| GRAMSCI Y LA CRISIS CULTURAL DEL 900: EN BUSCA DE LA COMUNIDAD |
| Juan Carlos Portantiero ** |
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· Trabajo presentado en el Convegno Internazionale di Studi “Gramsci e il Novecento”, organizado por la Fondazione Instituto Gramsci en Cagliari (Italia), del 15 al 18 de abril de 1997.
El remplazo de
la totalidad por la fragmentación, de las certezas por la incertidumbre
(recuérdense las páginas estremecidas de Stefan Zweig en El mundo de
ayer), del optimismo racionalista por el malestar psicológico y por
la inquietud social como derivados inevitables de la doble revolución
decimonónica -industrial y democrática- tematizada por Nisbet en su
libro clásico sobre la formación de la sociología,2 contribuirían a un
replanteo de la noción de comunidad como respuesta al mundo escindido del
contrato y del intercambio generalizado que servía de trama para el
concepto de asociación. El punto de
partida es la publicación en 1887 de su clásico Gemeinschaft und
Gesellschaft que llevaba el sugerente subtítulo de “Tratado del
comunismo y del socialismo como formas empíricas de la vida social”.
Sus tesis son menos conocidas de lo que creen quienes incorrectamente
adscriben a Tönnies a una suerte de neorromanticismo nostálgico. Para Tönnies
comunidad y asociación son dimensiones analíticas que responden a lazos
sociales que se dan en todas las sociedades: si la comunidad alude a las
raíces morales de la convivencia, la asociación funciona como premisa
del progreso. Su ideal era la articulación entre ambas a favor de una
armonía entre el altruismo de un comunismo original y el empuje
civilizatorio de un socialismo anclado en la práctica asociativa moderna.
La tipología
de Tönnies y sobre todo la perspectiva moral que la sostenía, pertenecían
al clima de época como parte de la hostilidad hacia al individualismo
tanto por impulso de la nueva historiografía que comenzaba a ver con ojos
distintos a los del Iluminismo la herencia del Medioevo, cuanto, desde
Hegel en adelante, por la crítica al modelo contractualista de relación
humana que se había impuesto en la filosofía de la modernidad a partir
de Hobbes. Si la Ilustración había consagrado el reinado del individuo,
el pensamiento social comenzaría a virar su mirada hacia los grupos, en
la perspectiva conservadora de Comte o en la reivindicación de la clase
obrera como sujeto transformador de la sociedad en el enfoque de Marx.
Las últimas décadas
del siglo XIX marcarán un profundo punto de ruptura en la imagen
predominante sobre lo social, hasta entonces tensionada entre la visión
optimista del progreso -herencia de la Ilustración- y la crítica romántica
y de raíz conservadora que idealizaba un pasado de armonía comunitaria
basada en las tradiciones. En todos ellos
aparece como premisa central la dicotomía original de Tönnies: del
status al contrato en Maine; de la solidaridad mecánica a la solidaridad
orgánica en Durkheim; de la autoridad tradicional a la legal-racional en
Max Weber. En cada caso esta secuencia ideal-típica intentaba dar cuenta
del pasaje de lo simple a lo complejo, de lo no diferenciado a lo
diferenciado, de lo homogéneo a lo heterogéneo en la evolución de las
sociedades ocidentales bajo el impulso poderoso del desarrollo
capitalista. Pero esa descripción de los nuevos problemas no significaba
una apología del pasado: antes bien, se proponía como un diagnóstico
para entender el malestar de la modernidad y aun -sobre todo en Durkheim-
como una terapéutica para resolverlo en el futuro.
Esta
exterioridad de lo social, así definida, servía para dos propósitos:
uno, ya aludido, el de la posibilidad de construcción de una moralidad
laica capaz de cohesionar a la sociedad en un momento de cambios rápidos
y profundos de la vida colectiva; otro, motivado por la voluntad
durkheimiana de dotar a la sociología del estatuto adquirido por las
ciencias de la naturaleza, el de otorgarle un objeto de investigación.
Con este doble movimiento -sintetizado en la conocida premisa de que los
hechos sociales debían ser considerados como cosas- Durkheim abrazaba los
objetivos que se plantea la ciencia experimental para la
institucionalización de una disciplina y, a la vez, los puntos de partida
para la reconstrucción de una moralidad cívica en los tiempos de zozobra
de finales del siglo. Sobre este último aspecto me detendré.
La puerta de
entrada que problematiza esa secuencia entre crisis y orden es la brusca
emergencia de masas y los nuevos conflictos que esa situación plantea
cuando “las masas dejan de ser un objeto pasivo de administración” (Weber)
o cuando [...] “los grupos sociales” [...] “por el solo hecho de
unirse modifican la estructura política de la sociedad” (Gramsci). El
tema de las nuevas masas urbanas y de su movilización resulta teóricamente
omnipresente desde finales del siglo XIX hasta llegar, rápidamente, a
transformarse en el signo identificatorio de la nueva sociedad, desde los
iniciales temores de Tocqueville o Stuart Mill hasta las visiones cargadas
de un pesimismo aún más catastrófico en Le Bon o Burckhardt, para no
insistir con Nietzsche, su máximo profeta. El racionalista
Durkheim compartirá también esa inquietud. Desde su texto inicial, La
división del trabajo social (1893) hasta Las formas elementales de
la vida religiosa (1912) pasando por El suicidio (1897), toda
su obra tiende a indagar sobre la reconstrución de los lazos de
solidaridad en las condiciones de una sociedad crecientemente compleja. El
punto de partida es la crítica a la concepción contractualista del vínculo
social tal cual aparece en el individualista y utilitarista Spencer. Para
Durkheim la cohesión social (en otras palabras, su respuesta a la
pregunta hobbesiana sobre el orden) no podría explicarse por los
beneficios que las partes obtienen tras un acuerdo contractual pues, dado
que los intereses son inestables, el resultado sería la anomia, la
impredictibilidad de los comportamientos y en consecuencia el caos social.
No es que el mundo del contrato desaparezca, sino que los que deben ser
indagados son “los aspectos no contractuales del contrato”, esto es,
los elementos culturales y normativos que lo permiten y que por lo tanto
son previos a él. La trama de esos elementos configura una suerte de
condición de sociabilidad como una realidad orgánica sui generis, como
una conciencia colectiva (superior y diferente a la suma de las voluntades
de cada uno, en términos de Rousseau) que opera sobre los individuos
interiorizando las normas. Así, la
transición de las sociedades tradicionales a las sociedades modernas es
vista como un pasaje de construcción de normatividad que va desde las
formas mecánicas de la solidaridad, que actúan a partir de la semejanza,
hasta las formas orgánicas propias de las grandes sociedades urbanas,
industrializadas y de masas, que lo hacen desde la diferencia y que por lo
tanto requieren grados más altos de institucionalización de la
conciencia colectiva, dado el mayor espacio que dejan para la iniciativa
individual. Este esquema, que aparece ya en su primer gran texto de 1893,
se especificará programáticamente en el conocido prefacio que escribe en
1902 para la segunda edición de La división del trabajo social
bajo el título de “Algunas indicaciones sobre los grupos
profesionales”. Allí aparecen una serie de recomendaciones prácticas
-anticipo en cierto modo de lo que la ciencia política desarrollará
luego bajo la rúbrica general de “neocorporativismo”- como remedio
institucional para la reconstrucción de una comunidad fragmentada.
¿Cuál es el
remedio que propone? Retomando una tradición interrumpida por la Revolución
del 89, Durkheim encuentra la antigua institución de la corporación y
busca recolocarla en las condiciones de la modernidad. No se trata -vale
aclararlo- de una nostalgia reaccionaria hacia el pasado: Durkheim
reconoce explícitamente que la destrucción de las redes corporativas
tradicionales había resultado inevitable pues habían sido incapaces de
dar cuenta de los cambios en las relaciones sociales, pero al desaparecer
dejaban vacantes las necesidades de comunidad que, en otras condiciones,
habían intentado satisfacer. Si bien
Durkheim había escrito que un sociólogo no podía confundirse con un
hombre de Estado, no hay manera completa de entender su pensamiento si se
lo aísla de su tiempo político: el de la construcción de una hegemonía
laica y democrática en el marco de la conflictuada III República
amenazada por el racismo, la convulsión social y las nostalgias por el
pasado bonapartista. No es exagerado pensar que cuando Durkheim hablaba de
la sociedad en realidad lo hacía sobre una sociedad, como representante
esclarecido de esa clase media intelectual de la Francia anterior a la
guerra de 1914 que buscaba contribuir a la consolidación moral de la república,
del Estado y de la nación.
Su tema central
es la indagación sobre la posibilidad de la democracia en las nuevas
condiciones de complejidad de la sociedad industrial, incompatibles con el
modelo del individualismo utilitarista liberal. A diferencia de Weber, que
habrá de definir al Estado moderno por la legitimidad de los medios que
utiliza, Durkheim lo hará por las funciones que cumple. El razonamiento
durkheimiano acerca de los roles del Estado permite reconstruir en
totalidad su visión acerca de las relaciones entre crisis y orden y nos
acerca a su concepción articulada sobre la complejidad de las sociedades
modernas. Es en ese aspecto donde su obra muestra sus rasgos precursores y
donde un paralelo analítico con la de Gramsci -pese a la notoria
diferencia de objetivos entre ambos- resulta más productivo. ¿Cuál es, por
lo tanto, su función? Su función es pensar, elaborar ciertas
representaciones para dirigir (valga el énfasis) la conducta colectiva.
Pero no es que su tarea sea sintetizar las ideas de la mayoría, sino la
de agregar un pensamiento más meditado, por lo que su acción tiene una
productividad especial. Al ubicar al individuo en una constelación de hábitos
y sentimientos universales, el Estado lo libera de la prisión
particularista a que lo someten los grupos secundarios, permitiéndole su
participación en una moral cívica, elevándolo desde la moral
profesional o corporativa. Esta función liberadora, sin embargo, podría
convertirse en despótica si no tuviera -cerrando el círculo de la
articulación de lo social- el contrapeso ejercido por la existencia de
esos mismos grupos: las libertades individuales serían, por lo tanto,
resultado del tenso equilibrio entre Estado y corporaciones. En este marco,
para Durkheim, la democracia industrial moderna se definía como la forma
política en que el consenso social podía ser procesado. No podía ser
considerada por el número de los que gobiernan ni menos por la subsunción
total del Estado en la sociedad, sino por el grado máximo de comunicación
entre la conciencia estatal y la masa de las conciencias individuales a
fin de que el ciudadano pudiera potenciar su capacidad de reflexión y
reconocer, con menor pasividad, la vigencia de un sistema normativo. En el
entendido axiomático de que existen gobernantes y gobernados, la
democracia sería aquella forma política en que los últimos tienen la
información suficiente como para dar o rechazar confianza, para acordar o
no acordar consenso, para incorporarse o no a una empresa colectiva.
Sobre esa
sensación de inseguridad Weber intentará diagramar una respuesta que
desplegará en las intervenciones, tanto políticas como académicas, que
realizará hasta su muerte en 1920. Nada aparece como más hostil a una
idea de comunidad que los valores que se encarnan en la idea de progreso
entendida como desarrollo de la razón técnica. Dicho progreso, sobre el
que se consolidó la modernidad, operó un des-encantamiento del mundo, un
proceso de expropiación y de concentración que ha escindidido al
individuo de los medios de producción tanto sea de bienes materiales,
como de conocimiento o de iniciativa política, concentrándolos en una
capa especializada que constituye una “máquina inanimada”, una suerte
de inteligencia objetivada, opresora sobre el hombre con la fuerza metafórica
de una “jaula de hierro”. Y a medida que la invidualidad se disuelve
en la masa, la burocracia se afirma en su poder de intervención,
acentuando el proceso de separación. De ninguna
manera piensa Weber que esa alienación (en términos marxianos) pueda ser
superada por la utopía socialista que, por el contrario, podría
agravarla al supeditar al Estado burocrático todos los comportamientos
privados. Tampoco lo lograría un socialismo antiestatal como autogobierno
de los trabajadores, porque no estaría en condiciones de resolver las
cuestiones técnicas que plantea la complejidad de la economía moderna. No quisiera
insistir ahora sobre su proyecto de reconstrucción hegemónica, en clave
posliberal, que va deslizando en sus escritos políticos desde el final de
la guerra, en buena medida comparables -en tanto formaban parte de un
clima de época- con las propuestas durkheimianas, con las que compartían
una misma convicción acerca de la muerte de la metáfora política del
contractualismo liberal y de su representación individualista y
utilitaria de la ciudadanía. El modelo weberiano para la reconstrucción
democrática en la posguerra europea también buscaba, como en Durkheim,
la concreción de una comunidad política más allá del liberalismo, en
la que debían interactuar la burocracia, el parlamento, los grupos de
intereses y la probabilidad carismática de la institución presidencial,
en el marco de una “democracia contratada” de la que intentará ser un
ejemplo el constitucionalismo republicano de Weimar.
Pero es, sin
embargo, cierto que si entendemos la confusa palabra positivismo como
sometimiento al determinismo evolucionista, en una atmósfera cultural
dominada por el “darwinismo social”, la revuelta intelectual de
principios de siglo puso, en su conjunto, las bases conceptuales para
fundar una teoría de la acción despojada de residuos utilitaristas y
naturalistas, cuyo último y paradigmático exponente habría sido el inglés
Herbert Spencer. Así como Lukács
dirá, en su vejez, que no estaba arrepentido de haber iniciado su
conocimiento de lo social de las manos de Simmel y Weber en lugar de las
de Kautsky,7 el marxismo de Gramsci abrevará en la influencia de
pensadores como Croce, Pareto, Sorel, Mosca o Michels, todos ellos
colocados en el centro de la crisis del pensamiento de fin de siglo. También
podrían recogerse en la formación de su mirada teórica, los ecos -no
por menos explícitos menos significativos- de Weber y de Durkheim. Del
primero -al margen de unas citas marginales a Economía y sociedad y La ética
protestante y el espíritu del capitalismo- es particularmente importante
la mención que en varios tramos de sus cuadernos de cárcel hace de
Parlamento y gobierno en una Alemania reconstruida, un texto de 1918
traducido un año después al italiano, en el que Weber explaya su visión
sobre las características necesarias del orden político (alemán, pero
por extensión europeo) de la posguerra. Los ecos de este texto resuenan
-en algún caso explícitamente- en varias referencias que Gramsci hace a
los conflictos entre parlamento y burocracia en la organización política
de posguerra y a la forma cesarista como expresión de la “revolución
pasiva” en curso. En cuanto a Durkheim su relación es aun más
indirecta pero quizá más profunda: ha sido Alessandro Pizzorno quien
primero señaló sus resonancias en Gramsci, a través de la lectura que
de la obra durkheimiana hiciera Sorel, sobre todo en lo que se refiere al
papel de la dimensión ética en la integración de la sociedad.8 Si la sociología
era para él -habiéndose detenido en Spencer y en sus émulos italianos
del tipo del olvidado Achille Loria- una suerte de filosofía para no filósofos,
sostenida por un vulgar evolucionismo, el marxismo de la Segunda
Internacional, cargaría con una culpa semejante. Esto se ve con claridad
en un repaso a la obra gramsciana, desde sus extremos juveniles en donde
ni el propio Marx (como lo escribe en su conocido artículo de 1918 La
revolución contra “El Capital”) se habría salvado de la
contaminación positivista y naturalista, hasta sus más maduras
reflexiones sobre el Manual de Bujarin, en tantos puntos coincidentes con
las críticas que el mismo texto suscitara en Lukács, en una recensión
publicada en el Grünberg Archiv en 1923 bajo el título de “Tecnología
y relaciones sociales”. La forma en que
para Gramsci se expresaría dentro del marxismo esa tendencia a una
determinista naturalización de lo social, sería la del economicismo,
esto es, la “superstición” teórica que explica la totalidad de lo
social como extensión lineal de los hechos de la economía. Lo importante
en esta apreciación gramsciana es que los vicios del economicismo no sólo
resultarían perjudiciales a la teoría sino también a la construcción
de política, al combate a favor de la recomposición, en un estadio
superior, de la escisión generada por el desarrollo del capitalismo.
El eje de la búsqueda
estará en su reformulación del concepto de hegemonía, esto es, en la
transformación que realiza de un término operatorio de la teoría política
-que incorpora el marxismo ruso de fines de siglo como complementario a
una propuesta de alianza social- y que Gramsci desplazará al terreno de
lo ético y cultural.9 Para Gramsci el período histórico posterior a
1870, es decir, el que marca la transformación epocal del capitalismo
como sociedad industrial y de masas, habrá de estructurarse en una
articulación compleja que resume en la fórmula de “hegemonía
civil”, culminación de un proceso transformista en el que el
liberalismo subsume los temas de la democracia. Para analizar y
aun para superar históricamente a esa nueva forma de la dominación,
resultaría insuficiente la visión simplista de una clase o un grupo que
impone unilateralmente a otros su voluntad desde los aparatos del Estado.
Del mismo modo, el concepto de hegemonía, aplicado a la práctica social
de los sectores subordinados enfrentados al statu quo, debería ser
considerado como más amplio que el liderazgo político que podría
corresponderle a alguno de ellos, esto es, en términos marxistas, al
proletariado vis à vis el campesinado o las capas medias de la población.
Lo que la hegemonía construye es una verdadera comunidad de valores, una
“voluntad colectiva”. En esta dirección,
el Estado se redefine -en relación con el canon marxista- tornándose
mucho más complejo: los ejes de esa redefinición no están
conceptualmente lejos de las propuestas que recordáramos de Durkheim, al
menos en sus aspectos funcionales, como “órgano del pensamiento social
vinculado a un fin práctico”, según palabras del sociólogo francés.
Así, por ejemplo, el Estado moderno -dice Gramsci- se convierte en
“educador”, en instrumento de “unidad intelectual y moral”, como
complejo de relaciones sociales (él dice de “actividades prácticas y
teóricas”) a través de las cuales no sólo se domina sino también se
dirige a la sociedad, integrando a los gobernados en un consenso de
valores universales. Es bajo esta dirección ética y cultural que, en el
marco de un dado desarrollo de las relaciones sociales y económicas, se
constituye un “bloque histórico” -en el que confluyen orgánicamente
estructura y superestructuras- unificado por una “voluntad colectiva”. El concepto de
bloque histórico tiene para Gramsci varios alcances. Metodológicamente,
le permite constituir una categoría superadora de la dicotomía
“arquitectónica” de estructura y superestructura que, naturalizada,
da lugar a una relación de causalidad mecanicista, haciendo caer al
marxismo en los criticados vicios del determinismo positivista. Superando
esta óptica, esto es, considerando como sólo didascálica la distinción
entre fuerzas materiales (“contenido”) e ideología (“forma”) y
postulando una unidad compleja y contradictoria entre ambas, Gramsci pone
las bases para una teoría de la acción colectiva como proceso de
construcción de sentido. Un fragmento verdaderamente ilustrativo de los Cuadernos
de la cárcel -subtitulado “El término catarsis”- refleja con
enorme claridad la ruptura que Gramsci introduce en el marxismo del 900. “Se puede
emplear el término catarsis -escribe- para indicar el paso del momento
meramente económico (o egoístico-pasional) al momento ético-político,
esto es, la elaboración superior de la estructura en superestructura en
la conciencia de los hombres. Ello -agrega- significa también el paso de
lo objetivo a lo subjetivo y de la necesidad a la libertad. La estructura,
de fuerza exterior que subyuga al hombre, asimilándolo a sí y haciéndolo
pasivo, se transforma en medio de libertad, en instrumento para crear una
nueva forma ético-política, en origen de nuevas iniciativas. La fijación
del momento catártico deviene así, me parece, el punto de partida de
toda la filosofía de la praxis; el proceso catártico coincide con la
cadena de síntesis que resulta del desarrollo dialéctico”.10 En ese sentido, el paso del “momento económico” al “momento ético-político” se equipara al paso de lo “objetivo” a lo “subjetivo” y la relación causa-efecto presente en la visión clásica de estructura/superestructura se transforma en una relación medio-fin. La comprensión de este proceso que Gramsci califica como “momento catártico”, en el que la conciencia de los actores (no sus “caprichos individuales”, porque la acción tiene restricciones) orienta los comportamientos hacia un fin, deviene -como ha quedado señalado- “el punto de partida de toda la filosofía de la praxis”, postulación que confirma en un pasaje de su crítica al Manual de Bujarin, cuando dice que el aspecto crucial de todos los problemas del marxismo es la manera en que se trate la pregunta acerca de cómo se relaciona la estructura con la acción histórica. En ese sentido queda claro que el uso que Gramsci hace de la expresión “filosofía de la praxis” en sus cuadernos de prisión para aludir al marxismo, va más allá de una treta verbal para burlar a sus censores. Lo que quiere señalar es que la virtualidad del materialismo histórico radica en su capacidad para constituirse en punto de partida para explicar las modalidades de constitución del individuo en actor social. Con su categoría de bloque histórico, al superar la tentación implícita de mecanicismo economicista que subyace en la díada estructura/superestructura, Gramsci coloca su programa de investigación en la misma área en que la sociología de su tiermpo busca fundar una teoría no determinista de la acción.
El tema de los
intelectuales está en Gramsci indisolublemente ligado al de la hegemonía
como dirección política y cultural. En la medida en que cada grupo
social, nacido en la producción económica, crea con él, orgánicamente,
capas de intelectuales que le proporcionan homogeneidad y conciencia de
sus fines, son éstos los encargados de ejercer las funciones tanto de
hegemonía social cuanto de gobierno político, las funciones
“conectivas y organizativas” en el interior del bloque histórico.
Pero esta relación entre grupos sociales e intelectuales no es lineal
sino compleja. Si bien
responden a la dinámica de los grupos sociales donde encuentran su
origen, tienden a generar comportamientos estamentales, a considerarse a sí
mismos como “el Estado”, lo que -señala Gramsci- dado el enorme número
de gente que abarca la categoría, genera “complicaciones
desagradables” para el grupo económico fundamental que realmente es el
Estado. Pero esta
dimensión “burocrática” de la función de los intelectuales
pertenece a uno de los dos grandes planos de las superestructuras: el de
la sociedad política, encargada del gobierno jurídico por medio de una
capa social que funda su poder en un saber especializado. Debe
interesarnos también la otra dimensión de la función intelectual en la
sociedad: la de constructora de consensos, de valores, de representaciones
colectivas en el seno de la sociedad civil. Si bien el
Estado moderno, en la definición integral del mismo que formula Gramsci
opera una reconciliación “universal” de los intereses fragmentados de
la sociedad al transmutarlos como expresión de energías
“nacionales”, mediante una operación de absorción cultural basada en
un “consenso espontáneo” a favor de la dirección impuesta a la vida
social, esa expansión llega a un punto de saturación en el que ya no está
en condiciones de integrar sino que comienza un proceso de desagregación
en el interior del bloque histórico. En ese momento, punto de arranque de
una “crisis orgánica” -como momento en que se rompe “el aparato de
gobierno espiritual”-, la voluntad colectiva estatal construida en la
relación entre intelectuales “privados” y “gubernamentales”, orgánicos
a los grupos sociales fundamentales, entra en tensión con la voluntad
colectiva nacional-popular que viene elaborando la articulación entre
intelectuales y clases subalternas. El terreno
sobre el que se construye la “voluntad colectiva nacional-popular”
debe estar preparado por la dinamización de una “reforma intelectual y
moral” como garantía -dice- hacia el logro de una forma “superior y
total de civilización moderna”. En este punto es decisiva la función
del nuevo Príncipe -el partido revolucionario-, capaz de articular en un
movimiento complejo el “sentir”, el “saber” y el “comprender”
sociales que constituyen el nexo operativo de la acción histórica. Intermediada
por los intelectuales, la construcción de una voluntad colectiva supone
la superación del momento corporativo (que, a diferencia de Durkheim,
para Gramsci no podría constituirse en trama integradora del Estado) y el
ingreso al momento “político”, como esfera -dice- de
“superestructuras complejas”. En las sociedades modernas esta
construcción de una voluntad colectiva, que está en el centro de los
procesos de hegemonía social y cultural, da lugar en el pensamiento
gramsciano a un programa de investigación sobre las condiciones
concretas, culturales (nacionales, especificará Gramsci), en que esos
sistemas de valores pueden emerger y consolidarse históricamente. Abren,
por lo tanto, la posibilidad para la discusión de una teoría de la acción
no utilitarista, que en el marxismo vulgar asume la forma de “economicismo”. David Lockwood
ha mostrado que la carencia de una teoría de la acción ha sido el eslabón
más débil de la cadena teórica del materialismo histórico.12 Al no
poder distinguir entre los problemas de “integración sistémica” de
las sociedades y los problemas de “integración social”, relativos a
la esfera de los valores que cohesionan a las mismas, la ligazón entre la
dimensión funcional, que alude a las relaciones entre los subsistemas, y
la dimensión sociocultural, que remite a los comportamientos de los
actores, sólo podría ser establecida sobre la base de un concepto
utilitarista de acción, similar al de las teorías positivistas de la
acción (en términos de Parsons), donde la racionalidad individual fuera
remplazada simplemente por una racionalidad de clase determinada por la
“posición objetiva” de los sujetos en las relaciones de producción.
Sin haber dilucidado la complejidad de este problema teórico que todavía
el pensamiento marxista no ha podido resolver, no quedan dudas que, dentro
de esa tradición, es en la fuente gramsciana -incompleta, asistemática-
donde podrán, sin embargo, encontrarse las claves más sugestivas para un
programa de investigación colocado en la misma área en que la sociología
del 900 buscó fundar una teoría no determinista de la acción social.
2 Robert Nisbet,
La formación del pensamiento sociológico, Buenos Aires, 1969. 3 Karl Marx, His Life and Teachings, Michigan, 1974. 4 Conciencia y
socieda., La reorientación del pensamiento social europeo (1890-1930),
Madrid, 1972. 5 Emile Durkheim, Sociology and Philosophy, Londres,
1965, pp.51/52. 6 Emile
Durkheim, Lecciones de sociología (Física de las costumbres y del
derecho), Buenos Aires, 1966, passim. La primera edición en francés es
de 1950. 7 Hans Holz,
Leo Kofler y Wolfgang Abendroth, Conversaciones con Lukács, Madrid, 1969,
p.135. 9 Un puntual
recorrido sobre la genealogía del concepto en el pensamiento marxista
puede verse en el cap.1 de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemony and
socialist strategy, Londres, 1985. 10 Antonio
Gramsci, Quaderni del carcere, I, 1244, Turín, 1975. 11 Este rol de
los intelectuales es enfatizado también por Weber. Al analizar la
probabilidad de una acción comunitaria de clase, coloca como una de sus
condiciones la presencia de una “dirección hacia fines claros que
regularmente se dan o se interpretan por personas no pertenecientes a la
clase (“intelectuales”)”, Economía y sociedad, I, 245, México,
1969. 12 David Lockwood, “The weakest link in the chain?
Some comments on the marxist theory of action” en Research in the
Sociology of Work, Vol.1, pp.435/481.
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