El G7, como instancia de concertación, puede considerarse como un verdadero directorio mundial
16) Cfr. "Les noveaux riches de l´éconimie mondiale", en Le Monde Diplomatique, 20 de octubre de 1995.17) Según los estrategas de renombre, las rivalidades entre los países desarrollados no se muestran en las cuestiones ideológicas o territoriales, sino en la conquista de los mercados. Los Estados están así sometidos a lo que se conoce como "geoeconomic struggle" ( literalmente, estrangulados mediante la geoeconomía).
18) Thierry de Montbrial et Pierre Jacquet, "De la géopolitique a la géoéconomie". Edición particular.
19) Cfr. Carl Schmitt, "L´unité du monde", en "Du politique", de. Pardés, 1990.
20) Cfr. Carl Schmitt, "Grand Espace contre universalisme", en op. cit.
21) Cfr. Julien Freund, "L´eseence du politique", Sirey 1986.
22) Cfr. RAMSES 1996, Dunod, 1995.
23) Sobre esta cuestión, cfr. Michel Foucher, "Fragments d´Europe", Fayard 1993.
24) Aunque se trata de otro tema de debate, es interesante hacer referencias a las disputas entre "europeístas" y "euroasiáticos" en Rusia. Cfr. Alexander Douguín, "Rusia y el misterio de Eurasia", Grupo Libro 88, Madrid 1992.
25) Muerto en 1991, Bernard Willms fue profesor de ciencias políticas en la universidad de Bochum, donde elaboró una teoría de la nación a partir de las obras de Hobbes, Fichte, Hegel y C. Schmitt.
26) Cfr. Alain de Benoist, "L´empire intérieur", Fata Morgana, 1995.
27) La polarización del extremo Oriente ruso por la "nueva Asia" (Japón, NPI, litorales de la China popular) es una hipótesis posible. En los últimos años, el aflujo de inmigrantes chinos hacia Vladivostok y Khabarovsk ronda los límites de lo tolerable.
28) "En tanto que herencia internacional de la antigua URSS, Rusia debe basar su política exterior en una doctrina que reclame todo el espacio geopolítico de la extinta URSS como una esfera de sus intereses vitales, y hacerlo ver así al conjunto de la comunidad internacional" (Eugeni Ambartgunov, 1992).
29) El lobo gris es el animal totémico de los turcos centroasiáticos preislamizados. Es el símbolo de todos los movimientos panturquistas y granturquistas.
30) Regularmente invocado, el tema de la solidaridad mediterránea, especialmente francoitaliana, en el seno de la Unión Europea no reposa sobre ninguna base sólida. La península italiana está relativamente descentrada hacia el Mediterráneo, pero sólidamente unida a la Europa continental y germánica. La "Padania", corazón económico del país, es uno de los componentes de la dorsal europea. El capitalismo italiano, por otra parte, se basa en el modelo renano.
31) Un "regnum" es una comunidad de pueblos unidos por un mismo destino geopolítico. El Regnum Francorum de los siglos VIII y IX fue una formulación política que precedió a la individuación de las naciones francesa y alemana. El nuevo "Regnum Francorum" (es curioso, pero los "euroescépticos" británicos hablan del "Reich de los francos") sería un cuadro político respetuoso de las identidades y de los derechos de sus ciudadanos, lo cual implicaría, forzosamente, la federalización de Francia.
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