LOS PRINCIPIOS DE LA

 ACCION FASCISTA

AA.VV. (Trad. S. Rivas)

 

¿Con qué propósito nos hemos lanzado a publicar un volumen especial sobre el “fascismo”? Precisamente por las mismas razones que nos animaron en 1972 a difundir un estudio preliminar titulado “José Antonio Primo de Rivera, Robert Brasillach, Pierre Drieu La Rochelle. Ensayo para una síntesis del Neofascismo[1]. A pesar de sus lagunas, este trabajo supuso un gran acontecimiento entre los militantes “nacionalistas” franceses. Realizar una apología del “fascismo”, fenómeno político que el Sistema pretende dar por trasnochado, implicaba entonces un arduo proceso de estudio en la profundización y en la síntesis de las ideas y de los principios en los que muchos hombres de Estado se esforzaron y se esfuerzan en poner en práctica para resolver la “crisis” del mundo moderno. Esta crisis consiste, fundamentalmente, en la inadecuación existente entre un progreso ilimitado y un orden político incapaz de encauzarlo. Ello nos lleva a penetrar en aquellos principios del pensamiento político que no pueden ser reducidos al corpus ideológico habitual de los hombres de “derecha” y de “izquierda”, así   como  la  puesta en práctica de estos principios en un Sistema -Sistema al cual le podemos dar el nombre que más nos convenga- que de hecho consagra la ruptura de los esquemas y de las actitudes del pensar y del obrar tradicionales. Así pues, olvidando el continente del “fascismo”, nos interesaremos en el contenido; arrinconando el significante, intentaremos aprehender la sustancia del significado. Esta nos parece una apreciación más justa que nos permitirá revelar más eficazmente el reto que supone para Europa el ser consciente y agente en el desarrollo de su propia historia. Y esto es precisamente lo que hemos pretendido.

             “En el día de hoy, puedo afirmar que la idea, la doctrina y el espíritu del fascismo son universales. El fascismo ha encontrado en Italia su institucionalización particular, pero es universal en su espíritu; y no puede ser de otra manera, pues el espíritu, por su propia naturaleza, es universal. Así pues, es posible prever una Europa fascista que modelará sus instituciones bajo la acción de  la doctrina fascista, una Europa que resolverá los problemas del Estado actual según el modelo fascista”.

 Benito Mussolini.

            Discurso en el aniversario de la marcha sobre Roma. 29 de Octubre de 1930.

            “Debemos recuperar la palabra “fascista” de la boca de nuestros adversarios, de toda la palabrería democrática y antifascista, y hemos de retomar esta palabra como un desafío”.

 

            Pierre Drieu La Rochelle.

            Artículo publicado en “Revolution Nationale” con motivo de la 

conmemoración del asesinato de José Antonio Primo de Rivera. 20 de Noviembre de 1943.

 

            “(...) desde el primer día, se nos ha adscrito y considerado como un partido fascista, y no está el error en que no lo seamos, sino en que en España hay sobre el fascismo la idea más falsa y deficiente posible (...)

            (...) El fascismo (...) es un régimen y un estilo de vida que centuplica las posibilidades de los hombres y contribuye a dignificar y engrandecer el destino social e histórico de los pueblos. Muy difícil es, por tanto, evadirse de sus influencias en las horas mismas en que andamos aquí en pugna diaria para reencontrar y robustecer el auténtico pulso nacional de España.”

Ramiro Ledesma Ramos.

Publicado en la Revista “JONS, Órgano Teórico de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas”, Abril 1933.

 

LOS PRINCIPIOS DE LA ACCIÓN FASCISTA

  Uno de los reflejos más fuertes y más condicionados por la acción psicológica tanto del marxismo como del demoliberalismo, reflejo negativo -horror, indignación, reacciones agresivas, lanzamiento de anatemas y de toda suerte de rituales de execración-, es el mecanismo de escape que ha adquirido tras la derrota de 1945 -y que se extiende a poblaciones enteras- el epíteto “fascista”[2].

            Hoy en día no importa qué pueda ser el “fascismo” de cada cual. Georges Marchais ha podido ser calificado de “fascista rojo” del mismo modo en que el Partido Comunista Francés, en su tiempo, catalogó a Leon Blum de “socialfascista”... ¿Qué más cosas puede recubrir un vocablo tan sumamente móvil y diáfano como este del “fascismo”? ¿El fascismo es un dogma, es una ideología, un tipo de dictadura quizás? ¿Es simplemente el régimen político que adoptó la Italia de entreguerras? ¿Es acaso una actitud política propia de ciertos hombres con la cual enfrentarse a ciertos problemas de carácter universal? Los tiempos cambian que es una barbaridad... y ya es hora de ensayar un intento de mínima objetividad intelectual para afrontar el fenómeno fascista. Un hecho debe, en todo caso, quedar perfectamente claro: el fascismo no puede ser reducido al hitlerismo, aun cuando ciertos principios, ciertas éticas o ciertos análisis políticos presenten ciertas similitudes. No nos entretendremos en disculpar al fascismo de una acusación sin otro fundamento que la sutil amalgama efectuada durante la Segunda Guerra Mundial por la propaganda bélica tanto de las democracias liberales como del sistema soviético. El sujeto “fascismo” debe ser examinado, en un ejercicio de puro amor a la verdad, al margen de las pantallas cinematográficas y sin colocarse anteojos ideológicos preconcebidos. “Los buenos principios no devienen malvados porque Alemania halla hecho de ellos una execrable caricatura”[3]. Esta es una frase de Robert Brasillach, que los comunistas han aplicado con respecto a la Rusia estalinista, quien a su vez ha acusado a los mismos comunistas de “revisionistas” y “desviacionistas”. Y, ciertamente, Alemania  descarrió ciertos principios del fascismo, al igual que la propia Italia del “ventennio” no aplicó su propio programa de 1919 hasta la llegada de la República Social, en 1943. Los principios fascistas fueron catalogados por el sistema triunfante en 1945 como la representación del mal absoluto, al tiempo que se vertía sobre ellos la represión del silencio total. En una sociedad donde la ausencia de principios es la “regla” que representa el conformismo diario, sería deseable que las jóvenes generaciones pudiesen conocer y juzgar, sin filtros sintéticos, los principios que inspiraron la acción de los “fascistas”, de aquellos que en todas las circunstancias se reconocieron como tales. Nuestro objeto es el de aportar las aclaraciones necesarias, de presentar una visión del hombre, de la política y de la historia, la cual creemos que es la propia y la característica del fascismo.

 

ACLARACIONES NECESARIAS 

MS"">Marinetti afirma que el fascismo es la “Religión de la Voluntad y del Heroísmo”[4]. La fórmula es poética, y, como todas las de este tipo, vaga e imprecisa. En todo caso, es una buena muestra de la ambigüedad del fenómeno fascista, la dificultad siempre presente de desligar los principios del nivel de una “acción voluntariosa y heroica”. El propio Mussolini afirmó: “No creemos en un programa dogmático, en ninguna especie de cuadrado rígido que intente contener y avasallar la realidad, por definición cambiante y compleja. Nosotros nos permitimos el lujo de perfeccionar, de conciliar, de superar en nosotros mismos las contradicciones que se abaten sobre los demás, que se fosilizan en monosílabos de afirmaciones y negaciones. Nosotros nos permitimos el lujo de ser a un mismo tiempo aristócratas y demócratas, conservadores y progresistas, reaccionarios y revolucionarios, sumisos y rebeldes ante la legalidad según las circunstancias de los tiempos, de los lugares y de los ambientes; en una palabra, de la historia, en medio de la cual estamos obligados a vivir y actuar. El fascismo no es una iglesia, sino más bien una situación. No es un partido, sino un movimiento. No tiene un programa que desarrollar para los tiempos futuros, por la sencilla razón de que el fascismo construye día a día el edificio de su voluntad y de su pasión”[5]. De este modo, más que un dogma, más que una doctrina intangible, el fascismo es un método, es decir, una cierta manera de decir y de hacer sobre ciertos principios. Mucho antes que una “Weltanschauung”, una visión del mundo, el fascismo es una visión de la realidad. Se suele hablar de “concepción religiosa” o de “concepción marxista”, en el sentido de una creencia abstracta, de una representación ideal, ciertamente utópica, pero en todo caso no “realista”. Estas concepciones implican un tránsito de lo “real” -del hombre en particular- hacia un repliegue, por grado o por fuerza, en esquemas conceptuales (que es el caso del marxismo y de todas las ideologías basadas sobre lo abstracto). El fascismo entiende al hombre como un ser que debe abrirse a lo que realmente es y a lo que debe llegar a ser. El fascismo es cambiante, como la realidad misma. El fascismo de una generación no es el mismo -no debe ser el mismo- de la generación siguiente. El fascismo no es una ideología, entendida esta como “un sistema global de interpretación del mundo histórico-político”[6]. En la línea de las religiones soteriológicas, el marxismo  tiene  su Ley  y  sus profetas; al igual que las religiones abrahámicas -Judaísmo, Cristianismo, Islam-, posee su propio texto revelado: “El Capital”, que reemplaza a la Biblia y al Corán. Sus fieles suelen entregarse a los minuciosos exégetas que esotéricamente interpretan el pensamiento del Profeta. A la contra, no existe -ni puede existir- la “Summa Theologica” del fascismo. Todas las personas que se han calificado a sí mismas como fascistas, o que han sido “fascistizantes”, han sostenido este principio con una particular virulencia.

            El periodista Torcuato Nanni se sorprendió de ver sobre la mesa de trabajo de Mussolini varios libros de Nietzsche y Schopenhauer, pero también alguno que otro del anarquista Steiner. Sir Oswald Mosley, tras conocer a Mussolini, escribió en su diario: “Es un erudito autodidacta, particularmente versado en las obras de Nietzsche y de Sorel[7]. Entrevistado en 1922 por un periodista español del diario conservador “ABC”, quien le interrogó sobre a quién debía mayor influencia, si a Nietzsche, Jaurés o a Sorel, respondió: “Ciertamente, para mí Sorel tiene una enseñanza fundamental: la importancia de la acción. El fascismo, si es algo, es acción. Sorel es el maestro del sindicalismo. Con sus tácticas rudas de sindicalismo revolucionario puro es quien más ha contribuido a formar la disciplina, la energía y la potencia de las cohortes fascistas”. Mussolini conoció en Suiza a Wilfredo Pareto, con quien conversó sobre la forma de observar la evolución de las sociedades y, particularmente, sobre la metodología para estudiar sus problemas mediante un análisis experimental, ágil y sagaz. No se parte de ninguna teoría, de ningún sistema. Todo lo más, los sistemas son adoptados como base de hipótesis que puedan explicar, provisionalmente toda una serie de los hechos. Mussolini nunca se extendió en aplicar un método científico o filosófico, visión política que compartía con Charles Maurras al decir que una teoría era un “empirismo organizador”. Partiendo así de una política de la experiencia, estamos frente a un empirismo político, ante una política que se organiza frente a los acontecimientos, flexible para encauzar cada situación en su propia circunstancia . Esta forma que hemos adoptado para acercarnos a los orígenes del pensamiento mussoliniano pudiera dar a creer que hemos aceptado la tesis del “fascismo como movimiento típicamente italiano”. Nada más lejos de la realidad. Mussolini es para nosotros un fascista que tuvo éxito. George Valois escribió a propósito de esto: “Mussolini ha tomado de la Acción Francesa[8] y del socialismo todo lo que ha considerado de positivo. En Europa se está en trance de alcanzar la síntesis positiva de todos los movimientos opuestos al demoliberalismo. El honor de haber bautizado al movimiento que capitanea esta síntesis recae sobre la Italia de Mussolini”[9]. Pero ¿qué es lo que el fascismo aporta de novedad?

            Ningún estudioso serio e informado puede negar que el fascismo nace de la izquierda revolucionaria. El fascismo recoge el “elan”, el impulso inicial de las experiencias socialistas y sindicalistas revolucionarias de principios del siglo XX. Por entonces se observaba un decaimiento de la potencia revolucionaria en los movimientos sociales europeos; es la época en que la efigie  de la República, coronada con el gorro frigio, es ahorcada ante las multitudes en la puerta  de la Cámara de Comercio de París, el 3 de agosto de 1908, el tiempo en que el jefe socialista Jules Guesde declara en el Congreso de la Internacional Socialista en Amsterdam: “Cuando gritáis para salvar a la República no se os ha oído ni una palabra en defensa del proletariado. Si os abandonáis a vuestros intereses particulares, es que habéis perdido vuestra fe revolucionaria”; es la época en la que  Georges  Valois, por entonces anarcosindicalista a la vez que nacionalista -el único fascista francés que puede compararse con Mussolini tanto por sus orígenes como por su formación- escribía a sus 25 años un libro titulado “El hombre que viene. Filosofía de la autoridad”, una curiosa síntesis de ideas tomadas de Nietzsche, de Maurras, de Sorel y del cristianismo. Pero es a Sorel a quien debemos la mayor parte de las influencias sobre el fascismo. Georges Sorel, hijo de burgueses, despreció como nadie a la burguesía y a aquella democracia que permitía a los capitalistas oprimir al pueblo en nombre de los más elevados principios de libertad. Escribió numerosas obras durante los últimos treinta años de su agitada vida, entre otras, sus famosas “Reflexiones sobre la violencia”, a más de “Las ilusiones del progreso” y “Sobre la utilidad del pragmatismo”, obras en las cuales el propio título ya es significativo. Sorel nunca creyó en la fatalidad del progreso humano, pero reflexionó en una demora del mismo para aprovechar las energías revolucionarias populares en una lucha de liberación. Para dirigir esta lucha Sorel confiaba más en la acción de minorías eficaces que en las virtudes de la democracia parlamentaria. Frente a las utopías que reposan sobre un trabajo puramente intelectual, él opone la importancia operativa del mito, concebido como creencia sentimental, insurrección general del espíritu que tiene por fin reforzar el combate heroico. Su activismo, su pragmatismo radical, es una herencia que el fascismo recoge directamente de la influencia de soreliana. En su obra “La vía socialista de los sindicatos”, escribe: “El sindicalismo revolucionario se agita sobre las concepciones que se apolillan en el silencio de los gabinetes; marcha en sus efectos al azar de las circunstancias, sin cuidados ni preocupaciones de someterse a ninguna dogmática, más comprometido con la fe de sus fuerzas que con las reflexiones prudentes. La revolución no es un secreto del devenir. Ella debe precipitarse sobre todas las puertas que encuentre entreabiertas, sin someterse a las tiranías del interés colectivo: los sindicatos deben mirar atentos a sus propias fuerzas, y actuar cuando vean las mínimas ocasiones favorables”.

            El discípulo favorito de Sorel, Eduart Breth, sentenciará más tarde que el “Círculo Proudhon” -donde participaba con el seudónimo de Jean Darville- practicaba, de hecho, un fascismo “avant la lettre” (Breth se pasará, en 1919, a las filas comunistas para fundar, junto con Henri Barbusse, la revista “Claridad”). Bajo el “protectorado” de Maurras, ciertos militantes de la Acción Francesa, junto con algunos sorelianos comandados por George Valois, se fusionarán en un Círculo que publicará, de 1911 a 1914, una serie de cuadernos en los cuales se ensamblaban sin problemas pensamientos nacionalistas, socialistas y anarquistas. Esta especie de “club bisagra” fue bautizado con el nombre de “Círculo Proudhon”, en homenaje al pensador socialista y antimarxista francés que pronunció las más fuertes críticas a la Revolución Francesa, pidiendo una verdadera soberanía popular, al tiempo que enfatizaba la voluntad de privilegiar la finalidad social de la actividad económica ligada a la organización del trabajo, concibiendo a la tradición y a la propiedad  un papel de subordinación al bien común, todo ello a la sombra de un profundo antiparlamentarismo. En las primeras manifestaciones del Círculo Proudhon encontramos una sorprendente amalgama de ideas nacionalistas y socialistas, que fueron precisamente la característica fundamental del fascismo: “... La democracia es el más profundo error de los tiempos pasados... es culpable de introducir en la economía y en la política el pensamiento capitalista. Las ideas democráticas han disuelto el espíritu, es decir, la nación, la familia, las costumbres; ha antepuesto la ley del becerro de oro a las leyes del derecho de la sangre... La democracia vive gracias al dinero, auxiliado con las perversiones de la inteligencia. Morirá con el resurgimiento de los valores del espíritu y con el establecimiento de las instituciones que los franceses crearán o recrearán en la defensa de sus libertades y de sus intereses espirituales y materiales. Debemos favorecer esta doble empresa por la que trabaja el Círculo Proudhon. Lucharemos sin compasión contra la falsa ciencia que ha servido para justificar las ideas democráticas y los sistemas económicos que le son afines y que sólo piensan en explotar más y más al pueblo. Sostendremos apasionadamente todos los movimientos que restituyan a los franceses, en las formas propias del mundo moderno, todo lo que les ha sido arrebatado, aquello que les permitía vivir y trabajar con la misma satisfacción y sentido del honor de los que mueren en el combate”[10]. Por la misma época, en Italia, el 3 de diciembre de 1910, en una reunión en el Palacio Vecchio de Florencia, tiene lugar la fundación de la “Asociación Nacionalista Italiana”, nacida en las mismas entrañas del movimiento sindicalista revolucionario soreliano, bajo el impulso de Enrico Corradini. Esta Asociación, comparable en la mayoría de sus puntos al Círculo Proudhon, se propone “recoger en su seno a todos los hombres que trabajan por conciliar la idea nacionalista e imperialista (sic) con los principios del sindicalismo revolucionario”.

            Otro teórico del sindicalismo revolucionario, y más tarde del corporativismo fascista, fue Hubert Lagardelle, amigo de Mussolini. En 1898 funda la revista “Le Movement Socialiste”, donde colaborará con Georges Sorel. En 1908, durante el Congreso Socialista de Tolouse, pronunció un discurso que contenía, de forma germinal, todos los principios que más tarde se encargaría de desarrollar el fascismo. En 1931 escribía estas frases en la revista “Plans” -fundada por los amigos de Georges Valois-: “La utopía de la democracia ha despojado al individuo de sus cualidades sensibles, reduciéndolo a la condición abstracta de “ciudadano”. Del hombre concreto de carne y hueso, con un oficio determinado, desenvuelto en un medio que es el suyo y no otro, con una personalidad definida, ha hecho un ser irreal, un personaje alegórico al margen del tiempo y del espacio, fuera de todas las escalas de la sociedad. El hombre de la democracia no es ni obrero ni campesino, ni industrial ni comerciante, ni del Norte ni del Sur, ni sabio ni ignorante: es un puro hombre teórico”[11]. En esta efervescencia de ideas y de pensamientos, en esta confrontación permanente entre los idearios nacionalistas y socialistas, nacieron el “fascismo” y los “fascistas”, hombres a quienes la experiencia de la Gran Guerra y de las crisis que le siguieron les marcó decisivamente. El espíritu de camaradería, la fuerte disciplina lacedemónica que incluía también a los jefes y oficiales, la subordinación libremente consentida, la renovación desde las bases, la jerarquía viva que sustituía a la estratificación social, el luchar el hijo del panadero codo con codo al hijo del noble... Todas estas experiencias fueron la otra cara de la moneda de la terrible experiencia que sufrió la generación que participó en la Primera Guerra Mundial.

            “El  fascismo no representa, ni mucho menos, un retorno a las posiciones precedentes, sino una incesante superación de las mismas. Es la continuación de la revolución dinámica, puesto que reconoce la irreversibilidad de la evolución de la sociedad, aspirando a la instauración de un nuevo orden opuesto a la democracia tal como la entienden los burgueses, a la democracia cuantitativa e individualista”[12]. Ahí es donde hay que situar el hiato entre el fascismo y los movimientos nacionalistas clásicos, del tipo de la “Acción Francesa”[13] de Charles Maurras. Robert Brasillach se interrogaba de esta forma: “los que no creemos en la seguridad burguesa, los que concebimos una igualdad real de oportunidades, los que sentimos un desprecio absoluto hacia el capitalismo, a todos nosotros, ¿qué es lo que nos une al ideario maurrasiano?”[14]. El nacionalismo de Maurras, como todos los nacionalismos de corte conservador, desea impedir el desarrollo de los tiempos, desea prolongar interminablemente los acontecimientos en un punto fijo. “Detener -escribe Maurras- es perpetuar”. Las ideas devienen una forma de acceder a lo eterno y lo perfecto. Por otra parte, el desinterés de la Acción Francesa por las cuestiones sociales fue cada vez más patente con el curso de los años. Poco antes de la guerra, Jacques Doriot se esforzó en construir un movimiento al servicio de las clases populares, en ruptura con las anteriores organizaciones nacionalistas. Convertido en un laboratorio de ideas nuevas y de concepciones más dinámicas de la organización económica y social, el movimiento, bautizado como P.P.F. (“Partit Populaire Français”), se convertirá pronto en el arsenal de un populismo nacionalista “avant la heure”. En los manifiestos del partido serán frecuentes las declaraciones de este tipo: “La Acción Francesa no es ni la principal fuerza de la oposición nacionalista ni un movimiento reformador. Su clientela se nutre con los batallones de conservadores descontentos que provienen de las clases medias amenazadas en sus intereses por el desarrollo de los tiempos. La doctrina así construida es una especie de nacionalismo impedido para la contestación a la vez que temeroso, dominado por los estrechos y exclusivos temas de la defensa del orden. No hace mucho que decidió abandonar para siempre las teorías económicas revolucionarias, inspiradas en el régimen de Mussolini, para asumir, en toda su mediocridad, un pseudocorporativismo de corte paternalista”[15]. El profesor Ernst Nolte, entre otros, está equivocado al considerar a la Acción Francesa como la forma  fascista francesa del período de entreguerras, no diferenciando, como debería hacer un investigador comprometido con la verdad, entre los movimientos propiamente fascistas y los simples partidos de la extrema derecha clásica, más o menos “fascistizados” en su estética[16]. Los “Fascios de Obreros y Campesinos” de Georges Valois  y el Partido Popular Francés de Jacques Doriot son, en nuestra opinión, las formas reales de un “fascismo a la francesa”. Doriot, ex-dirigente del Partido Comunista, imprimirá al P.P.F., en 1936, una primacía por la lucha y por la acción: “Concebía su partido como una creación humana continua. Su doctrina se negaba a estar bien definida. Es incontestable que el jefe del P.P.F. solamente quería hacer referencia a las ideas directrices, a las “verdades históricas”, a los conocimientos fundamentales que, según él, eran suficientes para la lucha victoriosa contra las ideologías, ya que no pueden ser negados ni siquiera por los adversarios políticos”[17]. Por su parte, George Valois, después de haber fundado los “Fascios de Obreros y Campesinos” en 1925, definió el fascismo por la simple ecuación:

Fascismo = Nacionalismo + Socialismo 

             El 27 de julio de 1927, en Reims, ante una asamblea de 12.000 personas, declaró: “Los revolucionarios de izquierda han anunciado durante 30 años la revolución para la próxima estación. Los revolucionarios de derecha llevan 25 años preparando un golpe de Estado para el mes próximo. Y aquí no hay ni revolución socialista ni golpe de Estado de la reacción. Simplemente, cada año, para calmar la impaciencia de sus tropas más aguerridas, tenemos una manifestación en la calle de la Muralla y una concentración en la plaza de las Pirámides. La derecha y la izquierda nos llaman a la movilización. Pero ni la una ni la otra desean una acción seria para la conquista del poder. El Estado parlamentario está bien seguro con esta derecha y con esta izquierda. Cosa curiosa: lejos de aspirar a la conquista del Estado, las gentes de derecha y las gentes de izquierda se enzarzan unos contra otros obedeciendo consignas del tipo “¡Todos contra el comunismo!” o “¡Todos contra el clericalismo!” Y así es como el Estado se siente tranquilo. Nosotros hemos venido para romper las reglas del juego...”[18] En 1927, en su libro “El Fascismo”, precisaba: “El nacionalismo y el socialismo aparecen al común de las personas como dos movimientos completamente opuestos, bien porque en los socialistas anida muy frecuentemente la negativa a rendir cuentas ante los problemas nacionales, bien porque los nacionalistas suelen tener el alma extirpada de toda preocupación social. Pero la dominante del nacionalismo debe ser la salud de esta sociedad fundamental que es la nación, y ello no es posible sin asumir deberes sociales. Y la dominante del socialismo debe ser la justicia social, que para ser perfecta debe asumir un carácter nacional. La oposición entre el nacionalismo y el socialismo es irreductible en un régimen parlamentario. Con la absurda disposición de los partidos, con el nacionalismo a la “derecha” y el socialismo a la “izquierda”, el parlamento es una cámara donde alegremente pueden lanzarse las peores  injurias los unos sobre los otros. La obra de salvación del fascismo consiste en anular el carácter irreductible de esta oposición. El fascismo incorpora, en un solo movimiento nacional y social, sobre un plano de la vida social y nacional, al nacionalismo y al socialismo”[19]. Robert Aron y Arnaud Dandieu resumieron en los años treinta estas actitudes típicas de los fascistas a negarse a ser “clasificados”,  “catalogados” según el juego de los políticos al turno: “No somos ni de derecha ni de izquierda. Si se empeñan en situarnos en términos parlamentarios, estamos a mitad de camino de la extrema derecha y de la extrema izquierda, detrás del presidente y dándole la espalda al parlamento. Solamente miramos por la revolución y no nos preocupan estas clasificaciones que para nosotros son absurdas”[20]

            El fascismo siempre aspiró a ser una reacción de todo el individuo, de todo el ser, encarnada en ciertos personajes, contra los grandes movimientos del siglo XIX: el liberalismo político y económico y el socialismo marxista. Arranca desde los más hondo de un cierto tipo de hombre, que podríamos definir como “heroico”. Es una especie de reacción vital en alguna personas que sienten amenazada toda su alma, sus maneras de ser, todo lo que ellos aman, su misma existencia, por unos estilos de vivir y de pensar que él encuentra repugnantes y decadentes. Pero, ¿qué es lo que se entiende hoy día por fascista?, se interroga Maurice Bardeche. Y se responde a sí mismo: “Significa, para el Sistema, una sola cosa: que no se está dispuesto a condenar, en el nombre de una ideología pretendidamente “democrática”, las experiencias “fascistas” del pasado. Y para el Sistema dominante hoy en día no significa nada más. Pero ¿a qué libro pueden referirse, a qué pensadores señalan, a qué jefes de partido apuntan para explicarnos qué cosa sería un régimen “fascista” hoy?[21]

            Después de una concepción de la historia tal como la ilustra Jacques Bainville, según la cual no hacemos constantemente sino repetir las experiencias de otros pueblos en otros tiempos, se podría estar tentado a pensar que las preocupaciones políticas de los fascistas -su voluntad de justicia social, pero también de restablecimiento de las verdaderas jerarquías; su voluntad de permitir la expresión política de los intereses privados, pero también de hacer triunfar el bien común- nos recuerdan algunas de las soluciones que ya pusieron en práctica los pensadores griegos. El sofista Callicles distinguía entre dos tipos de justicia: una creada por los hombres pensando en ordenar las leyes de un pueblo determinado, y otra fundada sobre la naturaleza. En la primera, se llega a crear una igualdad legal contraria, en realidad, a la naturaleza humana; en la segunda, los fuertes prevalecen sobre los débiles. Para Callicles, la fragilidad de todas las instituciones políticas proviene de esta oposición irremediable entre igualdad legal y desigualdad natural. La voluntad política del fascismo consiste en pretender trascender esta oposición en beneficio de un reconocimiento político del derecho a la diferencia. Frente a la igualdad absoluta, el fascista responde: “¡mentira: tal o cual ha trabajado, ha combatido, ha sufrido más que tú!” Platón, en sus diálogos sobre La República, se ocupa del conflicto entre el interés privado y el interés del Estado, encontrando la solución en beneficio del último, que es la encarnación del bien público. Los fascistas asumieron plenamente esta postura en sus ataques al Estado demoliberal.

            ¿Quienes son los “fascistas”, qué se proponen, cuál es su visión de la historia, del mundo y de la vida? Responder estas cuestiones es lo que intentaremos en los capítulos que siguen.

 

LA VISIÓN FASCISTA DEL HOMBRE

 

1- UN REALISMO ESPIRITUALISTA          

“La realidad, para el fascismo, no es el mundo material de las apariencias superficiales, no es pensar que el hombre es un individuo aislado del resto de sus semejantes, una entidad que dispone que sí misma, gobernada por una ley natural que, instintivamente, le inspira una vida de placer hedonista y fugitivo. El hombre fascista es un individuo que es nación y patria, ley moral soldada en los individuos y en las generaciones por la tradición. Es un hombre arraigado, con una misión destinada a suspender esa tendencia que tiene la vida a enfermar, que quiere romper ese círculo vicioso del placer por el placer para instaurar una forma superior de existencia que supere los límites del espacio y de los tiempos. La vida del individuo declarado fascista, por la abnegación, por el sacrificio de los intereses particulares, por la misma muerte, realiza esta forma de existencia en la que reside todo el valor del hombre. Nuestra concepción es una concepción espiritualista que reacciona contra el materialismo que se instauró en el siglo XVIII; antipositivista, pero positiva, no escéptica ni agnóstica, ni pesimista ni dada a  un  optimismo  facilón,  como  lo  son  en general  todas  las   doctrinas -todas negativas- que sitúan al hombre en el centro de la vida. El fascismo quiere un hombre activo, comprometido en la acción con todas sus energías. Lo quiere consciente de las dificultades y dispuesto a afrontarlas. El hombre fascista ve en la vida una lucha, está convencido de que le corresponde conquistar una vida verdaderamente digna mediante sus instrumentos físicos, psíquicos, morales e intelectuales, necesarios para su elevación (...) El hombre fascista da un valor supremo a la cultura en todas sus formas (arte, ciencias, religión) y una importancia primordial a la educación. Da un valor supremo al trabajo por el cual triunfa sobre la naturaleza y crea así un mundo humano (económico, político, moral e intelectual).

            Esta concepción positiva de la vida es, evidentemente, una ética. Ninguna acción se sustrae al juicio moral. Nada hay en el mundo que pueda ser despojado del valor que le confiere a todas las cosas la consideración ética. La vida, tal como la concibe el fascista, es seria, austera, religiosa: elevada en un mundo sostenido por las fuerzas de la moralidad y la responsabilidad. El fascista aborrece la vida confortable (...) El fascismo es una concepción histórica según la cual el hombre se encuentra en el centro de un proceso espiritual, formando una nación y una historia que a su vez le forman a él. El fascismo no es nada sin la tradición asentada en la memoria, en la lengua, en las costumbres, en las normas que regulan el modo de la vida social. Fuera de la historia, el hombre no es nada. Este es el  motivo por el cual el fascismo se opone a todas las abstracciones individualistas fundadas en el materialismo del siglo XVIII. He aquí por qué se opone a todas las utopías e innovaciones jacobinas”[22].

            A pesar de su estilo típicamente pomposo, este discurso de Mussolini es muy significativo. Significativo porque enfatiza lo que el fascismo tiene fundamentalmente de revuelta contra la visión del hombre en tanto que unidad económica, visión que comparten por igual el demoliberalismo capitalista y el socialismo de corte marxista. Frente al “homo aeconomicus”, el fascismo opone el “homo heroicus”,    apelando  a  los  valores no-económicos  del ser humano -valores de heroísmo, sacrificio, disciplina y camaradería. El fascismo no ofrece una promoción económica, sino un desarrollo de la personalidad. “El fascismo busca una sociedad al margen del capitalismo y del marxismo, una sociedad no fundamentada exclusivamente en factores económicos y materiales”[23]. Bajo esta perspectiva, el fascismo puede ser considerado un realismo espiritualista, a los ojos del cual todo el ser es una fuerza, una potencia, y toda fuerza un pensamiento que posee una consciencia que sirve para revitalizar el ser. Todavía más radicalmente: es una doctrina donde lo real se impone a lo intangible y abstracto;  y en  “lo real”  también  hace entrar a las componentes no-racionales del ser. “El fascismo viene a ser una doctrina realista. En el nivel práctico, sólo aspira a solucionar los problemas que, históricamente, pueden ser solucionados. Al obrar en medio de los hombres y de la naturaleza, desea volver a los procesos de la realidad y restituir a la persona como la dueña de las fuerzas activas”[24]. Si el hombre no está solo ante la historia, esto quiere decir que puede volver a ocupar su protagonismo en esta tierra. El dominio de las “fuerzas activas” es, pues, una necesidad, no para mantener una civilización puramente materialista como la que soportamos, sino, precisamente, para trascenderla. El antimaterialismo fascista no solamente se ejerce en su lucha contra el capitalismo y el marxismo, hijos legítimos del liberalismo político, sino también contra aquello que Trotsky llamo, acertadamente, el “materialismo zoológico”, esto es, el racismo. Estudiado seriamente, el fascismo nunca puede ser atacado de racista, nunca demostró posiciones racistas. Esta es la particularidad que más aleja al fascismo del pensamiento “völkisch” del Partido Nazi[25]. Hitler siempre se quejó  de la falta de legislaciones raciales en el régimen de Mussolini. Julius Evola, uno de los más interesantes doctrinarios “oficiosos” del fascismo, escribió sobre este propósito: “La desviación principal del racismo es pensar que una totalidad o un rol determinado es atribuible a la raza “física” (en el sentido amplio, griego, de la palabra “physis”). La mística que suele acompañar al racismo puede ser catalogada como una “mística de la sangre”. Es una mística naturalista, una especie de religión inmanente de la Vida (con “V” mayúscula) que excluye, en realidad, toda verdad trascendente”[26]. Yendo más lejos, Evola aborda la cuestión de la “raza judía” en estos términos: “Se habla de raza judía, pero los etnólogos y los antropólogos nunca han dejado de decir que no existe una tal raza judía pura, original, sino, lo que es muy diferente, un “pueblo judío”, compuesto de elementos de razas muy diversas (levantinas, semíticas, mediterráneas...). La Biblia habla de siete pueblos componentes de la “simiente” judía, sin contar con la infiltraciones camíticas, filisteas, y de los propios arios. El hacer de esta mixtura una unidad, la forja de un tipo claramente reconocible, es el producto de la fuerza de resistencia que ha demostrado este pueblo a través de los siglos en las condiciones más adversas, donde el sentido de solidaridad y de fidelidad a la sangre es el testimonio vivo que hace de los hijos de Israel, en la historia, uno de los pueblos más fanáticamente racistas sobre la superficie de la tierra, valiéndose para ello del poder formador de la ley hebraica”[27]. Si consideramos la opinión sobre esta cuestión por un diario francés que fue presentado en la Internacional Comunista como el “órgano oficial del fascismo internacional”, el rotativo “Je suis partout”, podemos leer cosas como las que siguen: “Je suis partout” no considera a los judíos ni bajo su aspecto de raza ni bajo su aspecto de religión, sino bajo su aspecto de pueblo inasimilable que posee una mentalidad propia y unos objetivos distintos, y sobre todo opuestos, a las naciones europeas en el seno de las cuales habita. Su “extranjereidad” es un hecho palpable: son una gente particular, se apoyan exclusivamente entre ellos, al tiempo que se desolidarizan del resto del pueblo entre el cual habitan. Ni ellos se sienten europeos ni los europeos los sienten como algo suyo (...) “Je suis partout” demanda el retorno a la tradición francesa, la organización de un antisionismo inteligente: la promulgación para el pueblo judío de un status de minoría nacional que les dé la posibilidad de desarrollarse en tanto que judíos y en su calidad de extranjeros”[28]. No vale la pena insistir que el fascismo es ajeno a ese “materialismo biológico” del que hablara Trotsky, baste terminar con una mirada a ese “abstencionismo” de los fascistas en las llamadas al exterminio de las “razas inferiores” lanzadas por sus aliados en tiempos de guerra. Cuando se manifestó un cierto antisemitismo racial por parte de algunos fascistas que se plegaron a las influencias ideológicas del nazismo, siempre se recalcó su carácter de antisionismo, de denuncia del contubernio del pueblo judío con las fuerzas liberal-capitalistas y marxistas.

            Este paréntesis nos ha permitido recalcar más, si cabe, el antimaterialismo fascista y, en particular, su actitud de similar oposición a demoliberalismo y al “capital-marxismo”. Para el fascismo, el liberalismo es el origen de las diversas formas de la subversión mundial. El liberalismo se remonta a la “Revolución” de 1789, que suprimió, por una parte, toda jerarquía de derecho, proclamando sobre el plano político la igualdad absoluta y, en consecuencia, la instauración, por primera vez en Occidente, de una sociedad sin élites. Pero la misma “Revolución” afirmó, por otra parte, el derecho absoluto de la propiedad y su desvinculación de las preocupaciones de su función social. La “Revolución” instauró, de hecho, una élite legal-económica que se sentía carente de deberes. En el lugar de las jerarquías decapitadas, colocó una élite económica basada en la omnipotencia del dinero. La “Revolución” desató las cadenas del poder económico y redujo toda convivencia política a las sujeciones del capital y del capitalismo. El individuo ocupó un escalón delante de la colectividad, y el concepto de “libertad” pasó a significar “libertad para todo lo que se pueda comprar con dinero, incluso a costa de los demás”. “Los lazos sociales adoptaron un carácter utilitario y económico, según un acuerdo fundado en las conveniencias del interés material, bajo aspectos que solamente un mercader puede concebir. El dinero y su multiplicación, de ahora en adelante, sería el único intermediario entre las personas y los grupos (capitalismo, finanzas, trusts, industrias), controlando virtualmente todas las fachadas democráticas, los poderes políticos y los instrumentos destinados a formar la opinión pública. La aristocracia cedió su lugar a la plutocracia, el guerrero al banquero y al industrial. La economía triunfó sobre todas las ciencias y sobre todas las éticas. Los traficantes de dinero y los especuladores, antaño confinados en sus ghettos, invadieron todos los puestos en la nueva civilización”[29]. O, como escribió acertadamente Ernst von Salomon en su obra “Los prófugos”: “Es esta una tiranía a la cual nosotros no podremos jamás someternos en alma, la tiranía de las leyes económicas; y ello es así porque es completamente extraña a nuestra naturaleza, y nos es completamente imposible sentirnos normales en ella. Es insoportable, porque es una tiranía de rango muy inferior, que tiende a anular toda la jerarquía de los valores, y toda discusión es imposible con aquellos que niegan esta jerarquía”[30]. En el análisis fascista, el capitalismo, al mismo nivel que el marxismo, es considerado una subversión. Sus visiones materialistas de la vida son idénticas; idénticos, cualitativamente, son sus ideales; idénticas sus premisas, solidarias de un mundo centrado sobre la técnica, el cientificismo, la producción y el “rendimiento”. “El mundo, para el fascista, no es el mundo material, que nos conoce superficialmente y en el cual el hombre es un individuo separado de todos los demás, que no siente otra excitación sino la de vivir para sí mismo en una triste y gris existencia egoísta y pasajera. El hombre,  en el fascismo, es un hombre que es a la vez nación y patria; él es la ley moral que reúne, ensamblados, a los individuos y a las generaciones en una misma tradición, en una tarea que suprime el instinto egoísta de las pequeñas peripecias de placeres tristes para creer en el ideal de un modo de vida superior, libre de todas las limitaciones del espacio y de los tiempos; una vida en la que el individuo, por la abnegación de sí mismo, por el sacrificio de sus intereses personales, por la misma muerte, realiza esa existencia tan particular en la que adquiere todo su valor de hombre”[31]. Tal concepción de la vida le otorga al fascismo ser la negación exacta de la doctrina que constituye la base del socialismo que se dice científico (el marxismo), es decir, la doctrina del materialismo histórico, según la cual la historia de las civilizaciones humanas puede ser explicada atendiendo exclusivamente a las luchas de los diferentes grupos socioeconómicos por defender sus intereses y por la propiedad de los medios e instrumentos de producción. Que los factores económicos -desarrollo de las transformaciones materiales, nuevos métodos de trabajo, innovaciones técnicas- tienen una importancia capital, esto, no hay persona que pueda negarlo; pero pensar que sólo ellos pueden explicar toda la historia humana al margen de cualquier otro factor, esto es una de las mayores supersticiones que ha engendrado el pensamiento moderno. El fascismo siempre ha creído en la santidad y en el heroísmo, es decir, en los actos en los que no intervienen, ni de cerca ni de lejos, motivos económicos de ningún tipo... El fascismo rechaza la aspiración burguesa a la “dicha” económica, junto al concepto de “bienestar” socialista que ha de realizarse de un modo casi automático en un momento dado de la evolución económica. Negar el concepto de “dicha económica” que forjaron los economistas de la segunda mitad del siglo XVIII supone negar inmediatamente la ecuación “bienestar del ser = prosperidad material”, sobre todo si se entiende el segundo concepto como simple vida vegetativa[32]. El fascismo no admite el concepto de hombre como simple productor de medios económicos, ni que la lucha de clases sea el motor de la historia, una historia en la que el hombre sólo es apreciado en su interés material. La Crítica de Moeller van der Bruck puede ser admitida por todos los fascista: “A la injusticia social, Marx no opone más que una utopía, la idea de una clase única que ha de realizar una “Revolución Universal”. ¿Qué papel ocupan, en su doctrina, los pueblos ligados a su Sol, a su Patria, a sus tradiciones? El “Manifiesto Comunista” es todavía más abstracto que el “Contrato Social”. ¡Este es el “Unstaat”, el monstruo socialista de cara indistinta y amorfa! Este es el rostro de La Internacional”.

            “El marxismo es una doctrina puramente telúrica, eudemonista y materialista. Al igual que en la burguesía capitalista, todos los grandes principios son reducidos a su utilidad práctica. El hombre -dice Marx- debe asumir las condiciones concretas que le permitan realizar los fines a los que está destinado, los que debe proponerse en exclusiva. Marx se propone enfermar a la sociedad en un proceso social estrictamente limitado; se propone eliminar todos los improvistos de la vida. Aquí no demuestra ser sino un perfecto burgués, lleno de ese intelectualismo judío que es completamente extraño a la realidad europea y a las aspiraciones cristianas. Marx es Judas traicionando eternamente a Jesús, y su socialismo científico no es sino la contrapartida del industrialismo deshumanizador y asesino de la verdadera vida”[33]

            El marxismo, como ideología tecnocrática, está fascinado con el progreso técnico que entraña una transformación extraordinariamente rápida de las situaciones sociales y económicas. Todos los problemas morales, sociales y políticos subsistentes son secundarios en esta empresa de desarrollo técnico. Se llega así a una verdadera religión consistente en creer que todos los problemas restantes se resolverán a sí mismos gracias al consabido progreso técnico. Este es el producto de una de las más grandes hipnosis que la concepción económica de la vida ha impuesto en la mentalidad del hombre moderno. El mismo concepto de justicia queda limitado a una u otra forma de distribución de los bienes materiales. Todo espiritualismo se desvanece en una carrera insensata tras la materia, en los “bienes materiales” propuestos como el fin último de la vida. El capitalismo, en tanto que sistema económico, es incapaz de proponer ningún proyecto colectivo sin caer inmediatamente en sus propias contradicciones o en oposiciones irreductibles. El capitalismo no es, en los hechos, nada más que la esfera económica de un sistema más vasto llamado liberalismo. El liberalismo político es completamente incapaz de ofrecer un proyecto colectivo de vida en común, ya que se funda sobre la pluralidad de proyectos y de corrientes múltiples. El consenso tiende a ser la solución normal, es decir, que las soluciones medias -las “medias tintas”- son las que generalmente se imponen. El resultado es una mediocridad generalizada que excluye toda trascendencia, un realismo de indiferencias. En el liberalismo no hay amigos ni enemigos, sino una gran sociedad de consumo. Pero -decía Carl Schmitt- en el momento en que se pierde la capacidad o la voluntad de operar en la distinción amigo/enemigo, un pueblo cesa de existir políticamente, de forma instantánea. A la contra, el estado fascista, encarnación de una idea y de una voluntad, se remite a una realidad superior a la económica.

 

2 - UNA VISIÓN TRÁGICA DE LA VIDA. UNA ÉTICA HEROICA.

 André Malraux dijo en una ocasión que un hombre activo y pesimista, o lo es, o será un fascista. Sin duda, tenía razón. Tomado en lo que tiene de esencial y de concreto, el problema del fascismo se identifica con el problema de la angustia. Angustia ante la vida y ante sí mismo: tal es la fuente existencial primera del hombre fascista. Siguiendo a Georges Sorel, todo optimismo simboliza una flexión manifiesta de la inteligencia y del carácter. Ser optimista es estar asociado a la decadencia de la civilización humana. El hombre fascista, por contra, es profundamente pesimista; el sentimiento trágico le invade por entero. Este es un sentimiento que nace, esencialmente, de tres factores diferentes: 1) la conciencia de las contradicciones existentes entre la fragilidad de nuestros medios, el hecho de que a fin de cuentas seremos vencidos por la muerte, y el poder que nos confiere la posibilidad de historiar nuestra vida y, así, en una cierta medida, de dominar los tiempos en que nos ha tocado vivir; 2) la propensión natural a aceptar este enfrentamiento en todo instante, lo que no supone un motivo de renuncia, sino una incitación suplementaria para nuestra autoafirmación; 3) la negativa, no menos natural, de toda perspectiva consolante a abolir los dos factores precedentes. La reflexión fascista parte, pues, de la constatación de la inexistencia “teórica” del hombre en un mundo absurdo. Esta atestiguación empuja al hombre fascista a una revuelta en la cual entrevé la posibilidad, por la elección deliberada de ciertas reglas, de participar en un destino colectivo que le permita dejar sus trazos en la historia mediante una existencia realmente auténtica. Para él, esta elección es heroica, marcada por una voluntad deliberada de ignorar las religiones consoladoras. En efecto, como señala Heidegger, el hombre se presenta la fe como el objeto de una elección, siendo él el autor de la elección. Ser, para él, es ser en situación, ser ante la posibilidad de elegir. “La elección trascendental del hombre trágico, lo que le constituye específicamente como tal, es el avanzar de acto en acto, teniendo los ojos bien abiertos”[34]. La revuelta de este hombre ante “su” situación, que juzga absurda, es “la seguridad de un destino aplastante, pero en donde no tiene cabida la resignación que acompaña al resto del género humano ante una situación similar”[35]. Es así que la acción es asumida como la finalidad profunda de la vida, como la manera de ser original, “esencial”. Esto le empuja a aceptar una causa, a combatir por una idea, a aceptar el vértigo de su propia inconsistencia, es decir, a asumir su libertad. La libertad, para el fascista, no consiste en “vivir” la historia, sino en “escribirla”. En este horizonte, un acto puede cambiar la vida. Esta vida, así, deviene entonces un “juego”, porque “Cuando un hombre se sabe libre y decide usar su libertad (...) su actividad será entonces un juego donde él será el jugador principal que tiene en él mismo el valor y las reglas de sus actos”[36]. Reglas que se resuelven en “una” regla que debe orientar nuestra actividad política e intelectual de cada día. Montherlant, en su obra “El solsticio de junio”, se interroga: “¿Qué somos a fin de cuentas? Una inteligencia que tiene sangre. La sangre nos empuja al combate; la inteligencia nos lleva a la duda y a la incredulidad. El combate sin fe es la fórmula a la que parece que estamos destinados. Todos debemos elegir entre una fe de héroe o una fe de borrego, y aquí no hay camino del medio”. La lucidez y la duda heroicas del hombre fascista le llevan a desconfiar de los postulados de la Iglesia católica. El fascista comparte la idea desarrollada por Renan en su “Historia del pueblo de Israel”, según la cual “La religión es una impostura necesaria. Cuando la estupidez de la raza humana admite la verdad, nunca la admite por medio de las buenas razones, dejando siempre el camino accesible a los malvados. En su forma más original[37], el fascismo es republicano y anticlerical, y si en alguna ocasión, en algún lugar y momento (como ocurrió durante el “ventennio” de entreguerras) se ha asociado con la Iglesia y con la monarquía, siempre lo ha hecho con cierta repugnancia y como un mal necesario. Marinetti, el jefe de filas del movimiento estético y artístico de los “futuristas”, afirmaba: “Estamos poseídos del más intransigente anticlericalismo. Queremos liberar a Italia de los curas, de las monjas, de los cirios y de los campanarios”[38]. Mussolini matizaba mucho más: “El fascismo se humilla ante el Dios de los ascetas, de los héroes y de los santos, y, sobre todo, ante Dios que es adorado en los corazones sencillos y generosos del pueblo”[39]. La Iglesia es considerada, en cuanto institución, como un mal menor del que no es necesario preocuparse si no interfiere en las acciones del Estado Popular[40]. Pero, por el contrario, la oposición al clericalismo, al “partido de los güelfos”,  encarnado en los demócrata-cristianos y en los católicos “progresistas”, es total. Robert Brasillach, en un artículo escrito con motivo de la Guerra de España, declara: “El panorama se divisa perfectamente: de un lado las iglesias quemadas, del otro, inmensas provisiones de agua bendita que apagan los incendios (...) Toda colaboración contra el comunismo es un crimen contra la nación y contra la fe, y ello debería incluir a los curas rojos”[41]. El fascismo siempre miró con desconfianza y cierto recelo hacia esa parte del cristianismo que rechaza la posibilidad de una espiritualidad viril, que niega la trascendencia heroica. “Tenemos necesidad de heroísmo, y no hemos dicho que tengamos necesidad de guerra, sino de ese heroísmo que simboliza la tentativa sublime del hombre por hacer frente a la naturaleza y al destino”[42]. Para el hombre fascista, la vida es un destino al que no puede ni quiere sustraerse: la libertad, en su última expresión, consiste en atravesar los acontecimientos con o sin honor. La existencia no es un fin en sí (la vida no es nada si no se dota de un valor), sino el medio que se nos brinda para una realización y una superación de nosotros mismos. Enfrentado a las concepciones reduccionistas y cuantitativas asociadas a la sociedad-masa igualitaria, el fascista posee una concepción ética y estética ligada a la sociedad-pueblo jerárquica. Aprecia la vida en su intensidad y no en su duración. Afirmaba Nietzsche que el último hombre es el que vive más tiempo, y Mussolini solía decir con frecuencia que “es mejor vivir un día como un león que cien años como un cordero”[43]. El fascista, frente al burgués, se preocupa más en lo que puede dar de sí a la vida que en lo que de ella puede expoliar. El grito de “¡Viva la muerte!”, que en su literalidad es un absurdo y un contrasentido, es voceado por el fascista en su horror a mirar una vida vacía y sin contenidos esenciales y existenciales, es la consecuencia del total desprendimiento de sí. El fascismo transforma la fatalidad más agobiante en una eventualidad para la gloria. Hegel decía que el destino es la consciencia del sí-mismo como de un enemigo, pero que no hay lugar para la tragedia si el hombre es el artista de su propio devenir voluntario. “Al extremo de la cuerda, el adversario -esa realidad que te devuelve tu mirada- es la muerte”[44]. Pero la muerte, más que arruinarla, nos ofrece la posibilidad de dotar a la vida de un destino. Drieu La Rochelle dijo en cierta ocasión que el hombre fascista dejaba de ser él mismo si ofrecía su vida pensando que acaso pudiera recuperarla. Montherlant, en sus “Carnets”, ha definido perfectamente este estado del espíritu con palabras siguientes: “Se suicida uno por respeto a la vida, cuando la vida ha dejado de ser digna de nosotros mismos; pero, ¿qué hay de más honorable y digno que el respeto a la vida?... El suicidio es, esencialmente, un reto. ¿La muerte es indestructible? Bien, más o menos depende de mí... es el último acto en que el hombre puede demostrar que domina su vida, en lugar de ser dominado; y no hablamos del suicidio precipitado y cobarde, egoísta, sino del reflexivo y generoso”. El hombre fascista es un enamorado de la vida, del juego del azar llevado a sus últimas consecuencias, y es por ello por lo que no debe temer a la muerte.

3 - UNA VISIÓN  ANTICONFORMISTA Y ANTIBURGUESA  DE   LA  ACCIÓN.

 Hoy por hoy, el conformismo es programado, sugerido e impuesto como necesidad al amparo de ciertos sectores intelectuales que no encuentran otro asidero ideológico que no sea el de la última moda. “La alineación a un pensamiento correcto entraña necesariamente la sumisión a una actitud correcta, que en la sociedad de consumo comprende la buena voluntad hacia las instituciones, el optimismo democrático, la ambición de ser semejante a los colegas y de aspirar a ser el favorito del jefe, la satisfacción de ser un buen cliente y un buen ciudadano, esforzado en conseguir dinero para comprar cada vez más cosas que nos son inútiles. Todo ello a título individual, pero cediendo cada vez más nuestras responsabilidades (políticas, sociales, económicas, ecológicas. familiares, municipales...) a un Estado-Sistema que sufre un acelerado proceso de privatización multinacional. La conciencia industrial es completada con una educación industrial que encamina sus esfuerzos a hacer de nosotros unos consumidores teledirigidos.  La administración y los tecnócratas, menos hipócritas que los académicos, hablan de nosotros como de “sujetos” (en su sentido de “sujetar”, “reprimir”, “dominar”) y nos  califican de “recursos humanos”. Esta es una sociedad donde no existen virtudes, sino normas”[45]. Contra esta “normalidad” el fascismo sedujo a la juventud con las fuerzas apasionadas que logró despertar: fuerzas de ruptura, de defensa y de acción revolucionaria. No es el mito del bienestar el que puede desatar la energía de la juventud, sino el espectáculo de los grandes acontecimientos, la actividad universal, la pasión desenvuelta en el combate por aquellas causas en las que vale la pena darlo todo de sí. El fascismo conquistó un lugar en el corazón de las juventudes europeas cuando reclamó su atención heroica y militante. Drieu La Rochelle dejó escritas unas palabras muy profundas: “El fascismo no ha conquistado masas en Francia porque en Francia apenas hay vida”. Montherlant, en su “Equinoccio de septiembre”, señaló muy oportunamente: “Golpeándole en su rostro, así es como podemos liberar al hombre de su vida insípida. La inteligencia, la vivacidad, la personalidad, la hidalguía, todas estas palabras son sinónimos de energía”. De un modo generalizado, una cierta juventud metafísica, no obstante y a pesar de todo, subsiste en todo aquello que vive y vibra, en todo lo que se reconoce con aquello que dijo Boris Vian: “Detestamos todo lo que es plácido, monótono y mediocre. Las estrellas novas brillan mil veces más que sus ancianas y monótonas compañeras”. Drieu La Rochelle escribió verdadera poesía en su obra “Socialismo fascista”: “El fascismo es la vida aliada con la fuerza, el fascismo es el horror hacia la vida cómoda, es el desinterés de la propia existencia  en aras de las grandes perspectivas; este es el motivo de su triunfo entre las juventudes, porque la verdadera juventud puede definirse como el instante en que la vida se convierte en un don de sí”. El fascista reconoce en la moral burguesa el verdadero ideal del capitalismo liberal, aunque a veces la primera denuncie al segundo; una moral que reduce todo el esfuerzo humano a las actividades materiales, que reduce toda ética a la actitud ante el mostrador. Enferma en su “sweet home”, la burguesía cree saborear su mediocre vida. Desbordada de derechos privados, exenta de deberes sociales, la conciencia burguesa es esencialmente una conciencia de la tranquilidad. Ortega y Gasset escribió: “Una de las características más tristes de nuestra era ha sido la proclamación de los derechos de la mediocridad y la institucionalización de la mediocridad como derecho”[46]. Esta situación le resulta intolerable al hombre fascista: “Se soporta la mediocridad en tanto que se es masa, pero se la ve como una humillación de la que se debe escapar gritando con justa cólera. El salir de la botella es una imposición moral para el fascista, para el hombre que ve una moral, casi una religión, en la voluntad y en el heroísmo”[47]. La imposibilidad que tienen las democracias burguesas de fundamentarse sobre valores éticos reales provoca que extiendan generosamente la mediocridad como medida terapéutica entre las masas. El burgués es un ser que desconoce que la ética debe ser vivida; para él, el pronunciar un sí o un no es una cuestión que debe ser debatida y negociada; es un ser que confunde el estancamiento con la prudencia, la pasividad  con la sabiduría, la apatía con la estabilidad social.

            En Italia, en 1919, el programa futurista escandalizó a la sociedad burguesa de su época con sus proclamaciones republicanas (“Sólo Italia es soberana”), con su violencia anticlerical (“Una sola religión, la Italia del mañana”), con su revisión radical de las costumbres aceptadas (“Divorcio fácil, valorización progresiva del amor libre”), con su planteamiento revolucionario en el plano social (“Futura socialización de las tierras, sistema fiscal de imposición directa, derecho de reunión y de organización, libertad de prensa”), con sus posiciones políticas antecesoras del corporativismo fascista (“Transformación del parlamento, por una justa participación de industriales, de agricultores, de técnicos, de obreros y de comerciantes, en el gobierno del país... abolición del Senado”). En mayo de 1924, Benedetto Croce, en un artículo en “La Stampa”, describía las influencias del futurismo sobre el fascismo: “La determinación de descender a las calles para expandir sus ideas, de responder violentamente a sus difamadores, la sed de novedades, el ardor decidido de romper con las tradiciones degeneradas, la glorificación de la juventud...  son todos motivos típicos del futurismo, concebidos como reacción ante la hipocresía parlamentaria y la indiferencia social de los viejos partidos”.[48]

            Para el fascismo, la moral cristiana y humanitaria se identifica con las reivindicaciones pseudosociales del marxismo. Este moralismo no es sino un artificio de las fuerzas subconscientes del hombre: es una voluntad de poder desviada, es la revancha más o menos inconsciente de los seres más inauténticos, de aquellos que sufren secretamente la mengua de su propia personalidad. La moral del falso humanismo es la venganza de aquellos que se ven incapacitados para obrar según las leyes espontáneas de la naturaleza. La actitud de pretender cambiar el nombre y la esencia de los valores y los contravalores es tremendamente significativa a este respecto. La impotencia pasa a ser la “abstención voluntaria”, la resignación no es sino el “desinterés por las cosas del mundo”, la inercia es “humildad”, la cobardía es un “sacrificio a la causa común”, etc. Aquí se enfrentan dos tipos de comportamiento: a las antítesis de la ética del honor (noble-bajo, digno-indigno, verdadero-falso, valeroso-cobarde, fiel-traidor, lógico-absurdo, racional-desequilibrado, honorable-deshonroso), la moral del pecado responde con antítesis abstractas que no son sino deformaciones  de  los  verdaderos  valores  (bien-mal, humilde-insensato, sumiso-orgulloso, espiritual-carnal, dominador-dominado). De este modo es como nace en el corazón humano el germen de la enfermedad psíquica: el sentimiento de culpa. Por ello, la conciencia pura deviene  en conciencia de culpabilidad. Por el contrario, en la ética del honor, la conciencia pura constituye un tribunal permanente donde cada uno se enfrenta, cara a cara, consigo mismo, frente a sus propias exigencias y a sus propios esfuerzos. En su “Homenaje a Zola”, Celine reflexiona de este modo: “La función de la moral socialburguesa no es sino la forja de un sentimiento de culpabilidad tan fuertemente arraigado que nos haga impotentes a la hora de reclamar justicia. La vida, que es la justicia máxima, lleva cincuenta siglos luchando contra la angustia”[49]. Por su parte, el hombre fascista considera, al igual que el “Zarathustra” de Nietzsche, que “la moral exterior está en contradicción con las condiciones de la existencia”. No se pueden refutar las condiciones de la existencia, pues el hombre, en palabras de Ortega y Gasset, es él más sus circunstancias. No se puede aspirar a una liberación abstracta de entes abstractos, somos hijos de nuestro destino particular y comunitario.

            Entre los valores rehabilitados por el fascismo hay algunos que son considerados como fundamentales: el desprecio por lo banal y por lo rutinario, el gusto por la grandeza; la negación de un idealismo mentiroso disimulado bajo una moral universal de idealismos confortables; el esfuerzo por repensar la idea de “orden”, arrancándola de sus compromisos burgueses; la certidumbre, en fin, de que existen valores de vida que valen más que la propia vida en sí, que merecen el sacrificio. En la axiología fascista la sangre del héroe tiene más valor que las lágrimas del santo, más que la tinta del sabio; la fidelidad y el honor están por encima de la humildad, la justicia es apreciada más que la caridad, la cobardía y la vergüenza son un mal peor que el pecado. El hombre fascista es el portaestandarte de una ética de la acción que fue la grandeza de Europa, una ética que debe renacer para poder relanzar esa grandeza perdida.

  

4 - UNA VISIÓN ELITISTA DE LAS RELACIONES SOCIALES.

El análisis elitista de las relaciones sociales realizado por el fascismo es consecuencia de la exigencia del renacimiento de una cierta ética, además de la crítica fascista de la plutocracia, la visión cíclica de la historia y la proposición de un Estado “orgánico”, puntos que examinaremos todos uno por uno.

            “Es la capacidad natural de ciertos hombres para arrastrar a la acción a otros hombres lo que nos hace comprender el origen de la primera formulación social”[50]. Estos hombres de los que habla Bertrand de Juovenel son los “hombres de élite”. Raymond Tournoux, en su obra “La tragedia del general”, nos describe así sus reflexiones personales: “Las élites siempre están ausentes de los salones de baile. Las élites son las gentes que se baten en la primera línea, que arriesgan, que se forjan en el sacrificio”. El principio de la “igualdad fundamental entre todos los seres humanos” es muy querido para las democracias parlamentarias, pero no deja de ser un verbalismo pusilánime e infantilista. El fascismo considera que este principio no es el fruto de un “noble ideal”, sino de una noción que es un absurdo lógico y que representa, por sí, la regresión y la degeneración[51]. La esencia del liberalismo es el individualismo, el fundamento de su error es la confusión entre los conceptos de “persona” e “individuo”. El individuo es un concepto puramente numérico, cuantitativo, fruto del mundo de lo inorgánico. La persona, por el contrario, es el individuo diferenciado por la cualidad, que posee una naturaleza propia y una serie de atributos que le hacen ser “sí-mismo”, distinto del resto de los demás. La “tabla rasa” democrática reposa sobre un error propio del cientificismo, desmentido por ciencias como la genética, que ha mostrado como, desde su nacimiento, los individuos muestran diferentes aptitudes y distintos atributos, únicos para cada uno en oposición a la generalidad. La vida de los individuos es el resultado de la interacción entre su capital genético y el medio natural y social. La acción formativa del medio es considerable, pero el genotipo de cada uno determina las virtualidades que el medio más tarde favorecerá o inhibirá. El análisis elitista del fascismo se apoya, sobre todo, en los trabajos de Wilfredo Pareto, que siguen siendo una fuente esencial para la comprensión de las estructuras sociales. En el siglo XIX, Karl Marx creyó descubrir en el fenómeno de la lucha de clases la explicación de la evolución interna de las sociedades. A finales del mismo siglo y a principios del XX, Wilfredo Pareto dedujo que la evolución social no era el producto de la lucha entre clases antagonistas, sino el resultado de la oposición entre la élite y la masa, y, especialmente, de las luchas entre las distintas élites para la conquista del poder. Esta oposición, este choque, pensaba Pareto, es el fenómeno general a partir del cual se puede explicar la lucha de clases, pero nunca al revés. La lucha de clases termina donde empieza la oposición élite-masa, esta es la ley fundamental de la sociología de Pareto. La existencia de clases presupone una clasificación horizontal de la sociedad, donde las élites ocupan las franjas superiores -la “espuma”, en la terminología de Pareto- por encima de las masas indiferenciadas. La clasificación social de Pareto se opone a la establecida por Marx, que presenta las clases sociales como bloques monolíticos. Para Pareto, todos los factores de la vida social reaccionan los unos frente a los otros, de tal manera que se determinan mutuamente en sus constantes acciones y reacciones, y esto a la vez en el tiempo y en el espacio. No es una cuestión de causas y efectos, sino de dependencia mutua. El análisis de Pareto hace de las minorías los verdaderos sujetos agentes de los movimientos históricos. Más correctamente, la lucha política no es producto del enfrentamiento entre dos élites, sino el resultado de una batalla en el seno de una minoría detentadora del poder, minoría que surge de la “espuma” de la masa del pueblo. La nueva élite triunfante, en efecto, eleva sus reivindicaciones y sus derechos en el nombre de todo el pueblo, aunque, consciente o inconscientemente, su resultado objetivo específico no es otro sino la conquista del poder.

            La élite fascista es una élite de los tiempos de crisis, es la perfecta antítesis de las élites del “establishment” burgués. “La actual élite gubernamental, al ser precisamente gubernamental, casi nunca hace uso de la fuerza, pero abusa sistemáticamente de esa demagogia que es tan querida por la plutocracia”[52]. El sociólogo Jules Monnerot, en su libro “Sociología de la revolución”, explica claramente el fenómeno: “El encuentro entre una coyuntura histórica crítica y de una élite portadora de valores que se oponen a los hasta entonces imperantes, es lo que hace posible la revolución. La élite es la que posee la audacia, la fe, el carácter, la disposición para asumir responsabilidades, el activismo en suma. La élite revolucionaria es la encargada de lograr la radicalización de las masas, la tendencia a la politización de las categorías sociales, la encargada de arrancar al pueblo del conformismo, de apasionarle por la cosa pública. La élite no tiene ni debe porqué representar a la denominada “mayoría silenciosa”, sino a los valores que deben imponerse por encima de esta”.

            La élite, en los esquemas fascistas, no admite exclusividad alguna. En el “Estado orgánico” la élite toma su sustancia de las mismas entrañas del pueblo, renovándose en un proceso continuo, distinguiéndose y desligándose de las castas y de las oligarquías que se perpetúan de forma hereditaria o cuasi-hereditaria. El fascismo se ve a sí mismo como una jerarquía viva. Renè Guènon lo explica de la siguiente forma: “Hemos de repetir las consecuencias que entraña la negación de toda visión jerárquica: en el presente estado de cosas los hombres  no cumplen su función propia sino excepcionalmente y como por accidente, cuando la excepción debería ser la situación contraria; e incluso, los hombres tienden a ejercer sucesivamente funciones totalmente diferentes, como si las aptitudes pudieran ser cambiadas a voluntad. Esto puede parecer paradójico en una época de superespecialización, como lo es la nuestra, y sin embargo así es, sobre todo cuando pensamos en el orden político. Si la competencia de los “especialistas” es, con frecuencia, un hecho ilusorio, en tanto que se limita a un dominio del conocimiento del todo estrecho, la creencia en esta competencia es, sin embargo, un hecho, y no podemos pretender que esta creencia no represente rol alguno en la carrera de los políticos, donde la más completa incompetencia raramente es un obstáculo. Por lo tanto, si se reflexiona, se percibe claramente que no hay nada más extraño que esa concepción “democrática” en virtud de la cual el poder viene de la base y se apoya esencialmente en la mayoría, lo que implica inmediatamente la exclusión de toda verdadera competencia, porque la competencia es siempre una cualidad que poseen los menos y que no puede ser sino propiedad exclusiva de las minorías”[53].

            Decir que un hombre es igual a otro es un punto de vista o bien propio del pensamiento liberal o bien del pensamiento marxista; esta es una idea que, con lógica, conduciría a ver que no es la masa la que cree, ni es la mayoría la que organiza o reflexiona, sino, siempre y en todas partes, el individuo absoluto. El fascismo, en efecto, se apoya sobre la idea de las mayorías[54], pero siempre fundadas sobre el principio de la personalidad. Así, en sus esquemas, nada hay que entorpezca el valor otorgado a la jerarquía del mérito y al gobierno de los mejores. El fascismo implica de un modo inmediato la “personalización” del poder. Para el fascismo siempre existe algo mucho peor que el poder personal: el poder impersonal, es decir, el poder irresponsable por su misma naturaleza. En el Estado fascista, todo poder es personal en el nivel en que se ejerce, pues de otra forma dejaría de ser un poder responsable. En la cúspide de la jerarquía, el poder personal es, de hecho, infinitamente más vulnerable que el poder impersonal, ya que asume todas las responsabilidades y todos los riesgos, y al igual que representa las adhesiones de la comunidad política, cristaliza todas las oposiciones y todos los odios. El líder fascista belga[55] Leon Degrelle dejó impresa su visión del “gran hombre”, en su obra “Almas ardiendo”, de este modo: “La humanidad normal desemboca, en su estado superior, sobre el tema de las grandes cuestiones, de los grandes asuntos. Que el tema sea la administración o el ejército, la construcción de un gran edificio público, de un automóvil o de una computadora, posiblemente esto sea lo de menos. Pero es aquí donde los espíritus que se alzan por encima de lo vulgar toman carta de naturaleza. La humanidad está compuesta por multitudes de seres humanos de cerebro medio, de corazón medio, de rutina media. Pero de pronto, bruscamente, en el cielo de una nación puede verse la estela fulgurante de un ser que se sitúa por encima de lo común. Y de pronto, el común de las gentes, que por lo general suelen poseer las mismas cualidades excepcionales de ese ser, pero en estado aletargado y atrofiado, al recibir el brillo de esa luz, se reaniman, reaccionan, responden y corresponden, a su pequeña escala, sintiendo sus vidas transformadas. El hombre de genio es similar a un formidable poste emisor a la vez que receptor. El hombre de genio puede llamarse Alejandro o Gengis-Khan, Mahoma o Lutero, Victor Hugo o Mussolini. Los genios formadores de pueblos, los genios fascinantes de colores, de volúmenes, de palabras, son proyectados, con mayor o menor intensidad, sobre sus destinos ineludibles”. Los hombres de excepción se unen con el pueblo en los lazos poéticos y religiosos donde la naturaleza es esencialmente irracional. Es un lazo situado por encima de las palabras. El verdadero jefe es siempre producto de la élite, nunca de la base. Lo que es superior nunca es consecuencia de lo que es inferior, y esta es una ley metafísica ineludible. El líder es el producto de aquello suprapersonal y no-humano que se  manifiesta en él. Una máxima de los antiguos germanos dice: “Que el que sea jefe nos sirva de puente”, puente entre la inminencia de la vida cotidiana de la persona y la trascendencia del destino histórico de la comunidad.

  

LA VISIÓN FASCISTA DE LA COMUNIDAD POLÍTICA

                

5 - UNA VISIÓN REALISTA DE LA DEMOCRACIA

 Es costumbre afirmar que el fascismo, postulando un reforzamiento del poder y una restauración del Estado con la ayuda de un partido único, es esencialmente antidemocrático. La experiencia histórica ha demostrado la pluralidad de aplicaciones que pueden tener las instituciones de ideal democrático, con numerosísimas aplicaciones desde la antigüedad hasta nuestros días. Lo que el fascismo critica es esta forma de democracia nacida de la exaltación de los principios de la subversión burguesa de 1789; lo que se está poniendo en tela de juicio son los principios de la filosofía del liberalismo, no de la democracia.

            En política, el liberalismo ha dado nacimiento a la democracia parlamentaria y a los partidos políticos, pero, paralelamente, sobre el plano económico, también ha dado nacimiento a las oligarquías financieras y, en consecuencia, a la ideología de la lucha de clases. El fascismo afirma que el liberalismo es la fuente y origen de la descomposición política y social de una nación, el origen principal de la subversión. Oswald Spengler, en su obra “Años decisivos”, escribe: “Liberalismo y bolchevismo son dos antípodas de un mismo pensamiento, de unos mismos valores; liberalismo y bolchevismo son, respectivamente, la forma primitiva y la forma avanzada, el principio y el fin de un mismo movimiento, de una misma acción”. Y José Antonio Primo de Rivera, en su discurso del Teatro de la Comedia del 29 de octubre de 1933, dijo: “Cuando en marzo de 1762 un hombre nefasto llamado Juan Jacobo Rousseau publicó “El contrato social”, dejó de ser la verdad política una entidad permanente (...) Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, diferente a cada una de nuestras almas, y que ese “yo superior” está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresaba por medio del sufragio -conjetura de los más que triunfa sobre los menos en la adivinación de la voluntad superior-, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que en un momento dado se suicidase”.

            La actitud liberal es una manera de tomar a broma el propio destino. La actitud liberal produce un régimen político donde el principio de irresponsabilidad se extiende desde la base hasta la misma cúspide del Estado. “Si se define la “democracia” como el gobierno del pueblo por sí mismo, es evidente que nos encontramos ante un absurdo lógico, ante una contradicción en los términos, puesto que no podemos admitir que los mismos hombres sean a la vez los gobernantes y los gobernados”[56]. Hobbes ya dijo, en su tiempo, que era propio del pensamiento mitológico atribuirle voluntad a algo más que al individuo o individuos dotados de la misma. Para Hobbes sólo hay una salida política: los hombres que componen una comunidad reconocen su voluntad en un solo ser. “La gran habilidad de los dirigentes del  mundo moderno es hacer creer al pueblo que él se gobierna por sí mismo; y el pueblo se deja persuadir a la vez que adular por esos dirigentes, no viendo que todo ello no es sino una gran estafa, además de un imposible. Para hacer creer esta ilusión se creó el “sufragio universal”: es la opinión de la mayoría la que se supone que hace la ley, pero lo que no se percibe es que no hay nada más fácil de dirigir y manipular como la opinión, pues siempre se puede, con la ayuda de las sugestiones adecuadas, provocar corrientes de opinión que van en tal o en cual dirección”[57]. Emmanuel Mounier también percibió el absurdo del sistema de sufragio universal y del régimen parlamentario. Para Mounier, la mayoría de las veces, el pueblo expresa su opinión sobre temas en los que no tiene una evaluación determinante, y el individuo suele dar su voto guiado por la sugestión pasional cuando no por la simple propaganda. “El sufragio universal supone un voto único, nacional y global, representante de la “voluntad general” así como de los intereses generales y locales, conciliador de sociedades divergentes, de creencias heterogéneas, de hechos mal conocidos... el agricultor opina sobre asuntos de diplomacia y el literato sobre asuntos de industria... Y lo peor es que son votos perfectamente intercambiables que se exponen en circunscripciones artificiales. ¿Representante del pueblo?..., este es el gran engaño del parlamentarismo, un régimen que es una oligarquía de hombres ambiciosos que para obtener más beneficios se apoyan sobre la voluntad electoral, voluntad que ellos dirigen y guían a su antojo”[58].

            Estas críticas no se circunscriben a la democracia parlamentaria, sino que sobre todo se orientan a la demo-plutocracia, que es el marco general donde se encuadra la primera. La demo-plutocracia es el verdadero rostro de la democracia parlamentaria, y podemos definirla como el marco ideológico en el cual se insertan las luchas intestinas de las oligarquías financieras que “forman” la opinión pública. “¿Existe algo más grotesco que un sistema electoral democrático? En él nadie tiene la esperanza de triunfar por opiniones rigurosas; los electores votan bajo las órdenes estrictas de la prensa y de los grupos de presión que la dirigen, para no volver a ser “libres” hasta los próximos comicios”[59]. “¿Qué es la opinión pública? Fundamentalmente la prensa. ¿Quién dirige la prensa? Fundamentalmente el dinero. El dinero: esta es la verdadera raíz de todo poder democrático, de todo poder dependiente de la opinión pública”[60]. “El imperio del dinero es un imperio sin ley moral. La única ley es la del interés. Los hombres del dinero no otorgan la menor importancia al bienestar de la Patria ni al bienestar del Pueblo. Es por ello que la democracia es su instrumento, pues todo poder fuerte les perjudica, les pone impedimentos y límites a sus leyes. Todo poder real del pueblo es inquietante para los plutócratas democráticos, porque el pueblo podría reclamar justicia. El régimen de los partidos políticos es su paraíso dorado, un sistema donde el poder es puesto constantemente en cuestión, donde los ambiciosos de turno siempre recurrirán a los plutócratas para obtener sus sueños banales de gloria[61]”. Los diputados dependen de los industriales que les subvencionan, o de sus partidos subvencionados, lo cual viene a ser lo mismo. “Esta democracia reposa sobre la farsa, sobre la prostitución de la opinión vendida al mejor postor, sobre las falsificaciones, sobre las maniobras de última hora, sobre la perversidad de los amaños post-electorales, sobre la mentira generalizada”[62]. Los feudos de la modernidad son las oligarquías financieras y las jefaturas de partido, los grupos de presión semiclandestinos, y los altos estados autorreclutados. “Muy a menudo elegir un diputado significa dar inmunidad parlamentaria al primer imbécil o al primer canalla”[63]. “La experiencia ha mostrado que, en todos los países donde la democracia ha desarrollado libremente su naturaleza, la corrupción campa por sus anchas y las personas más ambiciosas no se privan en ocultar intereses bastardos”[64]. Maurice Bardeche dedicó parte de sus reflexiones en desmontar la complicidad que se establece, en los regímenes partitocráticos, entre los barones de la política y de la finanza: “Todos los partidos funcionan de la misma manera: necesitan de las grandes empresas para sus gastos de publicidad y de gestión, y dichas empresas suelen cobrar sus servicios reforzando sus influencias, participando en la gestión del Estado. La corrupción no es una funesta carga ni un mero accidente, forma parte inseparable de la raíz misma de las democracias parlamentarias, es la base donde reposan los verdaderos fundamentos de sus medios de acción. Es inútil pretender combatir la corrupción desde dentro, pues estará presente siempre que lo esté el Sistema, porque ella es, en esencia, el mismo Sistema; el Sistema respira de ella, come de ella. La corrupción es el cordón umbilical que une al dinero con la ideología liberal”[65].

            “Todo partido es funesto para la República -decía Robespierre- y es en el mismo interés de la Nación que el ciudadano debe librarse de ellos”[66]. De hecho, la noción misma de partido es antirrepublicana en su esencia, en cuanto supone la intrusión de un interés “particular” en el seno de la “res publica”.

            Para el fascismo, la democracia es el gobierno del pueblo por la élite emanada del pueblo, dentro de un Estado orgánico. “La voluntad del pueblo se encarna en el Estado a través de los mejores hijos que el propio pueblo ha dado”[67]. “La política puede ser entendida como un negocio o como una religión. La política para el capitalismo representa la ocasión de llenarse los bolsillos; para nosotros, la política es una ocasión de servir al pueblo y a las más honorables causas”[68].

 

 6 - UN ESTADO TOTAL, ORGÁNICO.

Los regímenes de tipo parlamentario o presidencialistas se precian de ser “democráticos”. Pero, de hecho, desde el análisis fascista, se presentan como el poder absoluto del dinero sin impedimento alguno, como el reino de las pandillas y de los comités de banqueros y grandes industriales, como el imperio de las contra-élites. Después de la “Ekklesía” ateniense y de los cantones suizos, que se aproximaban o se aproximan al modelo oficial de democracia, todos los demás sistemas inspirados en la constitución de Norteamérica o en los “principios inmortales de 1789” se han servido de esta palabra mágica, particularmente aduladora para las masas, para elevar al poder a los poderes ocultos que no luchan sino por su propio interés, generalmente enfrentados a los verdaderos intereses de la comunidad popular. Los regímenes plutocráticos siempre se han disfrazado de democracias, y han transformado esta palabra -por usar un lenguaje marxista- en una “superestructura de opresión”. El régimen fascista, por su parte, se entiende a sí mismo como una forma avanzada de democracia. Democracia “totalitaria” la llamó Mussolini, “orgánica” la nombraron otros líderes fascistas europeos. La asociación de estos dos términos (“democracia totalitaria”) puede parecer una paradoja. Pero el hecho de volcar sobre el segundo término (“totalitario”) una carga maléfica no es sino un  producto de la propaganda política que el Sistema triunfante en 1945 arrojó sobre el fascismo, sacando de contexto su sentido y su significado original. Es sobradamente conocida la explicación de Giovanni Gentile, filósofo hegeliano y portavoz del fascismo “oficial”: “Para el fascismo, todo está dentro del Estado y nada tiene valor alguno fuera del Estado. En este sentido, el fascismo es totalitario”. José Antonio Primo de Rivera puntualizaba más al decir que el Estado totalitario es aquel “de todos y para todos”. El epíteto italiano “totalitario” y la expresión “Stato totalitario” aparecen por primera vez con un sentido político en el discurso que Mussolini pronunció con motivo de la inauguración del cuarto congreso del Partido Nacional Fascista, en 1925, donde remarcaba la primacía del poder ejecutivo dentro de la visión fascista del mundo; así, se establecía una “voluntad totalitaria”. Este concepto de “totalitario” reaparece en Alemania en diversas publicaciones de la conocida como “Konservative Revolution”, en la periferia del Partido Nacional-Socialista, pero, curiosamente, su desarrollo intelectual en el país germano fue proscrito en 1933, con la llegada al poder del NSDAP, calificándolo de “ajeno al pensamiento völkisch”[69]. La verdadera paradoja aparece cuando los profesores Hannah Arendt, en su obra “Sistemas totalitarios”, y Raymond Aron, con su “Democracia y totalitarismo”, pretendieron definir un modelo y una realidad totalitaria a partir de unos análisis de los regímenes hitleriano y estalinista. Al terminar su estudio, Hannah Arendt entiende que “el sistema fascista no es totalitario en el sentido que le hemos dado al vocablo (!!!), ya que no reúne todos los criterios por los que lo hemos definido (???). Si nos hemos de rendir a la evidencia, el régimen fascista no puede en justicia ser catalogado como un régimen totalitario”[70]. El calificativo, infamante tal y como se entiende hoy, se pensó en su origen para definir los regímenes hitleriano y estalinista.

            El vocablo “orgánico”, quizás, describa mejor la realidad de la sociedad fascista en su estructura piramidal, jerárquica y corporativa. “En el estado orgánico, el derecho general domina sobre el derecho de los particulares, al mismo tiempo que se facilita la colaboración de los individuos en el seno del orden comunitario. Entre el todo y sus partes, desarrollando cada uno su función propia, no se dan contradicciones esenciales, ya que todos no se dedican al mismo asunto, sino que cada cual desarrolla su propia función”[71]. El Estado orgánico, gracias a su sistema de participaciones jerárquicas, dona a cada una de sus partes una relativa autonomía en tanto esas partes estén ligadas al todo. “Antiindividualista, el fascismo se apoya firmemente en el Estado; y se apoya sobre el individuo en la medida en que éste coincide con el interés de la comunidad popular (...) Se opone al liberalismo clásico, nacido como reacción al absolutismo, donde la función histórica se agota en el día y donde el Estado deviene la conciencia de la voluntad popular expresada en el sufragio universal. El liberalismo debilita al Estado por preferir al individuo; el fascismo reafirma el estado como la verdadera realidad del individuo, pues considera que la libertad debe ser otorgada al hombre real, al hombre de carne y hueso, no al fantoche abstracto imaginado por el liberalismo individualista. El fascismo aboga por la libertad y por la única libertad seriamente definida: la libertad del Estado y la del individuo dentro del Estado, garante de sus libertades reales (...) El fascismo se opone al socialismo marxista que refuerza el movimiento histórico de la lucha de clases e ignora la unidad del Estado que funde las diferentes clases sociales en una sola realidad económica y moral. De forma análoga se opone al sindicalismo de clase (...) Los individuos construyen las clases según sus intereses, construyen los sindicatos según las convergencias de interés de las diferentes actividades económicas. Consecuentemente, el fascismo se opone a la democracia parlamentaria, que rebaja al pueblo a la categoría de número; pero el fascismo se considera a sí mismo como la verdadera democracia, pues otorga al pueblo su verdadera dimensión de ser: cualitativa y no cuantitativa (...) Para el fascismo no es la nación la que crea el Estado, como pensaban las viejas concepciones naturalistas que sirvieron de base a los estados nacionales nacidos en el siglo XIX. Al contrario, es el Estado el que otorga al pueblo, consciente de su propia unidad moral, una voluntad y una existencia efectiva y consecuente. El derecho a la independencia de una nación no deviene de la conciencia -más o menos literaria o ideal- de sus existencia propia, y menos aún de una situación de hecho más o menos consciente: el derecho a la independencia de una nación deviene de una conciencia activa, de una voluntad política activa y dispuesta a demostrar su derecho (...) El Estado fascista, alta forma de la personalidad, es un Estado de fuerza, de fuerza espiritual, sobre todo... El fascismo, en suma, no es solamente un órgano legislativo e institucional, sino también el educador y el programador de la vida espiritual de la nación”[72].

            Se puede hablar de un “integralismo”[73] a propósito del fascismo, ya que integra al individuo, en tanto que persona, en la vida y en los objetivos comunitarios, de tal manera que le es imposible a dicho individuo ser fascista en política y no ser fascista en su profesión, en su familia y en sus diferentes actividades del día a día. A pesar de todo, el Estado no existe por sí mismo, sino en virtud del servicio que persigue y del objetivo que pretende conseguir. El fascismo afirma que si se marcha hacia un gran destino, la necesidad de la marcha obliga a la disciplina, y la grandeza del objetivo la justifica. “Ante todo, el Estado es el proyecto de una acción y un programa de colaboración. El Estado no es consanguineidad, ni unidad lingüística, ni unidad territorial. No es nada material, inerte, dado o limitado. Es un dinamismo puro, un proyecto sugestivo de vida en común, jamás limitado por ningún tema físico”[74]. El Estado no es una providencia, sino una autoridad, una autoridad que se fija objetivos, que se dona de los medios para atenderlos y que decide sobre los mismos. La nación no existe en tanto que conciencia, en tanto que voluntad superior, sino en la medida en que es guiada por un Estado que ejerce su poder “real” (“rex”, recto, etimológicamente, es la manera de indicar el camino a seguir). Toda política implica una voluntad y toda voluntad implica una jerarquía. “El fundamento de todo Estado es la trascendencia de su principio, es decir, del principio de soberanía, de autoridad y de legitimidad. La legitimación más alta y la más real de un verdadero orden político, como lo es el Estado, reside en su función anagógica, es decir, en el hecho que suscita la disposición del individuo a hacer, pensar, vivir, luchar y, eventualmente, morir en función de un objetivo que sobrepasa la simple individualidad”[75]. El Estado fascista es una tentativa de preservar la unidad política en un espacio interior, privado, moral, al mismo tiempo que en un espacio exterior, público y jurídico. Reúne en sus manos el cetro y el báculo, el poder temporal y la autoridad espiritual; intenta retornar a la noción de “Imperium” tal y como la entendía la antigua Roma. En un Estado tal, cada uno posee la libertad que le es propia, medida por la estatura y la dignidad de su persona, no por el hecho elemental y abstracto de ser “ciudadano”. No hay una libertad general y abstracta, sino libertades articuladas según la propia naturaleza de los seres. El fascismo aboga por las libertades concretas que son, en el nivel en que se ejercen, un poder y una autoridad. “¿Qué es una autoridad? Un poder. Aquellos que no pueden no son libres. Los que pueden infinitamente son libres infinitamente. Distintas formas de poder son la influencia, la fuerza psíquica, intelectual o moral. Pero la más alta forma de poder es aquella que designamos como autoridad, y la autoridad no es sino la libertad llevada a su perfección”[76]. La revolución fascista tiene como objetivo crear una sociedad orgánica que considera al individuo, en tanto siempre que persona, a través de las funciones que desempeña en el seno de la comunidad, y no reconoce otra libertad que la que emana en función de las responsabilidades sociales y la solidaridad entre los grupos y los objetivos personales. Cada uno debe participar plenamente en la “unidad de destino en lo universal” de la que hablara José Antonio Primo de River