| EL VIENTO DIVINO O LA MUERTE VOLUNTARIA |
| ISIDRO JUAN PALACIOS |
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Nuestra sombría discusión fue
interrumpida por la llegada de un automóvil negro que venía por la
carretera, rodeado de las primeras sombras del crepúsculo". Rikihei
Inoguchi, oficial del estado mayor y asesor del grupo Aéreo 201 japonés,
charlaba con el comandante Tamai sobre el giro adverso que había tomado
la guerra. Aquel día, 19 de octubre de 1944, había brillado el Sol en
Malacabat, un pequeño pueblo de la isla de Luzón, en unas Filipinas
todavía ocupadas por los ejércitos de Su Majestad Imperial, Hiro-Hito.
"Pronto -recuerda Inoguchi- reconocimos en el interior del coche al
almirante Takijiro Ohnishi..." Era el nuevo comandante de la fuerzas
aeronavales japonesas en aquel archipiélago. "He venido aquí -dijo
Ohnishi- para discutir con ustedes algo de suma importancia. ¿Podemos ir
al Cuartel General?" El almirante,
antes de comenzar a hablar, miró en silencio al rostro de los seis
oficiales que se habían sentado alrededor de la mesa. "Como ustedes
saben, la situación de la guerra es muy grave. La aparición de la
escuadra americana en el Golfo de Leyte ha sido confirmada (...) Para
frenarla -continuó Ohnishi- debemos alcanzar a los portaviones enemigos y
mantenerlos neutralizados durante al menos una semana". Sin una
mueca, sentados con la espalda recta, los militares de las fuerzas
combinandas seguían el curso de las palabras del almirante. Y entones
vino la sorpresa. "En mi opinión, sólo hay
una manera de asegurar la máxima eficiencia de nuestras escasas fuerzas:
organizar unidades de ataque suicidas compuestas por cazas Zero armados
con bombas de 250 kilogramos. Cada avión tendría que lanzarse en picado
contra un portaviones enemigo... Espero su opinión al respecto". Tamai tuvo que
tomar la decisión. Fue así como el Grupo Aéreo 201 de las Filipinas se
puso al frente de todo un contingente de pilotos que enseguida le seguirían,
extendiéndose el gesto de Manila a las Marianas, de Borneo a Formosa, de
Okinawa al resto de las islas del Imperio del Sol Naciente, el Dai Nippon,
sin detenerse hasta el día de la rendición. Tras celebrar
una reunión con todos los jefes de escuadrilla, Tamai habló al resto de
los hombres del Grupo Aéreo 201; veintitrés brazos jóvenes,
adolescentes, "se alzaron al unísono anunciando un total acuerdo en
un frenesí de emoción y de alegría". Eran los primeros de la
muerte voluntaria. Pero, ¿quién les mandaría e iría con ellos a la
cabeza, por el cielo, y caer sobre los objetivos en el mar? El teniente
Yukio Seki, el más destacado, se ofreció al comandante Tamai para
reclamar el honor. Aquel grupo inicial se dividiría en cuatro secciones
bautizadas con nombres evocadores: "Shikishima" (apelación poética
del Japón), "Yamato" (antigua designación del país), "Asahi"
(Sol naciente) y "Yamazukura" (cerezo en flor de las montañas). Configurado de
este modo el Cuerpo de Ataque Especial, sólo restaba buscarle una
identidad también muy especial, como indicó oportunamente Inoguchi; y
fue así como se bautizó a la "Unidad Shimpu". Shimpu, una
palabra repleta de la filosofía del Zen. En realidad no tiene ningún
sentido, es una mera onomatopeya, pero es otra de las formas de leer los
ideogramas que forman la palabra KAMIKAZE, "Viento de los
Dioses". "Está
bien -asintió Tamai-. Después de todo, tenemos que poner en acción un
Kamikaze". El comandante Tamai dio el nombre a las unidades suicidas
japonesas, llamando a sus componentes los "pilotos del Viento
Divino". La escuadrilla
Shikishima, al frente de la cual se hallaba el teniente Seki, salió, para
ya no regresar, el 25 de octubre de 1944, desde Malacabat, a las siete y
veinticinco de la mañana. Sobre las once del día, los cinco aparatos
destinados divisaron al enemigo en las aguas de las Filipinas. El primero
en entrar en picado y romperse súbitamente, como un cristal, fue el
teniente Seki, seguido de otro kamikaze a corta distancia, hundiendo el
portaviones "St.Lo", de la armada norteamericana. Ante los ojos
incrédulos de los yanquis, los restantes tres pilotos se lanzaron a toda
velocidad en su último vuelo, a 325 kilómetros por hora en un ángulo de
65 grados, hundiendo el portaviones "Kalinin Bay" y dejando
fuera de combate los destructores "Kitkun" y "White Plains".
Siguiendo su ejemplo, la unidad Yamato emprendió vuelo un día después,
el 26 de octubre, al encuentro certero con la muerte, después de brindar
con sake y entonar una canción guerrera por aquel entonces muy popular
entre los soldados: "Si
voy al mar, volveré cadáver sobre las olas. Si
mi deber me llama a las montañas, la
hierba verde será mi mortaja . Por
mi emperador no quiero morir en la paz del hogar". Tras el primer
asombro, un soplo gélido de terror sacudió las almas del enemigo, los
soldados de la Tierra del Dólar. Lo asombroso
del Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial no fue su novedad, ni siquiera
durante la Segunda Guerra Mundial. Fue su especial espíritu y sus numerosísimos
voluntarios lo que les distinguió de otras actitudes heroicas semejantes,
de igual o superior valor. La invocación del nombre del Kamikaze
despertaba en los japoneses la vieja alma del Shinto, los milenarios mitos
inmortales anclados en la suprahistoria, y recordaba que cada hombre podía
convertirse en un "Kami", un dios viviente, por la asunción enérgica
de la muerte voluntaria como sacrificio, y alcanzar así la "vida que
es más que la vida". De hecho, la táctica
del bombardeo suicida ("tai-atari") ya había sido utilizada por
las escuadrillas navales en sus combates de impacto aéreo contra los
grandes bombarderos norteamericanos. Pero aisladamente. Asímismo, otros
casos singulares de enorme heroísmo encarando una muerte segura tuvieron
lugar durante esa guerra. Yukio Mishima, en sus "Lecciones
espirituales para los jóvenes samurai", nos narra una anécdota
entre un millón que, por su particular belleza, merece ser aquí
recordada. Y dice de este modo: "Se ha contado que durante la
guerra uno de nuestros submarinos emergió frente a la costa australiana y
se arrojó contra una nave enemiga desafiando el fuego de sus cañones.
Mientras la Luna brillaba en la noche serena, se abrió la escotilla y
apareció un oficial blandiendo su espada catana y que murió acribillado
a balazos mientras se enfrentaba de este modo al poderoso enemigo". Más lejos y
mucho antes, también entre nosotros, tan acostumbrados a la tragedia de
antaño, de siempre, en la España medieval, se produjo un caso parecido a
este del Kamikaze, salvando, claro está, las distancias. Con los
musulmanes dominando el sur de la Península, surgieron entre los
cristianos mozárabes, sometidos al poder del Islam, unos que comenzaron a
llamarse a sí mismos los "Iactatio Martirii", los
"lanzados", los "arrojados al martirio", es decir, a
la muerte. Los guiaba e inspiraba el santo Eulogio de Córdoba, y actuaron
durante ocho años bajo el mandato de los califas, entre el año 851 y el
859. Su modo de proceder era el siguiente: penetraban en la mezquita de
manera insolente, siempre de uno en uno, y entonces, a sabiendas de que
con ello se granjeaban una muerte sin paliativos, abominaban del Islam e
insultaban a Mahoma. No tardaban en morir por degollamiento. Hubo por este
camino cuarenta y nueve muertes voluntarias. El sello lo puso Eulogio con
la suya propia el último año. Tampoco se
encuentra exenta la Naturaleza de brindarnos algún que otro ejemplo claro
de lo que es un kamikaze. De ello, el símbolo concluyente es el de la
abeja, ese insecto solar y regio que vive en y por las flores, las únicas
que saben caer gloriosas y radiantes, jóvenes, en el esplendor de su
belleza, apenas han comenzado a vivir por primavera. Igual que la abeja,
que liba el néctar más dulce y está siempre dispuesta para morir, así
actúa también el kamikaze, cayendo en a una muerte segura frente al
intruso que pretende hollar las tierras del Dai Nippon. El marco tiene
todos los ingredientes para encarnar el misterio litúrgico o el acto del
sacrificio, del oficio sacro. En "El
pabellón de oro", Yukio Mishima describe una misión simbólica.
Una abeja vela en torno a la rueda amarilla de un crisantemo de verano (el
crisantemo, la flor simbólica del Imperio Japonés); en un determinado
instante -escribe Mishima- "la abeja se arrojó a lo más profundo
del corazón de la flor y se embadurnó de su polen, ahogándose en la
embriaguez, y el crisantemo, que en su seno había acogido al insecto, se
transformó, asimismo, en una abeja amarilla de suntuosa armadura, en la
que pude contemplar frenéticos sobresaltos, como si ella intentase
echarse a volar, lejos de su tallo". ¿Hay una imagen más
perfecta para adivinar la creencia shintoísta de la transformación del
guerrero, del artesano, del príncipe, del que se ofrenda en el seno del
Emperador, a su vez fortalecido por el sacrificio de sus servidores? Desde
hace más de dos mil seiscientos años, el Trono del Crisantemo (una línea
jamás ininterrumpida) es de naturaleza divina: ellos son descendientes
directos de la diosa del Sol, Amaterasu-omi-Kami; los "Tennos",
los emperadores japoneses, son las primeras manifestaciones vivientes de
los dioses invisibles creadores, en los orígenes, de las islas del Japón.
No son los representantes de Dios, son dioses... por ello, Mishima, en su
obra "Caballos desbocados", define así, con absoluta
fidelidad a la moral shintoísta, el principio de la lealtad a la Vía
Imperial (el "Kodo"): "Lealtad es abandono brusco de la
vida en un acto de reverencia ante la Voluntad Imperial. Es el
precipitarse en pleno núcleo de la Voluntad Imperial". Corría el
siglo XIII, segunda mitad. El budismo no había conseguido todavía
apaciguar a los mongoles, cosa de lo que más tarde se ha ufanado. Kublai-Khan,
el nieto de Temujin, conocido entre los suyos como Gengis-Khan, acababa de
sumar el reino de Corea al Imperio del Medio. Sus planes incluían el Japón
como próxima conquista. Por dos veces, una en 1274 y otra en 1281, Kublai-Khan
intentó llegar a las tierras del Dai Nippon con poderosos navíos y
extraordinarios efectos psíquicos y materiales; y por dos veces fue
rechazado por fuerzas misteriosas sobrehumanas. Primero, una tempestad y
después un tifón desencadenados por los kami deshicieron los planes del
Emperador de los mongoles. Ningún japonés olvidaría en adelante aquel
portentoso milagro, que fue recordado en la memoria colectiva con su
propio nombre: "Kamikaze", viento de los kami, Viento Divino. El
descubrimiento del país de Yamato, al que Cristobal Colón llamaba
Cipango, y que fue conocido así también por los portugueses y después
por los jesuitas españoles, por los holandeses e ingleses que les
siguieron en el siglo XVI, no fue del todo mal recibido por los shogunes
del Japón. Sin embargo, un poco antes de mediados de la siguiente
centuria, el shogunado de Tokugawa Ieyashu había empezado a desconfiar de
los "bárbaros" occidentales, por lo que decide la expulsión de
los extranjeros, impide las nuevas entradas y prohibe la salida de las
islas a todos los súbditos del Japón. En 1647 se promulga el
"Decreto de Reclusión", por el cual el Dai Nippon se convertiría
de nuevo en un mundo interiorizado, en un país anacoreta. Japón se cerró
al comercio exterior y a las influencias ideológicas de Occidente, ya
tocado irreversiblemente por el espíritu de la modernidad. De esta forma
es como se vivió en aquellas tierras hasta bien entrado el siglo XIX, de
espaldas a los llamados "progresos". Japón ignorará también
el nacimiento de una nueva nación que para su desgracia no tardará en
ser, con el tiempo, la expresión más cabal de su destino fatídico, como
le sucedería igualmente a otros pueblos de formación tradicional. La
nueva nación se autodenominará "América", pretendiendo asumir
para sí el destino de todo un continente. Intolerable le resultará al
Congreso y al presidente Filemore la existencia de un pueblo insolente,
fiel a sí mismo, obstinado en seguir cerrado por propia voluntad al
comercio y a las "buenas relaciones". Japón debía ser abierto,
y, si fuera preciso, a fuerza de cañonazos. Todo muy democráticamente.
Todavía hoy, en el Japón moderno y americanizado, los barcos negros del
almirante Perry son de infausta memoria. Los estruendos
de la pólvora y el hierro hicieron despertar bruscamente a muchos
japoneses, para quienes la presencia norteamericana indicaba con claridad
que la Tierra del Sol Naciente había descendido a los mismos niveles que
las naciones decadentes, de los que antes estuvieron preservados. Muchos
pensaron que la causa de tal desgracia le venía al Dai Nippon por haberse
olvidado de los descendientes de Amaterasu, del Emperador, recluido desde
hacía centurias en su palacio de Kioto. Por ello se alzó enseguida una
revuelta a los gritos de "¡Joy, joy!" (¡fuera, fuera!,
referido a los extranjeros) y de "¡Sonno Tenno!" (¡venerad al
Emperador!). La restauración Meiji de 1868 se apuntaló bajo el lema del
"fukko", el retorno al pasado. Pero la tierra de Yamato tuvo que
aceptar por la fuerza la nueva situación y ponerse a rivalizar con el
mundo moderno, pero sin perder de vista su espíritu invisible, al que
siguió siendo fiel. Cuando Yukio Mishima escribe sobre esa época, piensa
lo que otros también pensaron como él. Y, así, anota: "Si los
hombres fuesen puros, reverenciarían al Emperador por encima de todo. El
Viento Divino (el Kamikaze) se levantaría de inmediato, como ocurrió
durante la invasión mongola, y los bárbaros serían expulsados". Año de 1944.
Mes de octubre. El Japón se encuentra en guerra frente a las potencias
anglonorteamericanas. La escuadra yanqui está cercando las islas
Filipinas, y en sus aguas orientales se aproxima, golpe tras golpe, hacia
el mismo corazón del Imperio... El almirante Onhisi concibe la idea de
lanzar a los pilotos kamikaze... El mismo día
en que el Emperador Hiro-Hito decide anunciar la rendición incondicional
de las armas japonesas y se lo comunica al pueblo entero por radio (¡era
la primera vez que un Tenno hablaba directamente!), el comandante supremo
de la flota, vicealmirante Matome Ugaki, había ordenado preparar los
aviones bombarderos de Oita con el fin de lanzarse en vuelo kamikaze sobre
el enemigo anclado en Okinawa. Era el 15 de agosto de 1945. En su último
informe, incluyó sus reflexiones finales...: "Sólo yo, Majestad,
soy responsable de nuestro fracaso en defender la Patria y destruir al
ensoberbecido enemigo. He decidido lanzarme en ataque sobre Okinawa, donde
mis valerosos muchachos han caído como cerezos en flor. Allí embestiré
y destruiré al engreído enemigo. Soy un bushi, mi alma es el reflejo del
Bushido. Me lanzaré portando el kamikaze con firme convicción y fe en la
eternidad del Japón Imperial. ¡Banzai!". Veintidós aviadores
voluntarios salieron con él, sólo por seguirle en el ejemplo de su última
ofrenda. No estaban obligados. La guerra había concluido. Pero... no
obstante, tampoco podían desobedecer las órdenes del Emperador, que
mandaba no golpear más al adversario. Se estrellaron en las mismas
narices de los norteamericanos, que contemplaron atónitos un espectáculo
que no podían comprender... Ugaki hablaba del Bushido -el código de
honor de los guerreros japoneses-. ¿Acaso no es el kamikaze, por esencia
y por sentencia, un samurai? En los botones
de sus uniformes, los aviadores suicidas llevaban impresas flores de
cerezo de tres pétalos, conforme al sentido del viejo haiku (poema japonés
de dieciséis sílabas) del poeta Karumatu: "La
flor por excelencia es la del cerezo, el
hombre perfecto es el caballero" El cerezo es una flor simbólica en las
tierras japonesas, nace antes que ninguna otra, antes de iniciarse la
primavera, para, en la plenitud de su gloria, caer radiante; es la flor de
más corta juventud, que muere en el frescor de su belleza. Siempre fue el
distintivo de los samurai. Al encenderse
los motores, los pilotos kamikaze se ajustaban el "hashimaki",
la banda de tela blanca que rodea la cabeza con el disco rojo del Sol
Naciente impreso junto a algunas palabras caligrafiadas con pincel y tinta
negra, al modo como antaño lo usaron los samurai antes de entrar en
batalla, al modo como cayeron los últimos guerreros japoneses del siglo
XIX con sus espadas catana siguiendo al caudillo Saigo Takamori frente a
los "marines" del almirante Perry. En la mente fresca y clara,
iluminada por el Sol, no había sitio para las turbulencias. Sobre todos,
unos ideogramas se repetían hasta la saciedad: "Shichisei Hokoku"
("Siete vidas quisiera tener para darlas a la Patria").
Eran los mismos ideogramas que por primera vez puso sobre su frente
Masashige Kusonoki cuando se lanzó a morir a caballo, en un combate sin
esperanzas, allá por el siglo XIV; los mismos ideogramas que se colocó
alrededor de la cabeza Yukio Mishima en el día de su muerte ritual. Yukio Mishima,
obsesionado por la muerte ya desde su niñez y adolescencia, estuvo a
punto de ser enrolado en el Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial. Se
deleitaba pensando románticamente que si un día se le diera la
oportunidad se ser un soldado, pronto tendría una ocasión segura para
morir. Sin embargo, cuando fue llamado a filas y se vio libre de ser
incorporado al tomársele erróneamente por un enfermo de tuberculosis, el
mejor escritor japonés de los tiempos modernos no hizo nada por deshacer
el engaño del oficial médico, saliendo a la carrera de la oficina de
reclutamiento. Aquello, pese a todo, le pareció a Mishima un acto de
infamante cobardía, como lo confesará más tarde en repetidas ocasiones.
El desprecio de su propia actitud fue uno de los factores de menor
importancia en el día de su "seppuku" (el "hara-kiri",
el suicidio ritual), pero que le llevó a meditar durante años sobre la
condición interior del kamikaze. Para Mishima no cabía la menor duda:
aquellos pilotos que hicieron ofrenda de sus vidas, con sus aparatos, eran
verdaderos samurai. En "El loco morir", afirma que el kamikaze
se encuentra religado al Hagakure, un texto escrito entre los siglos XVII
y XVIII por Yocho Yamamoto, legendario samurai que tras la muerte de su señor
se hizo ermitaño. El Hagakure llegó a ser el libro de cabecera de los
samurai, el texto que sintetizó la esencia del Bushido. En cinco puntos
finales, venía a decir: -
El Bushido es la muerte. -
Entre dos caminos, el samurai debe siempre elegir aquél en el que se muere
más deprisa. -
Desde el momento en que se ha elegido morir, no importa si la muerte se
produce o no en vano. La muerte nunca se produce en vano. -
La muerte sin causa y sin objeto llega a ser la más pura y segura, porque
si para morir necesitamos una causa poderosa, al lado encontraremos
otra tan fuerte y atractiva como ésta que nos impulse a vivir. -
La profesión del samurai es el misterio del morir. Para el hombre que guarda la semilla de
lo sagrado, la muerte es siempre el rito de paso hacia la trascendencia,
hacia lo absoluto, hacia la Divinidad; por esa razón suenan, incluso hoy,
sin extrañezas, las primeras palabras del almirante Ohnisi en su discurso
de despedida al primer grupo de pilotos kamikaze constituido por el
teniente Seki: "Vosotros
ya sois kami (dioses), sin deseos terrenales..." Ya eran dioses
vivientes, y como tales se les veneraba, aunque todavía "no hubieran
muerto"; porque, sencillamente, "ya estaban muertos". Los
resultados de sus acciones pasaban al último plano de las consideraciones
a evaluar. No importaban demasiado... Aunque realmente los hubo: durante
el año y medio que duraron los ataques kamikaze, fueron hundidos un total
de 322 barcos aliados, entre portaviones, acorazados, destructores,
cruceros, cargueros, torpederos, remolcadores, e, incluso, barcazas de
desembarco; ¡la mitad de todos los barcos hundidos en la guerra! Para Mishima,
el caza Zero era semejante a una espada catana que descendía como un rayo
desde el cielo azul, desde lo alto de las nubes blancas, desde el mismo
corazón del Sol, todos ellos símbolos inequívocos de la muerte donde el
hombre terreno, que respira, no puede vivir, y por los que paradójicamente
todos esos hombres suspiran en ansias de vida inmortal, eterna. "Hi-Ri-Ho-Ken-Ten"
fue la insignia de una unidad kamikaze de la base de Konoya. Era la forma
abreviada de cuatro lemas engarzados: "La Injusticia no puede
vencer al Principio. El Principio no puede vencer a la Ley. La Ley no
puede vencer al Poder. El Poder no puede vencer al Cielo". Aquel 15 de
agosto de 1945, cuando el Japón se rendía al invasor, el almirante
Takijiro Ohnishi se reunió por última vez con varios oficiales del
Estado mayor, a quienes había invitado a su residencia oficial. ¿Una
despedida? Los oficiales se retiraron hacia la medianoche. Ya a solas, en
silencio, el inspirador principal del Cuerpo Kamikaze de Ataque Especial
se dirigió a su despacho, situado en el segundo piso de la casa. Allí se
abrió el vientre conforme al ritual sagrado del seppuku. No tuvo a su
lado un kaishakunin, el asistente encargado de dar el corte de gracia
separándole la cabeza del cuerpo cuando el dolor se hace ya
extremadamente insoportable... Al amanecer fue descubierto por su
secretario, quien le encontró todavía con vida, sentado en la postura
tradicional de la meditación Zen. Una sola mirada bastó para que el
oficial permaneciera quieto y no hiciera nada para aliviar o aligerar su
sufrimiento. Ohnishi permaneció, por propia voluntad, muriendo durante
dieciocho horas de atroz agonía. Igonaki, Inoguchi y otros militares que
le conocían que el almirante, desde el mismo instante en que concibiera
la idea de los ataques kamikaze, había decidido darse la muerte
voluntaria por sacrificio al estilo de los antiguos samurai, incluso
aunque las fuerzas del Japón hubieses alcanzado finalmente la victoria.
En la pared, colgaba un viejo haiku anónimo: "La
vida se asemeja a una flor de cerezo. Su
fragancia no puede perdurar en la eternidad". Poco antes de
la partida, los jóvenes kamikaze componían sus tradicionales poemas de
abandono del mundo, emulando con ello a los antiguos guerreros samurai de
las epopeyas tradicionales. La inmensa mayoría de ellos también enviaron
cartas a sus padres, novias, familiares o amigos, despidiéndose pocas
horas antes de la partida sin retorno. Ichiro Omi se dedicó, después de
la guerra, a peregrinar de casa en casa, pidiendo leer aquellas cartas. su
intención era publicar un libro que recogiese todo aquel material
atesorado por las familias y los camaradas, y fue así como muchas de
aquellas cartas salieron a la luz. Bastantes de éstas y otras fueron a
parar a la base naval japonesa de Etaji. Allí también peregrinó Yukio
Mishima, poco antes de practicarse el seppuku, releyéndolas y meditándolas.
Una, sobre las otras, le conmovió, actuando en su interior como un
verdadero koan (el "koan" es, en la práctica del budismo Zen,
la meditación sobre una frase que logra desatar el "satori", la
iluminación espiritual). Mishima tuvo la tentación de escribir una obra
sobre los pilotos del Viento Divino, y así apareció su obra "Sol
y Acero". Un breve párrafo de estas cartas y algunos otros de
las tomadas por Omi son las fuentes de esta antología: "En
este momento estoy lleno de vida. Todo mi cuerpo desborda juventud y
fuerza. Parece imposible que dentro de unas horas deba morir (...) La
forma de vivir japonesa es realmente bella y de ello me siento orgullo,
como también de la historia y de la mitología japonesas, que reflejan la
pureza de nuestros antepasados y su creencia en el pasado, sea o no cierta
esa creencia (...) Es un honor indescriptible el poder dar mi vida en
defensa de todo en lo creo, de todas estas cosas tan bellas y eminentes.
Padre, elevo mis plegarias para que tenga usted una larga y feliz vida.
Estoy seguro que el Japón surgirá de nuevo". Teruo Yamaguchi. "Queridos
padres: Les escribo desde Manila. Este es el último día de mi vida.
Deben felicitarme. Seré un escudo para Su Majestad el Emperador y moriré
limpiamente, junto con mis camaradas de escuadrilla. Volveré en espíritu.
Espero con ansias sus visitas al santuario de Kishenai, donde coloquen una
estela en mi memoria ". Isao Matsuo. "Elevándonos
hacia los cielos de los Mares del Sur, nuestra gloriosa misión es morir
como escudos de Su Majestad. Las flores del cerezo se abren, resplandecen
y caen (...) Uno de los cadetes fue eliminado de la lista de los asignados
para la salida del no-retorno. Siento mucha lástima por él. Esta es una
situación donde se encuentran distintas emociones. El hombre es sólo
mortal; la muerte, como la vida, es cuestión de probabilidad. Pero el
destino también juega su papel. Estoy seguro de mi valor para la acción
que debo realizar mañana, donde haré todo lo posible por estrellarme
contra un barco de guerra enemigo, para así cumplir mi destino en defensa
de la Patria. Ikao, querida mía, mi querida amante, recuérdame, tal como
estoy ahora, en tus oraciones". Yuso Nakanishi "Ha
llegado la hora de que mi amigo Nakanishi y yo partamos. No hay
remordimiento. Cada hombre debe seguir su camino individualmente (...) En
sus últimas instrucciones, el oficial de comando nos advirtió de no ser
imprudentes a la hora de morir. Todo depende del Cielo. Estoy resuelto a
perseguir la meta que el destino me ha trazado. Ustedes siempre han sido
muy buenos conmigo y les estoy muy agradecido. Quince años de escuela y
adiestramiento están a punto de rendir frutos. Siento una gran alegría
por haber nacido en el Japón. No hay nada especial digno de mención,
pero quiero que sepan que disfruto de buena salud en estos momentos. Los
primeros aviones de mi grupo ya están en el aire. Espero que este último
gesto de descargar un golpe sobre el enemigo sirva para compensar, en muy
reducida medida, todo lo que ustedes han hecho por mí. La primavera ha
llegado adelantada al sur de Kyushu. Aquí los capullos de las flores son
muy bellos. Hay paz y tranquilidad en la base, en pleno campo de batalla
incluso. Les suplico que se acuerden de mí cuando vayan al templo de
Kyoto, donde reposan nuestros antepasados".
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